Durante años, uno de los hombres más influyentes de la Ópera de París no cantaba, no componía ni bailaba. Tampoco aparecía sobre el escenario. Se llamaba Auguste Levasseur y su oficio consistía en aplaudir. O, mejor dicho, en la administración de la aprobación de las obras. Era el chef de claque de la Ópera, comandaba una tropa de profesionales dedicada a dosificar el entusiasmo. Un profesional absoluto: a las cinco de la tarde reunía a sus hombres y les explicaba la función de esa noche y su papel. Antes había asistido a los ensayos, conversado con directores y compositores; conocía la función tanto como los que se subirían al escenario. Armaba entonces su propia partitura: aquí correspondía una descarga fuerte; allá, una más breve; después de tal aria, pedir un bis; en tal otro momento, generar movimientos de expectativa o de emoción. En estos momentos se está presentando en París la muy aclamada obra musical “La Claque” sobre su faena.
La distribución era fundamental: era más habilidoso que la abeja que acomoda la miel siguiendo una serie de Fibonacci para equilibrar el peso. Claro, veinte personas que empiezan a aplaudir desde el mismo lado despiertan sospechas, pero dispersas con destreza entre platea, palcos y galerías producen la impresión de que el entusiasmo nació en todas partes al mismo tiempo. Levasseur no cobraba en efectivo, sino en entradas de la Ópera que revendía, con lo cual ataba su eficacia a su ganancia, que llegó a ser comparable a la de las estrellas. Claro que a él nadie lo aplaudió jamás.
Dicho lo cual, pasemos al aplauso de la historia, que reivindica la institución de las palmas sacándola de la industria y el cálculo. La familia Arias me había invitado a un asado catamarqueño, exactamente a treinta y dos kilómetros de la Loma del Pila, orquestado (perdón el chiste) por Catucho Arias, hombre inteligente, bonachón y cuya debilidad por los aplausos todos conocían y nadie mezquinaba.
Siempre demoraba un poco el asado, el hombre sabía manejar los tiempos. Aprovechaba para su panegírico a la escasez. No va a alcanzar la carne, el carbón, la soda, el vino, el oxígeno, la lechuga ni el chimi. Si alguien que no lo conocía se ofrecía a “yapar”, él asumía el papel de Marguerite Gautier: “Ya voy a ver cómo hago, ustedes tranquilos”. Aplausos.
Aquella vez, ya de noche, se cortó la luz. Hombre de recursos, nuestro héroe salió de la casa con un ramo de velas. Aplausos. Lo que siguió fue que los 30 comensales en la galería, con la parrilla cerca y aquella conflagración de parafina, empezamos a padecer un calor volcánico. “¡Traigamos ventiladores!”, dijo alguno. Aplausos. Me sentía rodeado de magos con galeras repletas de ideas. Fuimos hasta la casa, encontramos unos siete y empezamos a distribuirlos. Entusiasmado por semejante despliegue, no quise dejar pasar mi propio Eureka, me tocaba ser el ovacionado: “Che, ¿no se nos van a apagar las velas?”. Hubo un segundo de silencio. Me miraron. Se miraron. Claro, en algún momento pasamos por alto que las velas estaban encendidas porque no había luz. Todo el operativo era una tontería monumental: los siete ventiladores que acabamos de trasladar y orientar con tanta aplicación no iban a mover una sola paleta, y mi advertencia sobre las velas era la apoteosis de la obra, por así decirlo.
Entonces del silencio surgió un aplauso general, risueño y feliz. Primero para mí, creo, y enseguida para todos. Un aplauso para festejar el sólo hecho de estar juntos y que Auguste Levasseur no hubiera podido arrancarle a nadie.