Alrededor de una maqueta de cartón que reproduce un edificio de estilo clásico, cinco adolescentes discuten dónde debería ir una escalera. Uno sostiene la estructura con cuidado para que no se desarme; otro vuelve sobre las consignas del trabajo y una compañera señala con el dedo un detalle que todavía falta explicar. A pocos metros, tres estudiantes inclinan la cabeza sobre el mismo libro y comparan interpretaciones antes de seguir leyendo. La profesora no dicta la clase desde el frente del aula. Camina entre los grupos, escucha, pregunta y devuelve nuevas preguntas.

Hace apenas unos años, una imagen así habría sido poco frecuente en una escuela secundaria. La clase tradicional -con el docente al frente y los alumnos alineados frente al pizarrón- todavía existe, pero en la escuela media de San Pablo empezó a convivir con otra forma de aprender. Aquí los proyectos compartidos, el trabajo interdisciplinario y la participación estudiantil buscan desplazar, poco a poco, un modelo que durante décadas cambió muy poco. Junto a otros 17 establecimientos, la institución forma parte de Secundaria Innova, un programa del Ministerio de Educación de Tucumán que ensaya nuevas maneras de enseñar y aprender.

Quien mejor describe esa transformación es Jonás Soria. Tiene 14 años, cursa tercer año y, sin proponérselo, se convirtió en el mejor intérprete de un cambio que recién comienza.

“Lo que cambia es la manera de estudiar, aprender y entender. Ahora el alumno puede empezar a decidir, interactuar con más frecuencia y darle sus ideas al docente sobre lo que quiere transmitir y también sobre cómo quiere aprender”, cuenta.

Jonás no habla de computadoras nuevas ni de materias diferentes. Habla, sobre todo, de sentirse parte de la clase: “Antes uno se preocupaba por aprobar y listo. Ahora seguimos participando, damos ideas, preguntamos, entendemos más. Hay mucho más diálogo entre docentes y alumnos”.

Ese protagonismo también se refleja en la manera de organizar los contenidos. En Ciencias Sociales, por ejemplo, las materias dejaron de funcionar como compartimentos estancos. “Historia, Geografía, Formación Ética, Tecnología y Construcción de Ciudadanía trabajan juntas. Todo se entiende de una manera más fácil y dinámica porque todos pueden participar y los contenidos se relacionan entre sí”, detalla.

El estudiante destaca además otro aspecto que considera fundamental. El programa HASE, orientado al desarrollo de habilidades socioemocionales. “Sirve para que el alumno pueda comprenderse mejor, hablar de lo que le pasa y apoyarse en los docentes, los directivos o incluso en sus propios compañeros. Hay momentos en los que uno no tiene ganas de venir a la escuela y estos espacios ayudan a seguir adelante”, dice.

La transformación también alcanzó los recreos, los talleres y los pasillos. Hoy los estudiantes comparten actividades con compañeros de otros cursos, algo que antes ocurría con mucha menos frecuencia: “Había chicos que ni siquiera se conocían. Ahora compartimos talleres, deportes y proyectos. Eso hace que la escuela se sienta más unida”.

Animarse a cambiar

Detrás de esas escenas hay una decisión pedagógica. Cecilia Argañaraz, referente provincial de Secundaria Innova, explica que el proyecto comenzó a implementarse este año, luego de un período de preparación realizado durante 2025.

“Bajo el ala de la ministra Susana Montaldo, la propuesta busca recrear la escuela y pensarla de una manera distinta, reorganizando su funcionamiento en función de los intereses de los estudiantes”, resume.

La idea central consiste en dejar atrás una lógica donde cada materia funciona de manera aislada para avanzar hacia proyectos interdisciplinarios.

“En la escuela tradicional cada espacio curricular trabajaba por separado. Nosotros buscamos que las áreas construyan proyectos en conjunto, para que los estudiantes experimenten, se apropien de los contenidos y puedan relacionarlos con situaciones de la vida real”, explica.

Para sostener esa transformación, el programa incorpora distintas iniciativas. Algunas apuntan a fortalecer la lectura y la escritura durante los primeros años, como LEP; otras ponen el foco en las habilidades socioemocionales mediante HASE; también se suman talleres recreativos, deportivos y artísticos a través de ARES, propuestas de educación financiera, el uso pedagógico de inteligencia artificial con Paideia y un Consejo Consultivo en el que los propios estudiantes participan en la construcción de propuestas para mejorar la escuela. Incluso la arquitectura empezó a pensarse de otra manera mediante InnovArq, una iniciativa desarrollada junto con la Universidad de San Pablo para reorganizar y resignificar los espacios escolares.

Argañaraz asegura que uno de los aspectos que más la sorprendió fue la respuesta de los propios adolescentes.

“Empezaron a generar propuestas para transformar la escuela, imaginaron aulas temáticas y encontraron un sentido diferente a la secundaria”, afirma.

Transformación docente

Si para los alumnos la transformación se percibe dentro del aula, para los docentes implica volver a pensar la forma de enseñar.

La directora de la escuela Media de San Pablo, Alejandra Serena, explica que la implementación comenzó este año con el ciclo básico y se extenderá progresivamente al resto de la institución.

“La innovación no reemplaza los saberes fundamentales. Los fortalece mediante el trabajo interdisciplinario y la planificación conjunta de los docentes”, sostiene.

Eso significa que los profesores dejaron de planificar en soledad: “Hoy trabajan en equipo, realizan evaluaciones formativas y construyen proyectos comunes. En primer año, por ejemplo, Historia, Geografía y Formación Ética desarrollan un único proyecto que luego es evaluado desde las tres materias. Lo mismo ocurre con Ciencias Naturales.”

La misma lógica alcanza a otros espacios. En Educación Física, por ejemplo, los estudiantes pueden elegir el deporte que desean practicar durante cada cuatrimestre.

“Antes el estudiante no tenía esa posibilidad. Hoy puede optar según sus intereses y eso fortalece su participación y motivación.”

Para Serena, la respuesta de los adolescentes fue una confirmación de que el camino elegido tiene sentido: “Les encanta porque trabajan mucho más en equipo, utilizan todos los espacios de la escuela y salen de la clase tradicional. Buscamos perder el miedo a cambiar una estructura que durante años funcionó siempre igual”.

Obra en construcción

Nadie en la escuela Media de San Pablo habla de una transformación terminada. Por el contrario, docentes, directivos y autoridades educativas coinciden en que el proceso recién empieza. Entre los desafíos aparecen la consolidación del trabajo interdisciplinario, la creación de aulas temáticas, la reorganización de los espacios y una participación estudiantil cada vez más activa.

Jonás también imagina los próximos pasos. “Me gustaría que hubiera más proyectos participativos y que los alumnos pudiéramos opinar todavía más en las clases. También estaría bueno concretar las aulas temáticas, donde cada materia tenga su propio espacio y nosotros podamos movernos por la escuela”, desea.

En las aulas los estudiantes se mantienen alrededor de la maqueta. Uno acomoda una pared que se había despegado; otro revisa las anotaciones antes de la presentación. La construcción de cartón todavía necesita algunos retoques antes de quedar lista. Quizás por eso termina pareciéndose bastante a la escuela que la rodea: una obra en construcción, donde cada día se ensaya una manera diferente de aprender.