“Fue una experiencia maravillosa, diferente de todo lo que conozco”, resume Denise León, recién llegada de Colombia y con la emoción fresca en la piel. Por primera vez participó del Festival Internacional de Poesía y se topó con el inesperado escenario de una multitud movilizada, protagonista, dispuesta a escuchar. Es una mezcla de asombro y de placer lo que el encuentro le provocó a la poeta tucumana; un Festival que le pertenece a una ciudad -en este caso Medellín- tanto como sus calles, sus barrios y sus plazas. Fue la edición número 36, con la participación de 68 poetas de 32 países y bajo el lema “Hacia la Primavera Humana”.
El encuentro tiene una característica que, según León, explica buena parte de su potencia. No se concentra en un único lugar ni queda restringido a un circuito literario, ya que los poetas recorren distintos sectores de Medellín y también localidades del interior. Una lectura puede programarse en una coqueta librería de una zona elegante y, al día siguiente, en la plaza de un barrio popular. También implica atravesar las montañas cafeteras para llegar a un pueblo pequeño.
“Es increíble el compromiso del público”, subraya León. La gente se acerca, escucha, participa y mucho más. “Es como si los poetas fueran personalidades o actores de cine, porque te piden sacarse fotos, quieren que sus hijos se saquen fotos con vos; su tía, su prima, su abuelo....” La escena se completa con un ambiente que jamás permanece distante. Tras las lecturas hay aplausos y conversaciones espontáneas con los autores, incluso cuando el poema se declama en una lengua que la mayoría no comprende.
El Festival se convierte así en una experiencia multilingüe. Los poetas extranjeros leen en su idioma y luego un actor interpreta los poemas en castellano. Árabe, francés, inglés, polaco y otras lenguas se van entremezclando para el disfrute generalizado. ¿Cómo se explica? “Creo que hay una educación, es la sensación que tengo -apunta León-. El Festival lleva 36 años y siento que el público sabe lo que va a escuchar, está preparado”.
La magnitud de esa apropiación popular se hizo visible durante el cierre. Cada poeta leyó un poema en un teatro ante unas 1.000 personas. León todavía se sorprende al recordarlo: “en mi vida me había pasado una cosa así”. Durante horas, los asistentes permanecieron en la butaca mientras se sucedían voces provenientes de países y de tradiciones diferentes.
El contexto
Atravesada por una historia de violencia, Medellín experimentó en los últimos tiempos una transformación profunda. León percibió esa memoria en las charlas que mantuvo mientras pasaban los días, y lo que comprobó es cómo la cultura puede emplearse como una herramienta de reconstrucción colectiva. Por caso, el Festival trasciende el centro de la ciudad porque las distintas comunas preparan sus sedes para recibir a los poetas; las decoran y los agasajan. En los pueblos cafeteros, el café forma parte de la bienvenida.
León escuchó una diversidad de poéticas difícil de resumir bajo una única etiqueta, tratándose de un universo conformado por representantes de 32 países. “Pero quizá el puente en común es la valoración de la palabra, ¿no?”, advierte. Esa convicción adquiere un significado particular en un presente atravesado por guerras y conflictos.
“Siempre decimos: ‘bueno, la literatura no sirve para nada... O la poesía es inútil’. Quizás es inútil en un sentido, pero en otro no”, enfatiza León. La poesía, explica, no necesariamente modifica las circunstancias materiales, pero puede ofrecer otra clase de respuesta: “incluso cuando hay realidades que no podés cambiar, es como que la palabra ofrece una explicación, un consuelo, una esperanza. Ofrece una posibilidad de otros mundos posibles”.
Entre los poetas que escuchó hubo un autor de Túnez que, además de escribir, es profesor de lengua de señas para trabajar con chicos sordos, así que sus lecturas incorporaban gestos y sonidos. También conoció a un poeta canadiense de origen jamaiquino que rapeaba sus textos y que abordó, entre otros asuntos, la menstruación, la posición de la mujer y la relación con la sangre. “Yo se lo contaba a mi hija y ella me decía: ‘no se me ocurrió jamás que se pueda escribir un poema sobre eso’”, reveló. La respuesta, para León, es sencilla: se puede. Y el público lo celebra.
También encontró un poeta polaco cuir cuya propuesta incorporaba elementos de la oración religiosa, el canto y el movimiento corporal. Junto a esas búsquedas convivían formas más cercanas a la poesía convencional, con un lenguaje sencillo y accesible.
Entre los latinoamericanos, mientras tanto, aparecieron con fuerza algunas de las grandes preocupaciones contemporáneas: la violencia, la guerra y Palestina.
“El Festival tiene una vinculación con la paz -sostuvo-. Hay una preocupación y una discusión constante acerca de qué acciones pueden llevar adelante los poetas para contribuir a la paz; al entendimiento, al diálogo, y a pararse en contra de todo tipo de manifestación violenta.”
Lengua y resistencia
León llevó a Medellín una parte fundamental de su producción poética: textos escritos en judeoespañol o sefardí. En su caso, esto supone mucho más que una decisión estética. “Para mí el gesto de escribir poesía sefardí, de leer poesía en sefardí, tiene que ver con plantar un cierto tipo de bandera. Es un gesto de resistencia”, enfatiza.
La lengua sefardí es considerada por la Unesco en peligro de extinción y León suele detallar brevemente esa situación antes de leer. Pero más allá de “explicar” sus poemas, procura poner en circulación una lengua atravesada por siglos de desplazamientos. “No es lo mismo para mí leer en castellano que hacerlo en judeoespañol -destaca-. Siento que adopto otra postura física, otro tono de voz. No tanto como dos personalidades, pero sí dos mundos próximos, aunque a veces falsamente próximos”.
En esa diferencia está precisamente su riqueza. El judeoespañol contiene elementos del hebreo, pero también del turco, del griego, del francés, del italiano y de otras lenguas que fue incorporando durante su recorrido histórico. “Españolizarlo es romper todo”, afirma.
Es más; en Medellín, León funcionó como su propia traductora. Leyó las dos versiones de sus poemas porque considera que ambas lenguas necesitan escucharse. “Me parece que la extrañeza de una resuena en la otra”, sintetiza.
Lo que viene
El viaje también permitió poner en circulación un libro inédito en el que León todavía trabaja. Se trata de “Perla”, un poemario construido alrededor de la pérdida y el duelo por la muerte de una hermana. La figura del sobreviviente -su caso- aparece allí asociada al testimonio, a los mandatos familiares y al peso de cargar con quienes ya no están. Un proyecto que todavía está en proceso de elaboración.
Al mismo tiempo León trabaja sobre otro libro, nacido de una investigación acerca de una mujer sefardí que vivió en la misma ciudad donde vivieron sus abuelos y que fue oradora de la sinagoga portuguesa de Esmirna. El punto de partida es una prohibición talmúdica: “la voz de la mujer es una desnudez”. Durante siglos, esa concepción restringió la participación femenina en determinados espacios religiosos y públicos.
Este caso constituye una excepción, porque se trata de una mujer que escribió poemas y artículos periodísticos y fue oradora de una sinagoga. Pero, según cuenta León, hacia el final de su vida habría destruido buena parte de su propia producción. La investigación y la escritura aparecen, así, profundamente vinculadas. Un hallazgo surgido de la tarea académica termina convirtiéndose en materia poética.
Respirar en la oscuridad
La experiencia de Medellín adquirió otro significado cuando León volvió la mirada hacia su presente. Además de escribir, se dedica a la docencia y a la investigación, dos actividades que considera especialmente castigadas por las políticas actuales.
“Tengo la sensación de que son tiempos muy oscuros, muy angustiantes”, afirma. No hay, para ella, una separación tajante entre la escritora y quien enseña e investiga. “Uno no es un ente separado. La escritura también tiene que ver con la vida de uno, con los recorridos, con los lugares en los que se mueve”, apunta. En medio de ese escenario aparece una “nube negra” sobre la cultura, pero también la necesidad de buscar proyectos que permitan sostener el deseo de crear.
El Festival Internacional de Poesía de Medellín fue, para León, uno de esos espacios. “Para mí ha sido respirar”, resume. Y quizás allí esté la clave de su experiencia. En una ciudad que estuvo marcada por la violencia, miles de personas se reúnen para escuchar poemas escritos en lenguas que muchas veces no comprenden. Poetas de países distantes comparten escenarios, lectores traducen voces extranjeras y comunidades enteras abren casas de la cultura para recibirlos. “Es como volver a confiar en que eso puede suceder, ¿no? -dice León-. Que hay sociedades que pueden encontrar un proceso de salida”.