En diciembre de 2001, en un excelente artículo titulado “Los nuevos bárbaros”, Guillermo Jaim Etcheverry señalaba: “Habitar el instante y vivir en un presente sin raíces es uno de los rasgos centrales de nuestro tiempo”. Y agregaba: “Posiblemente, el nuevo orden mundial no necesite adultos, sino solamente niños, soberbios en su sometimiento, displicentes en su grosera vulgaridad, preocupados solo en sí mismos”. De aquel texto hace ya 25 años. Cabe preguntarnos: ¿cómo se potencia ese diagnóstico con la masificación de la Inteligencia Artificial? ¿Cómo escapar a la tentación de “tener todo resuelto” y de evitar el esfuerzo de pensar, incluso para tareas tan sencillas como redactar una nota de agradecimiento? En su artículo, Etcheverry rescataba una frase del discurso de Doris Lessing: “Érase una vez un tiempo -y parece ya muy lejano- en el que existía una figura respetada: la persona culta”. A partir de allí, el autor advertía sobre la pérdida de una formación amplia en aras de la especialización, privando a los jóvenes de la posibilidad de “elegir una tradición desde la cual pensarse a sí mismos”. Con el advenimiento de la IA, podría parecer que las personas cultas resultan prescindibles. Esta nueva tecnología, que irrumpió con fuerza arrolladora, amenaza con liberarnos cada vez más del trabajo intelectual y de la necesidad de formarnos con amplitud. Sin embargo, si queremos preservar nuestra humanidad, debemos hacer exactamente lo contrario: cultivar un pensamiento profundo y multidisciplinario, utilizando la Inteligencia Artificial como una herramienta potenciadora de nuestras ideas, y jamás como su reemplazo.

Humberto Solá Cánepa                                

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