La medicina siempre ha evolucionado de la mano de la ciencia y de la tecnología. El estetoscopio de Laennec, el electrocardiograma, la ecografía, la tomografía computada y la resonancia magnética fueron, en su momento, innovaciones que despertaron entusiasmo, dudas y hasta resistencia. Sin embargo, ninguna de ellas desplazó al médico. Todas terminaron ampliando su capacidad para diagnosticar y tratar mejor a sus pacientes. En los últimos años, el cambio volvió a acelerarse. La pandemia de Covid-19 impulsó la telemedicina y demostró que, en determinadas circunstancias, una consulta virtual podía resolver problemas concretos sin que el paciente debiera trasladarse. No reemplazó al consultorio tradicional, pero abrió una puerta que ya no volvió a cerrarse. Casi al mismo tiempo apareció un nuevo protagonista: el llamado “doctor Google”. Antes de ingresar al consultorio, muchos pacientes ya habían recorrido decenas de páginas web, leído foros y llegado con un diagnóstico presuntivo. En ocasiones esa información resulta útil; en otras, solo incrementa la ansiedad y la confusión. El desafío del médico pasó a ser también ayudar a distinguir la evidencia científica de la desinformación. Hoy estamos ingresando en una tercera etapa: la inteligencia artificial. Y, como ocurrió con cada avance tecnológico, surgen preguntas inevitables. ¿Reemplazará al médico? ¿Deshumanizará la consulta? ¿Convertirá la medicina en una actividad gobernada por algoritmos? La experiencia internacional muestra que la respuesta es no. La inteligencia artificial no ausculta, no palpa un abdomen, no interpreta un gesto de angustia ni acompaña a una familia cuando debe comunicar una mala noticia. Tampoco asume la responsabilidad de una decisión clínica. Es, en esencia, una herramienta de apoyo. Su mayor fortaleza aparece donde la complejidad desafía incluso a los profesionales más experimentados. En cardiología, por ejemplo, puede integrar en segundos la información proveniente del electrocardiograma, el ecocardiograma, la tomografía, la resonancia, los análisis de laboratorio y los antecedentes del paciente para sugerir diagnósticos diferenciales, recordar enfermedades poco frecuentes o resumir la evidencia científica más reciente sobre una conducta terapéutica. Lejos de sustituir el razonamiento clínico, puede convertirse en una segunda opinión permanente, disponible a cualquier hora. Un colega infatigable, con una memoria prácticamente ilimitada, capaz de revisar miles de publicaciones científicas en pocos segundos. La decisión, sin embargo, continúa siendo del médico. La verdadera fortaleza de la medicina seguirá descansando en aquello que ninguna máquina puede reproducir plenamente: la experiencia adquirida durante años de práctica, el juicio clínico, el examen físico, la empatía y la confianza construida entre el médico y su paciente. Quizá dentro de algunos años la inteligencia artificial sea tan habitual en los consultorios como hoy lo son el ecógrafo o el electrocardiógrafo. Si ese momento llega, el desafío no será competir con ella, sino aprender a utilizarla con criterio, espíritu crítico y responsabilidad. La tecnología puede ayudar a encontrar respuestas. Pero sigue siendo el médico quien debe formular las preguntas correctas, interpretar cada caso en su contexto y acompañar al paciente cuando más lo necesita. Porque la medicina del futuro seguirá apoyándose en la ciencia, pero continuará teniendo un rostro profundamente humano.
Juan L. Marcotullio Marcotulliojuan@gmail.com