Agatha Christie, probablemente la autora más famosa e influyente de la literatura policial, nació el 15 de septiembre de 1890 en Torquay, Inglaterra. En 1916 su hermana la retó a escribir una historia policial y fue así como la autora escribió su primera novela que publicó en 1920: El misterioso caso de Styles. En ella dio vida al entrañable detective Hércules Poirot, quien en esta historia resuelve el caso de un asesinato por envenenamiento. Este modus operandi se repetirá en la obra de la autora, quien tenía conocimiento del efecto de sustancias tóxicas por su trabajo en una farmacia de un hospital durante la Primera Guerra.

A lo largo de su carrera publicó 66 novelas policiales. Entre ellas sobresale El asesinato de Roger Ackroyd (1926), una obra que revolucionó el policial con uno de los giros narrativos más audaces del género. En su autobiografía, Christie recuerda que la idea nació de un desafío planteado por su cuñado: ¿sería posible que un narrador ocultara información al lector sin mentir? Así fue como Christie desarrolló la idea convirtiéndola en la estructura narrativa de la novela que cambiaría para siempre las reglas del policial clásico.

El círculo cerrado

Si algo distingue las novelas policiales de Agatha Christie es la estructura narrativa que convirtió en su sello personal: el “círculo cerrado de sospechosos”. En ella la acción transcurre en espacios aislados —un tren detenido por la nieve, un barco que navega por el Nilo, una mansión apartada o una isla perdida en medio del mar— donde todos los personajes tienen un móvil y ninguno puede abandonar la escena del crimen. Este recurso recuerda al tradicional juego de mesa Clue, ambientado en una mansión donde los participantes deben descubrir quién cometió el asesinato, dónde ocurrió y con qué arma. Al igual que en el juego, en las novelas de Christie el lector acompaña al detective en la reconstrucción de los hechos, siguiendo pistas dispersas, falsas apariencias y secretos cuidadosamente ocultos.

Once días sin rastro

A fines de 1926, tras haber sufrido dos golpes personales devastadores —la muerte de su madre y la ruptura de su matrimonio con Archibald Christie—, Agatha desapareció una tarde de diciembre sin dejar rastro. Su automóvil fue encontrado abandonado junto a un acantilado, lo que llevó a la policía a temer un suicidio. Durante 11 días, el país entero siguió con atención su búsqueda. Fue hallada en un hotel, registrada bajo el apellido de la amante de su marido. Lo más desconcertante fue que Christie aseguró no recordar cómo había llegado hasta allí ni qué había sucedido durante ese período. La escritora nunca explicó aquel episodio y, en su autobiografía, lo mencionó con notable discreción.

El Orient Express

Dos años después unos amigos le hablaron de sus viajes a Bagdad y despertaron en ella el deseo de conocer Oriente Próximo. Inspirada por aquellos relatos, compró un pasaje en el Orient Express, tren en el que soñaba viajar desde niña, y a pesar de lo riesgoso que resultaba para una mujer de la época emprender sola una viaje de esa magnitud, partió desde Calais rumbo a Estambul y luego a Bagdad para visitar las excavaciones arqueológicas de Ur. Aquel viaje cambiaría su vida para siempre.

En Ur conoció a los arqueólogos Leonard y Katherine Woolley, quienes la introdujeron en el mundo de la arqueología. En su autobiografía cuenta que encontraba sorprendentes similitudes entre la arqueología y la novela policial: ambas consistían en remover capas y reunir indicios hasta reconstruir una verdad oculta. De aquellas experiencias nacería más tarde Ven, dime cómo vives, obra entrañable en la que relata con humor la vida cotidiana en las excavaciones arqueológicas.

Tiempo después, los Woolley la invitaron a regresar a la excavación donde conoció al arqueólogo Max Mallowan, quien se convertiría en su segundo marido. A partir de entonces, Christie realizó numerosos viajes en el Orient Express para acompañarlo en sus campañas arqueológicas en las cuales participaba activamente tomando fotos, limpiando piezas y catalogando objetos. En uno de esos trayectos, el tren quedó demorado por una tormenta y fue así como surgió la inspiración para otra de sus novelas más célebres: Asesinato en el Orient Express.

Muerte en el Nilo

Cuando viajé por primera vez a Egipto, me embarqué en un crucero para experimentar la navegación por el Nilo que Christie describe con tanta fascinación en su autobiografía; la impresión de entrar en un mundo donde el tiempo parece transcurrir más lentamente, donde la vida continúa siguiendo el mismo ritmo del agua y del paisaje que hace miles de años.

Navegamos desde Luxor hasta Asuán y cada mañana despertábamos frente a un templo distinto que recorríamos durante el día. Por la tarde el barco retomaba lentamente la navegación y nos sentábamos en cubierta a contemplar el paisaje: una estrecha franja de vegetación exuberante, repleta de palmeras, cultivos y pequeñas aldeas que bordean el río que se separa por una línea casi imperceptible del inmenso desierto.

Al caer la noche, todos los pasajeros compartíamos la comida alrededor de largas mesas. Aquella rutina invitaba a conversar con personas provenientes de los más diversos rincones del mundo. Cada uno llegaba con su propia historia, sus secretos, sus anécdotas. Bastaba con observar la dinámica del barco para entender por qué Christie había elegido un crucero como escenario para Muerte en el Nilo: un grupo reducido de viajeros obligado a convivir en un barco aislado, durante varios días, donde cualquiera podía ocultar un secreto, una traición y hasta un crimen.

Asuán, Philae y el Old Cataract

Cuando llegamos a Asuán, quedamos cautivados por su paisaje único: allí el Nilo parece ensancharse y abrirse entre pequeñas islas de granito, mientras decenas de felucas despliegan lentamente sus velas blancas sobre el agua.

Luego de recorrer la ciudad, abordamos una feluca rumbo al templo de Philae. Construido hace más de 2.000 años, originalmente se alzaba en la isla que le dio su nombre, pero la construcción de la Presa Alta de Asuán amenazó con dejarlo, junto con otros monumentos, bajo las aguas del lago Nasser. En 1960, la Unesco lanzó una de las mayores campañas internacionales de rescate patrimonial de la historia. Desmontaron, piedra por piedra, los templos en peligro y los reconstruyeron en emplazamientos seguros. Gracias a esa extraordinaria operación de ingeniería y cooperación internacional, Philae fue trasladado a la cercana isla de Agilkia y también pudieron salvarse los templos de Abu Simbel y una veintena de monumentos más.

Un dato poco conocido es que, durante parte de esa campaña, la Conferencia General de la Unesco estuvo presidida por el filósofo y diplomático tucumano Víctor Massuh, quien acompañó desde ese organismo uno de los mayores esfuerzos mundiales por preservar el patrimonio de la humanidad.

Mientras rodeábamos la isla Elefantina, apareció frente a nosotros el legendario Hotel Old Cataract, uno de los más lujosos y emblemáticos de Egipto. No solo deslumbra por las vistas extraordinarias que ofrece desde sus terrazas, con el Nilo, las felucas y el desierto nubio como escenario, sino también por la historia que guardan sus habitaciones. Por allí pasaron figuras internacionales como Winston Churchill, el zar Nicolás II, Howard Carter —arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamón— y la princesa Diana, entre otros protagonistas del siglo XX. Allí, Christie escribió Muerte en el Nilo y, junto a Max Mallowan, pasó largas temporadas en la suite que hoy lleva su nombre.

Ya de regreso en Asuán, mientras contemplaba el atardecer sobre el Nilo, pensaba en la obra y vida de la autora. Con más de 2.000 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, una cifra solo superada por la Biblia y las obras de Shakespeare, Agatha Christie es la novelista más leída de la historia. Publicó también 14 colecciones de cuentos y escribió numerosas obras teatrales. Entre ellas sobresale La ratonera, que, con más de 30.000 funciones y más de siete décadas de permanencia ininterrumpida en cartel, ostenta el récord de la obra teatral de mayor duración en la historia.

Pero lo que más me conmovió fue descubrir que, detrás de la creadora de Poirot, hubo una mujer que atravesó pérdidas dolorosas, momentos de gran adversidad y períodos de profunda incertidumbre durante las dos guerras mundiales. Sin embargo, encontró en los viajes, la arqueología y el amor la fuerza para reinventarse. Supo transformar el dolor en creatividad y convertir sus vivencias en inspiración. De ese proceso nació un universo literario que, 50 años después de su muerte, sigue cautivando a millones de lectores en todo el mundo.

PERFIL

Agatha Christie (1891-1976) recibió la típica educación victoriana impartida por institutrices en el hogar paterno. Tras la muerte de su padre, se trasladó a París. Durante un viaje por Oriente Medio conoció al arqueólogo Max Mallowan, con quien se casó; a partir de entonces pasó varios meses al año en Siria e Irak, escenario de Ven y dime cómo vives y de novelas policiales como Asesinato en Mesopotamia o Intriga en Bagdad. Además del gran éxito de que disfrutaron sus célebres novelas, a partir de 1953 ganó celebridad con las adaptaciones teatrales de sus novelas en el West End londinense. En 1971 le fue concedida la distinción de Dama del Imperio británico.

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Verónica Di Gregorio – Especialista en Educación y Lenguas muertas.