Durante algunos años, la atención estuvo puesta en la llamada manósfera o machosfera: ese universo de foros, podcasts e influencers donde circulan discursos misóginos, consejos para "recuperar" el poder masculino y teorías según las cuales el feminismo habría perjudicado a los hombres. Figuras como Andrew Tate convirtieron ese espacio en un fenómeno global y despertaron preocupación por su capacidad para atraer y radicalizar a adolescentes y jóvenes. 

Pero algunos investigadores empezaron a observar que, mientras ese universo crecía, otro comenzaba a desarrollarse casi en paralelo. Lo llamaron femosfera.

El término fue propuesto por la investigadora Jilly Kay, especialista en estudios culturales y medios de la Universidad de Loughborough, para describir una serie de comunidades digitales dirigidas a mujeres que, aunque suelen presentarse como feministas o como espacios de empoderamiento femenino, comparten varias de las lógicas que hicieron famosa a la manósfera.

En esos espacios aparecen conceptos como las femcels -una versión femenina de los "célibes involuntarios"-, estrategias de citas donde las relaciones se plantean como un juego de poder y creadoras de contenido que promueven la llamada "energía femenina", el estilo de vida tradwife o la idea de encontrar hombres que provean estabilidad económica.

A simple vista, muchas de esas propuestas parecen ofrecer algo atractivo. Hablan de autoestima, de poner límites, de dejar de aceptar relaciones dañinas o de valorar el propio tiempo. Son mensajes que conectan con experiencias reales de muchas mujeres.

Sin embargo, detrás de ese lenguaje aparece otra idea. En lugar de cuestionar las desigualdades entre hombres y mujeres, la femosfera parte de una premisa diferente: hombres y mujeres serían esencialmente distintos y esa diferencia sería imposible de modificar. Si el conflicto es inevitable, entonces la solución ya no consiste en construir relaciones más igualitarias, sino en aprender estrategias para ganar.

Los investigadores encontraron paralelismos llamativos entre ambos mundos.

Así como en la manósfera abundan los manuales para manipular emocionalmente a las mujeres o aumentar el "valor" masculino en el mercado de las citas, en la femosfera aparecen reglas para seleccionar hombres según su capacidad económica, evitar el sexo casual para conservar el propio "valor" o convertir las relaciones en una negociación permanente.

La lógica termina siendo sorprendentemente parecida: el otro sexo deja de ser alguien con quien construir un vínculo y pasa a convertirse en un adversario al que hay que comprender para no perder.

Es un cambio llamativo porque muchas de estas comunidades se definen como feministas.

Kay sostiene que buena parte de sus ideas son, en realidad, profundamente conservadoras. En vez de reclamar igualdad salarial, por ejemplo, algunas influencers sostienen que el hombre debería ser quien mantenga económicamente a la mujer. En lugar de cuestionar los roles tradicionales, proponen volver a ellos, aunque presentados ahora como una decisión libre y una forma de empoderamiento.

Detrás de ese crecimiento también aparece otro dato interesante. Muchas mujeres llegan a estos espacios después de años escuchando que podían tenerlo todo: una carrera exitosa, independencia económica, una pareja, hijos, desarrollo personal y bienestar emocional. Cuando esa promesa choca con jornadas dobles, sobrecarga de tareas y vínculos que no siempre son igualitarios, es lógico que aparezca la búsqueda de otras respuestas. El problema es que, en algunos casos, esas respuestas no cuestionan las desigualdades sino que simplemente proponen administrarlas de otra manera.

Los estudios sobre estas comunidades todavía son recientes y no existen evidencias de que produzcan procesos de radicalización comparables con los de la manósfera, cuyos discursos incluso han estado vinculados a episodios de violencia fuera de internet. Pero los especialistas sí observan un patrón conocido: cuando estos grupos se vuelven cada vez más cerrados, dejan de convivir con miradas diferentes y empiezan a reforzar sus propias certezas.

Eso quizás explique por qué, vistos de cerca, la femosfera y la manósfera terminan pareciéndose más de lo que imaginan quienes participan de ellas. Cambian los protagonistas, cambian los destinatarios y cambian los argumentos, pero permanece una misma idea: hombres y mujeres aparecen como dos bandos enfrentados, donde las relaciones son un juego de estrategias, el otro siempre representa una amenaza y la confianza parece una forma de ingenuidad.

En un momento en el que buena parte de las conversaciones públicas se organizan alrededor de algoritmos que premian los discursos más extremos, esa lógica encuentra un terreno fértil para crecer. Quizás por eso convenga mirar la femosfera más allá de su nombre. No porque todo lo que ocurre allí sea necesariamente negativo, sino porque el lenguaje del empoderamiento también puede convivir con ideas que, en lugar de ampliar la libertad, vuelven a encerrar a mujeres y hombres en los mismos papeles de siempre.