Detrás del aumento de diagnósticos de trastornos neurológicos en niños y en adolescentes que se viene registrando en los últimos años, hay algo que no se está mirando: formas distintas -no necesariamente patológicas- de captar y de procesar la información. Así lo planteó la psicopedagoga Gabriela Dueñas, distinguida con el diploma al Mérito de la Fundación Konex y una de las voces nacionales con mayor autoridad en salud mental infantojuvenil. La doctora en Psicología fue entrevistada por el periodista Guillermo Monti para Conexión Play, de LG Play.

Con más de 30 años de trabajo en las aulas, Dueñas se dedica desde muy joven a la articulación de la salud mental con el campo educativo, con foco en las infancias y en las adolescencias: sus sufrimientos y las maneras de alojarlos y acompañarlos. Más tarde se volcó también a la docencia universitaria y a la investigación, que la apasiona; esta última se volcó en libros orientados a concientizar a la comunidad sobre el cuidado de los niños y los jóvenes.

LA GACETA quiso conocer su diagnóstico sobre la sucesión de problemas que atraviesa hoy el ámbito educativo. Dueñas explicó que los cambios vertiginosos de las últimas décadas, impulsados por las nuevas tecnologías, modelaron una subjetividad infantojuvenil -la de los “nativos digitales”- que ni siquiera los profesionales alcanzan a comprender del todo, porque la formación de grado sigue apoyada en manuales de dos o tres décadas atrás.

Esa distancia generacional, según relató, provoca un choque entre escuelas “modelo siglo XIX” y estudiantes “modelo siglo XXI”. “Estos niños nuevos, nativos digitales, desarrollaron otras maneras de prestar atención, con tiempos más acotados, con múltiples focos en simultáneo”, describió Dueñas, y explicó que a los docentes formados en el viejo formato ese cambio los toma por sorpresa: un chico ya no logra sostener la atención a una maestra frente a un pizarrón con una tiza durante 80 minutos. Ante esa brecha se instaló, dijo, una tendencia que la preocupa desde hace más de dos décadas: la patologización y la medicalización de los malestares infanto-juveniles.

“¿Observaste en los últimos años la ‘epidemia’ de niños etiquetados de autistas?. Uno realmente no puede pensar que esto se deba a déficits neurocognitivos de origen innato”, sentenció. Y remarcó que los chequeos neurológicos y genéticos no arrojan indicadores puntuales de que se trate de chicos que nacieron con problemas neurológicos. Y fue más allá, con un contraargumento: “Si así fuese, si está naciendo esta cantidad de niños con singulares divergencias neurológicas deberíamos ponernos a investigar qué pasa con las mujeres embarazadas. Bueno, lo cierto es que todo indica que no es así”.

La especialista fundamentó su postura sobre un principio central de la psicología: la personalidad, la mente y las funciones cognitivas no vienen dadas con el nacimiento, sino que se construyen a partir de la interacción entre variables biológicas, vinculares y socioculturales.

Consultada sobre docentes que admiten no contar con herramientas para comunicarse con los chicos en los términos de estos últimos, Dueñas consideró que el problema excede a las escuelas. “No solo los docentes, la sociedad adulta en su conjunto”, advirtió. La especialista extendió la alerta a madres, padres y, según dijo, a los propios profesionales de la infancia, lo que consideró gravísimo. De ahí la necesidad, remarcó, de que los futuros especialistas asuman una actitud de investigación permanente antes de derivar a un chico al neurólogo ante la primera situación que no comprenden.

Dueñas comparó la irrupción de las nuevas tecnologías con la llegada de la imprenta, un quiebre histórico frente al cual buena parte de los adultos actúa como si los estudiantes de hoy fueran exactamente igual a los de generaciones anteriores. Consultada sobre países que optaron por prohibir el uso de pantallas, se despegó de esa vía. “No creo en las prohibiciones; sabemos que exacerban el deseo por lo prohibido, y más en adolescentes. Pero es necesario una regulación de parte de los Estados, porque cuando este fenómeno impacta en el ámbito familiar o escolar desborda a los adultos”, subrayó. Y añadió que luego debe trabajarse con las familias, los docentes y los adultos a cargo.

La psicóloga situó el vínculo entre generaciones en clave del concepto de “modernidad líquida”, de Zygmunt Bauman: una relación adulto-niño asimetrizada y, en muchos casos, invertida: “(Los chicos) mandan, porque ellos manejan las nuevas tecnologías”.

Consideró que el problema no son las nuevas tecnologías, que solo son herramientas -ni buenas ni malas-. “No están adictos porque sí a las pantallas, sino por ausencia de adultos que hagan de mediadores entre lo que ofrecen las nuevas tecnologías y las posibilidades que los chicos tienen de asimilar esto, de aprenderlo y, sobre todo -y a partir de esto-, de construir valores”, señaló.

Pero Dueñas pone un manto de piedad, y explica que esa ausencia de mediación se debe a la propia crisis de los adultos, atravesados por un contexto mundial de guerras, cambios climáticos e inestabilidad económica: “Uno ve familias endeudadas, que tienen dos o tres trabajos para poder llegar a fin de mes”.

La especialista insistió en que quienes trabajan con infancias y adolescencias deben poner el acento sobre cuidar a los que cuidan. Y cerró con una preocupación que definió como prioritaria: “Me preocupa muchísimo el aumento de suicidios en adolescentes; es un síntoma social que nos interpela como adultos, fundamentalmente”.