Hay algo que se repite cada vez que la selección argentina pierde un partido importante, más allá de la generación, el rival o el campeonato. Apenas termina el duelo en cuestión, empieza un nuevo partido; el de encontrar un responsable.

Nunca alcanza con decir "el otro fue mejor", parece que siempre necesitamos un culpable. Además, cuanto más dolorosa es la derrota, más grande debe ser la explicación.

No es un fenómeno nuevo ni tampoco nació con las redes sociales, aunque hoy se multiplique a la velocidad de un video de TikTok, un reel de Instagram o de un posteo en X. Los argentinos llevamos décadas construyendo relatos para explicar aquello que más nos duele aceptar: que en el deporte también se pierde y que no siempre somos los mejores.

Italia 90 fue el primer gran ejemplo moderno. La final contra Alemania quedó resumida durante años en un apellido: Codesal. El árbitro mexicano sancionó un penal que hasta el día de hoy divide opiniones. Fue una discusión que nunca terminó; sin embargo, para muchos, Argentina no perdió una final; se la robó un árbitro.

Cuatro años después apareció otra historia. La imagen de Diego Maradona caminando de la mano de una enfermera recorrió el mundo y terminó alimentando una teoría que mezclaba conspiraciones, laboratorios y el poder de Joao Havelange. Poco importó que Argentina hubiera llegado a Estados Unidos con un equipazo que arrastraba algunos problemas. Había una explicación mucho más seductora.

En Francia 98 el foco apuntó a Ariel Ortega y a aquel cabezazo a Edwin van der Sar. En Corea-Japón 2002 les tocó a Marcelo Bielsa y a Juan Sebastián Verón. El primero por haber armado un equipo que se pinchó en el momento menos pensado y que no pudo pasar la primera fase; el segundo porque durante años hubo quienes insistieron, sin una sola prueba, en que se había vendido frente a Inglaterra.

En Alemania 2006 el juicio fue para José Pekerman. Que los cambios, que Riquelme, que Cambiasso, que Julio Cruz… En Sudáfrica 2010, Maradona quedó señalado por un equipo que fue ampliamente superado por Alemania en el duelo de cuartos de final. En Brasil 2014 la bronca se repartió entre Gonzalo Higuaín, Rodrigo Palacio y el árbitro Nicola Rizzoli. Para algunos, Argentina perdió por los goles errados; para otros, por un penal que el árbitro italiano no cobró.

En Rusia 2018 apareció un nuevo villano. Jorge Sampaoli y una interna con el plantel que todavía hoy genera versiones contradictorias.

Y ahora, después del Mundial 2026, empezaron a multiplicarse videos, audios y publicaciones que aseguran que la final estaba vendida.

La derrota siempre parece necesitar una explicación extraordinaria porque aceptar que el otro jugó mejor resulta demasiado doloroso. No importa que no exista una prueba, que el rival haya sido superior durante todo el partido o que el fútbol tenga una dosis enorme de azar.

El consuelo de las conspiraciones

Lo curioso es que este mecanismo no aparece solamente cuando juega la Selección. También se instala todos los fines de semana en el bendito fútbol nuestro.

En Tucumán hay hinchas de San Martín convencidos de que aquella final en Rosario estaba arreglada. Del otro lado, muchos simpatizantes de Atlético sostienen que los dirigentes nunca quieren dar el salto definitivo porque no les interesa pelear un campeonato.

Cambian los clubes y los protagonistas, pero la necesidad de encontrar un culpable permanece intacta. Y no se trata de negar que existan malos arbitrajes, porque está claro que los hay. Tampoco de afirmar que el fútbol está libre de corrupción porque la historia demuestra que hubo partidos amañados, dirigentes corruptos y decisiones arbitrales que modificaron campeonatos.

Sin embargo, el problema comienza cuando una sospecha reemplaza al análisis, cuando una teoría explica absolutamente todo, o cuando el relato termina siendo más cómodo que la realidad. Porque la realidad suele ser mucho menos romántica.

Tal vez Argentina perdió en 1990 porque Alemania era una potencia y el equipo de Bilardo había llegado exhausto después de una hazaña contra Italia y de varias batallas que le habían quitado todas las fuerzas. Tal vez en 2002 el que parecía ser el mejor equipo del mundo jugó un mal Mundial. Tal vez en 2006 Pekerman se equivocó. Tal vez en 2010 Alemania fue infinitamente superior. Tal vez en 2014 Higuaín erró una oportunidad que normalmente convertía. Tal vez en 2018 la Selección llegó rota. Y tal vez en 2026 España simplemente hizo mejor las cosas esa tarde o la “Scaloneta” llegó con varios futbolistas disminuidos físicamente al partido más importante.

Pero esas explicaciones no generan millones de reproducciones ni alimentan debates eternos. Tampoco sirven para construir enemigos.

Hay una frase que suele repetirse en el deporte: "el resultado es mentiroso". A veces es verdad, pero otras veces no; y lo mismo ocurre con las conspiraciones. Algunas nacen de hechos concretos, mientras que otras aparecen porque necesitamos creer que el fracaso fue consecuencia de algo que no podíamos controlar. Esa parece ser una forma de protegernos.

Si perdimos porque nos robaron, entonces seguimos siendo los mejores. Si perdimos porque hubo una mano negra, entonces el mérito del rival desaparece. Y si perdimos por una conspiración, no hace falta revisar nuestros propios errores. Quizás por eso cuesta tanto aceptar la derrota.

Perder implica reconocer que alguien hizo las cosas mejor que uno y eso parece doler demasiado. Mucho más que imaginar una historia secreta escrita entre dirigentes, árbitros y poderes ocultos.

Pero el fútbol, en el fondo, es bastante más sencillo. Es un juego; y como todo juego, tiene una regla tan vieja como inevitable. No siempre gana el que más lo desea, el que más se esfuerza o el que más lo merece. A veces, simplemente, gana el otro. Y ahí parece estar la verdadera madurez del hincha: aprender a convivir con las derrotas.