“Ay, hermanita perdida / hermanita: Vuelve a casa / Malvinas, tierra cautiva / de un rubio tiempo pirata” (Atahualpa Yupanqui) ¿Por qué razón al presidente Milei y a su grupo en Casa Rosada no le molestaron las ofensas de Eduardo Feinman para con la hermana República de México (a la que acusó de haber “apretado” al seleccionado de Ecuador para que jugara a menos contra la selección azteca), pero sí la bandera que los jugadores de la Selección argentina desplegaron tras su victoria contra Inglaterra en la Copa del Mundo, con el grito de “Las Malvinas son argentinas”? ¿Por qué (sin)razón, luego de la declaración mundial (escrita sobre una blanca sábana de hotel) de un amor innegociable de un país por su “hermanita perdida”, vino el tsunami de ataques y acusaciones de racismo, justamente a esta nación argentina que fue la primera en abolir la esclavitud en el Siglo XIX (mientras que en EEUU todavía había servicios o baños públicos para blancos y para negros, por separado, un siglo y medio después)? Esta nación que fue receptora de masivas y multicolores olas migratorias, mientras Europa deja morir ahogados a miles de inmigrantes en el Mediterráneo en pleno Siglo XXI, con España mirando de reojo y silbando bajito; que dejó en claro en el preámbulo de su propia Constitución, que esta patria abrazaría a todo aquel que quiera vivir en su suelo, mientras Inglaterra sigue teniendo 14 colonias dispersas por el mundo, en pleno Siglo XXI? La derecha argentina fue construida desde cimientos trazados por el imperio británico y Rivadavia en el Siglo XIX (un imperio que intentó dos veces invadir Buenos Aires y que mantiene invadida hasta nuestros días a las mencionadas islas y toda su plataforma, con proyectos para extraer petróleo y nuestros recursos, en alianzas entre empresas de España a Inglaterra); con las columnas de la proto-oligarquía que nacía tras la batalla de Pavón, consolidada mediante la repartija de tierras saqueadas a los pueblos originarios por Julio A. Roca tras la mal llamada “Conquista del Desierto” y amurada durante las dictaduras de 1966 y 1976, con la posterior globalización ofrecida por Menem. El gabinete “macrimileísta” que vino después (apellidos que se repiten, sistemáticamente, con Menem, De la Rúa, Macri y Milei), dan cuenta de un plan desde la visión de un “país colonia”. Los ataques al pueblo argentino tras este FIFA2026, en consecuencia, respondieron a dos detonantes: 1) el reclamo en vivo y en directo (ante miles de millones de personas), por nuestras islas Malvinas y el poder del Reino Unido para desplegar su artillería de algoritmos en cuestión de horas, con una posverdad de piratas acusando de ser piratas a quienes ellos saquean y discriminan. 2) La acumulación de acciones de un presidente Milei -votado por medio país en dos oportunidades- arrodillado ante EEUU e Israel y títere de las fascistas extremoderechas de distintas partes de Europa, que lo suben a sus escenarios a fomentar discursos cargados de odio, mentiras y resentimiento. A través de miles de años se creó sentido común sobre algo bastante lógico: que los hijos son el reflejo de sus padres. De igual manera, los presidentes son el reflejo de su pueblo o, por lo menos, de un mayoritario sector del mismo y por un lapso de tiempo. Corto lapso, pero suficiente para provocar un daño incalculable.
Javier Ernesto Guardia Bosñak
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