El cierre del Complejo Deportivo Nicolás Avellaneda trasciende el cumplimiento de una orden judicial. Detrás de las cadenas colocadas sobre sus accesos quedaron historias personales, entrenamientos interrumpidos, profesores sin ingresos y una comunidad deportiva que perdió, de un día para otro, uno de sus espacios más tradicionales de San Miguel de Tucumán. Cuando una medida de esta naturaleza afecta a tantos ciudadanos, la discusión ya no puede limitarse a un expediente judicial: pasa a ser también una cuestión de política pública.

La Justicia hizo cumplir una resolución vinculada con la propiedad del inmueble, un conflicto que enfrenta a particulares con el Estado nacional y cuya complejidad administrativa se remonta a décadas de reorganizaciones del patrimonio ferroviario. Ese proceso deberá seguir su curso. Pero mientras los papeles avanzan en los tribunales, una buena parte del deporte tucumano quedó paralizado en un lugar que durante años albergó disciplinas de todo tipo, desde artes marciales hasta calistenia, vóley, handball, fútbol, básquet y actividades recreativas para niños y adultos.

El problema es que el cierre llegó sin explicaciones y sin un plan de contingencia. Los testimonios de profesores reflejan una realidad preocupante: nadie les informó con anticipación, nadie les comunicó los motivos con claridad y nadie les ofreció una alternativa para continuar con su trabajo. Muchos se enteraron cuando encontraron las puertas cerradas. Otros apenas tuvieron unas horas para retirar sus pertenencias. Esa falta de previsión agrava el impacto de una medida que, de por sí, ya resulta traumática.

Las consecuencias son múltiples. Hay entrenadores que dejaron de percibir ingresos de un día para otro y alumnos que interrumpieron rutinas de entrenamiento construidas durante años. Para quienes practican deporte de manera recreativa, el perjuicio es importante. Pero para quienes se preparan para competencias provinciales, nacionales o internacionales, la situación adquiere otra dimensión. Un deportista de alto rendimiento no puede detener su preparación durante semanas sin sufrir consecuencias físicas y deportivas. El tiempo perdido difícilmente pueda recuperarse.

Tucumán no dispone de una red abundante de infraestructura deportiva pública capaz de absorber inmediatamente a los usuarios que acudían al Avellaneda. Cada espacio cumple una función específica y el complejo había logrado consolidarse como un punto de encuentro accesible para distintas disciplinas. Su clausura deja un vacío que no puede minimizarse.

La respuesta del Estado tampoco puede agotarse en señalar que el inmueble pertenece a la Nación. Esa explicación puede ser jurídicamente correcta, pero resulta insuficiente frente a una demanda social concreta. Si bien la Provincia no interviene en el litigio, sí tiene la obligación de acompañar a los deportistas afectados, coordinar con federaciones y municipios la utilización de otros escenarios, facilitar espacios temporales para entrenamientos y gestionar ante las autoridades nacionales una pronta definición del conflicto.

Las decisiones judiciales se respetan. Eso no está en discusión. Lo que sí puede y debe discutirse es cómo evitar que sus efectos recaigan exclusivamente sobre quienes menos responsabilidad tienen en el conflicto. El deporte representa inclusión, salud, formación y contención social. Cuando un complejo cierra sus puertas, no sólo se apagan las luces de un edificio; también se interrumpen proyectos de vida.

Hoy el desafío consiste en encontrar soluciones mientras la Justicia resuelve el litigio. Porque ningún expediente debería condenar al deporte a quedarse esperando detrás de un candado.