No hay que prestar demasiada atención a la “campaña antiargentina” generada durante el Mundial de Fútbol 2026, mezcla de ignorancia e intereses ideológicos o económicos. Si las autoridades y los referentes sociales se mueven con discreción e inteligencia, en poco tiempo se acallará y tal vez no deje huellas en la opinión pública, que interesa en cuanto influya en las relaciones internacionales.
La aclaración corresponde porque puede especularse de todo. Lo de Samuel L. Jackson podría ser un intento woke de mentir para desgastar a Javier Milei, exponente del supuesto “eje del mal” derechista. Lo mismo para otros errados intencionados o faltos de criterio para verificar la información, sea de datos sobre el país, sea del reglamento del fútbol o la historia de sus campeonatos. En cambio, la posición de Mia Khalifa podría deberse a que apostó (así lo dijo) por Inglaterra contra Argentina; perdió dinero y se estaría sacando la bronca. Y también habrá quienes, con irresponsabilidad, sólo intentan monetizar interacciones por redes sociales, a lo que ayudan las posiciones escandalosas,
Pero también hubo críticas internas. Una vez más futbolistas y cuerpo técnico fueron menospreciados por ser (tal la queja) millonarios que no toman posición sobre los problemas del país. Claro que esa opinión fue de comunicadores kirchneristas, quienes tal vez no pensaron qué podrían declarar personas que son millonarias gracias a desempeñarse en países que no desarrollan las políticas preferidas por ellos.
Es la línea del tratamiento dado a Carlos Tévez en 2015 cuando criticó el contraste en Formosa entre el hotel de lujo al que se dirigía y las villas miseria circundantes. De allí la acusación de hacerle el juego a la derecha y olvidar sus orígenes sólo por tener dinero: un desclasado, término aplicado luego a más jugadores. Tal acusación ignora la acción solidaria que Tévez y otros desarrollan por jóvenes que viven en condiciones socioeconómicas desfavorables. También desatiende a los pobres de provincias con gobernadores kirchneristas, como si lo importante fuera el sello político y no la dignidad. Y para peor implica determinismo de clase.
Hay actitudes y estilos de vida muy vinculados al nivel de ingresos, pero no sólo a eso. También inciden las experiencias de educación, trabajo, familia y roce social. Eso hace que no haya divisiones estrictas, variables únicas o rigidez. Las calificaciones de clases baja, media o alta sirven de referencia pero poco más. Todo lo relacionado con el ingreso condiciona el desenvolvimiento en la vida e influye en la manera de pensar, pero no existe el determinismo.
Con amplio acceso a la educación, pocas trabas para la creación de empresas, variedad de actividades demandadas por los consumidores y los productores y valoración del mérito en la formación y en el trabajo habrá movilidad social ascendente. Esto es, con la mezcla de desarrollo capitalista, instituciones de mercado y redes sociales que no discriminen por motivos ilegítimos, aunque no todas las condiciones mencionadas confluyan en una sola persona, las circunstancias de nacimiento no son una condena.
El lastre del pensamiento de clase deriva del marxismo y su hipótesis de que la ideología depende de la posesión de los medios de producción. Como la supone fija entonces la ideología también lo es. Tal enfoque aporta poco para explicar a los micro y pequeños empresarios y denuesta a quienes tienen aspiraciones de superación y no de revolución. Así también, rechaza la posibilidad de cambiar de ideas, de visión sobre el mundo, por el estudio y el aprendizaje a partir de las experiencias. Es incompatible con la vida civilizada pues sólo habla de revancha y confiscaciones, de violencia y no de convivencia, de predestinación y no de libertad, de igualdad y no de mérito.
Justamente, lo que no se perdona a los futbolistas exitosos es desmentir el encasillamiento de clase, ser la superación por acción propia y no por favores políticos, una muestra de la utilidad social de premiar según el resultado y valorar las diferencias.
Aunque deben contemplarse matices. El fútbol profesional se basa en el esfuerzo en pos de resultados. Por eso el único gol merecido es el gol convertido. Pero que el éxito sea un objetivo no significa ser exitista o cortoplacista. Ahí está la selección actual de la AFA. Años de un estilo de trabajo, de consolidar el grupo en personas y juego. Trabajo serio, en equipo, de largo plazo. Dos copas América, una del Mundo, una Finalissima y un subcampeonato mundial no son casualidad. Por cierto, el equipo fue importante pero estuvo formado por individuos destacados. El desempeño de la selección no es la imposición de lo colectivo sobre lo individual sino una combinación. Además, esfuerzo y largo plazo no sirven si las personas y el método, el sistema, son nocivos. Continuidades deletéreas hay en Cuba, Nicaragua o Venezuela. Y también está el contexto. En el fútbol profesional lo importante es ganar, pero llegar a un Mundial ya es un gran logro y así debe disfrutarse. Y Argentina jugó siete finales en Mundiales de la FIFA y ganó tres. Es la segunda selección con más finales, detrás de Alemania con ocho (ganó cuatro). No cualquiera.
Ahora bien, el deporte profesional es un juego de suma cero: se gana cuando el otro pierde. Las interacciones de mercado no son así, sólo se realizan si las partes intervinientes ganan. Con esa salvedad conviene ir al tenis para volver a la economía. Gabriela Sabatini nunca fue número uno del mundo aunque llegó a número tres en 1989. Entre decenas (o cientos) de miles de competidoras, sin dudas es notable. Así también, no hay una copa del PIB per cápita. Ser primero es lo mismo que tercero o décimo. Lo importante es mejorar con respecto a uno mismo, ver la historia propia y a los demás no por envidia sino para descubrir qué aprovechar y no perder oportunidades, para concretar e incrementar el potencial propio. Aprender. Eso también hizo la selección.