Hay historias que no terminan donde uno imagina. Algunas quedan inmortalizadas en un gol, una camiseta o una tribuna. Otras encuentran caminos inesperados para permanecer en la memoria colectiva. La del volante Claudio “Turco” Alí, que acaba de cumplir 53 años, reúne dos pasiones que parecen alejadas, pero que tienen un mismo origen: Tucumán.
La pelota
Alí creció en una familia en la que convivían los dibujitos, “El Chavo” y el fútbol. Es hijo de doña Juana Albornoz, reconocida vendedora de garrapiñadas de la calle 24 de Septiembre, frente al Colegio Santa Rosa. Sus primeras gambetas fueron en Tucumán Central, el club en el que empezó a mostrar sus condiciones.
“Mis inicios fueron en Tucumán Central. A los 15 años me llevó un representante a Vélez Sarsfield, donde me hizo quedar Hugo Tocalli”, recuerda.
En Buenos Aires se encontró con entrenamientos exigentes, competencia permanente y chicos que perseguían la misma ilusión. Compartió las inferiores con futbolistas que después tendrían carreras destacadas. “Llegué justo cuando el “Cholo” Diego Simeone se iba a España. En inferiores tuve la suerte de jugar con Ariel ‘Chino’ Zárate, de la categoría 73, y con Christian Bassedas, que ya era un crack”, cuenta. Con Bassedas compartió la habitación y construyó una amistad que trascendió los años. También conserva el contacto con Mauricio Pellegrino y Carlos Compagnucci.
En ese mundo lo apodaron “Panza” por su tendencia a engordar. Los días libres solían convertirse en una invitación para salir a comer con sus compañeros. Eran momentos pequeños dentro de una experiencia enorme para un chico que todavía estaba aprendiendo a vivir lejos de su casa. Pero la nostalgia comenzó a pesar más que la posibilidad de quedarse. “Extrañaba mucho, así que me volví”, resume.
Esa frase breve explica buena parte de su historia. Alí quiso conocer hasta dónde podía llegar, pero nunca logró desprenderse completamente de sus raíces. Regresó a Tucumán, aunque el fútbol volvió a buscarlo: en Independiente compartió plantel con Gustavo López, Sebastián Rambert y Néstor Fabbri, bajo la dirección de “Pepe” Santoro y Ricardo “Chivo” Pavoni. Más tarde, Julio Barreto lo envió a probarse en Boca. Allí fue evaluado por Silvio Marzolini y posteriormente observado por Óscar Washington Tabárez.
En el club de la Ribera vivió una experiencia difícil de olvidar: entrenó junto a Gabriel Batistuta, Diego Latorre y Antonio “Turco” Apud. Era la cercanía con ese fútbol que había imaginado cuando salió de Tucumán Central, pero su camino volvió a doblar hacia el norte.
A los 17 años llegó a Atlético Concepción. Barreto lo llevó para que pudiera mantenerse en ritmo y Alpidio Elizeche quiso incorporarlo para disputar el Torneo del Interior y la Liga Tucumana. La intención inicial era regresar a Boca, pero Alí eligió quedarse en la Banda. “Era irme y volver constantemente, así que me afiancé ahí”, explica.
Antes de cumplir los 18 años recibió una propuesta de Juventud Antoniana. En Salta integró un equipo junto al “Flaco” Lamadrid, el “Petit” Saldaño y Marcelo Cil. La campaña estuvo cerca de terminar con el ascenso y quedó entre sus grandes recuerdos.
Luego apareció San Martín, que lo incorporó durante la etapa posterior al descenso y al recordado triunfo 6-1 sobre Boca. Entrenó con el “Mono” Campos, Solbes y Ortega, pero una lesión le impidió disputar el Nacional B y debió abandonar el club.
La siguiente estación fue Bolivia. Allí llegó para reemplazar a José Daniel Valencia durante su último año, con Antonietta como entrenador, y compartió el plantel con el “Negro” Francisco Ruiz. También defendió la camiseta de Real Santa Cruz, donde jugó con Edu Monteiro bajo la conducción de Marcelo Muñoz.
Ese período estuvo atravesado por una pérdida que marcó su vida. Su padre falleció a los 49 años mientras Claudio jugaba en Bolivia.
Su carrera continuó por Central Norte de Salta, Patronato de Paraná y la CAI de Comodoro Rivadavia. Con Marcelo Fuentes disputó un hexagonal por el ascenso al Nacional B. Además, vistió las camisetas de San Pablo, San Martín, Ñuñorco, Santa Rosa, San Juan y Unión Simoca. En este último club término su carrera a los 34 años donde jugó con hermanos Walter y Luis Rodríguez, donde el “Pulguita” marco 12 goles a Azucarera Argentina.
También estuvo cerca de jugar en Atlético. Durante su segunda etapa en Concepción, el “Kila” Castro lo recomendó ante un entrenador amigo. Se entrenó y tenía prácticamente todo acordado, pero surgió otra propuesta y debió marcharse.
Segundo amor
Cuando la pelota dejó de ocupar el centro de la escena, Alí encontró otra forma de crear emociones. El puesto familiar atravesaba un momento de pocas ventas y necesitaba una idea diferente. Junto a su hija comenzó a realizar pruebas hasta que tomó un pedazo de masa y le dio forma de chanchito. Quería que fuera bonito y pudiera mantenerse parado.
Así nació el chanchichurro. Primero apareció la figura; después, el relleno de dulce de leche y la cobertura de chocolate. Con el paso del tiempo, la creación conquistó a tucumanos y turistas en la esquina de Congreso y Crisóstomo Álvarez.
Algunos lo fotografían antes de probarlo y otros llegan por recomendación. En un casamiento de venezolanos fue protagonista. “Son cosas que guardo en el corazón”, reconoce. Hoy Claudio tiene cinco hijos y vive con su esposa, su madre y Juan Mateo, el menor de 13 años que juega en Tucumán Central. Lo hace en la misma casa familiar donde comenzó su historia hace 53 años.
Allí conviven todas sus vidas: la del chico que soñó con el fútbol grande, la del jugador que recorrió clubes y países y la del emprendedor que transformó una necesidad familiar en una creación tucumana. La última y quizás más importante de sus gambetas. (Producción Carlos Oardi).