Un aluvión de opiniones de figuras internacionales acapararon casi por asalto la agenda pública de estos días. Sin tener señales, ni pistas previas, nos convertimos en “el país más discriminador del mundo” con un par de clics y publicaciones en Instagram. Y todo a costa de un evento deportivo al cual habíamos considerado una fiesta.
Nos tocó perder esta final del Mundial y, pese al dolor o la decepción, no hubo un clima de reclamo ni enojo ante una Selección que nos regaló un mes de festejos. Por eso, se los esperó con ganas de celebrar, de decirles gracias no solo por el fútbol, sino principalmente por demostrar que, en equipo, todo se puede. Hasta el final, incluso, cuando un rival evidentemente superior dominó el partido, se hizo todo lo posible para alcanzar la hazaña.
Pero no vivimos de hazañas, vivimos del día a día construyendo lo cotidiano. Y en ese día a día tratamos de congeniar como podemos, con nuestras diferencias y semejanzas. Lo hacemos en un país en el que, a veces, la historia es hostil con sus propios habitantes, pero en el que todavía confiamos y apostamos por mejorar. Una historia que desde afuera parece ser desconocida y por eso es más fácil publicar en redes sociales la primera impresión que aparezca en la mente de un actor o de una cantante.
Y como si las distancias y la ignorancia no fuesen suficientes, todo ocurre en las redes sociales, plataformas donde la argumentación y la contextualización suelen ser disonantes con el scroll infinito y la búsqueda de likes. Nada más propicio que la reacción emocional para los algoritmos que buscan, precisamente, la reacción de la mayor cantidad de usuarios para sus contenidos.Esta semana será la campaña “antiargentina” o lo contrario, la defensa de lo argentino ante el embate extranjero. Todo vale a la hora de distribuir contenidos que encuentren pasión, pero también odio.
Sin embargo, las redes y los acontecimientos sí tienen puntos de contacto. En España viven argentinos y en Argentina viven españoles que por estas horas pueden padecer consecuencias del caldo de cultivo que algunos sectores están propiciando sin medir responsablemente su impacto. Nada más inapropiado que ese tipo de gestos en estos tiempos y más aún entre naciones que consolidaron un puente cultural inmensurable a lo largo de su trayectoria.
Esta acusación de racismo también trajo algo inesperado y fueron las decenas de historiadores, sociólogos y antropólogos que participaron en los medios para plasmar su mirada especializada, con conocimiento y sentido crítico.
Muchos de ellos nos recordaron que somos una sociedad plural y que ese es un valor cultural indiscutible. No importa si es en la capital del país, en la Puna o en los bañados del Litoral. Nos caracteriza el encuentro y no nos imaginamos vivir sin ello. Con el vecino, con el amigo y con el desconocido. Y eso es difícil contarlo en las redes y poco sirve para responder a las críticas, y quizás por eso, todavía sigue siendo un tesoro propio.