Hay derrotas que entristecen y derrotas que ennoblecen. La de este domingo pertenece a estas últimas. La Selección Argentina cayó en el resultado, pero jamás en su dignidad. Peleó hasta el último instante con el orgullo silencioso de quienes no saben rendirse. Lo hizo con el cuerpo exhausto, con un hombre menos, con jugadores que dejaron en cada pelota el último resto de energía y de esperanza. Allí estuvo, una vez más, Lionel Messi. A sus 39 años, lejos de necesitar demostrar quién es, volvió a enseñarnos que la verdadera grandeza no consiste solamente en levantar trofeos, sino en seguir ofreciendo el alma cuando el cuerpo ya reclama descanso. Hay campeones que ganan títulos; hay otros que, además, enseñan el significado del honor. Messi pertenece a estos últimos. Y hubo otro gesto que merece ser celebrado. Mientras el marcador señalaba la derrota, el pueblo argentino respondió con aplausos, con banderas en alto y con gratitud. Porque entendió que el deporte no siempre premia al mejor, pero sí revela el carácter de quienes lo representan. Los pueblos maduros no abandonan a sus héroes cuando pierden. Los abrazan aún más fuerte. Porque comprendieron que la camiseta argentina no pesa únicamente por las estrellas bordadas sobre el pecho, sino por la historia de sacrificio, humildad y coraje que generación tras generación la sostiene. Hoy no celebramos una copa. Celebramos algo mucho más difícil de conquistar: la hidalguía de un campeón que jamás dejó de luchar y la nobleza de un pueblo que supo agradecer incluso en la derrota. Y acaso esa sea la victoria más profunda. Porque los resultados pertenecen al tiempo. Los valores pertenecen para siempre.

Jorge Bernabé Lobo Aragón  

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