Cada generación redescubre La Odisea. Y cada generación comprueba que ese viaje nunca termina. Una nueva adaptación cinematográfica vuelve a colocar a Homero en el centro de la escena, recordándonos que pocas obras han ejercido una influencia tan profunda sobre la cultura occidental como “La Ilíada” y “La Odisea”. ¿Quién fue Homero? Nunca lo sabremos con certeza. La tradición lo describe como un poeta ciego que habría vivido en el siglo VIII a. C. y que transmitía oralmente sus poemas, conservados durante generaciones antes de ser fijados por escrito. Algunos historiadores incluso dudan de que haya existido como un único individuo y creen que su nombre representa una antigua tradición de poetas. Sea cual fuere la verdad, su legado es inmortal. “La Ilíada” narra un episodio de la guerra de Troya, centrado en la ira de Aquiles durante el último año del conflicto. “La Odisea”, en cambio, relata el largo regreso de Odiseo, Ulises para los romanos, hacia Ítaca después de la caída de Troya. Durante diez años enfrenta cíclopes, sirenas, monstruos marinos, tempestades y la cólera de los dioses. Pero el verdadero viaje de Odiseo es también interior. Es la historia de un hombre que debe superar el orgullo, la desesperación y las tentaciones para recuperar aquello que realmente importa: su hogar, su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Penélope se convirtió en uno de los grandes símbolos de la literatura universal. Durante 20 años espera el regreso de su esposo mientras posterga a sus pretendientes mediante una ingeniosa estratagema: teje de día un sudario y lo desteje por las noches. Desde entonces, su nombre quedó asociado a la fidelidad, la paciencia y la esperanza. La influencia de Homero atraviesa los siglos. Dante lo ubicó entre los grandes sabios de la Antigüedad y James Joyce reinventó “La Odisea” en su célebre novela “Ulises”. En la Argentina también dejó una profunda huella. Jorge Luis Borges sintió una admiración permanente por Homero y le dedicó páginas memorables en “El hacedor” y “El inmortal”. Julio Cortázar también dialogó con el universo homérico. En su cuento “Circe” trasladó libremente el mito de la hechicera a un barrio de Buenos Aires, demostrando que los relatos clásicos podían renacer en escenarios modernos. Durante siglos muchos pensaron que Troya era apenas una ciudad legendaria. Sin embargo, en el siglo XIX el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann, convencido de que los poemas conservaban un núcleo histórico, decidió buscarla. Excavó la colina de Hisarlik, en la actual Turquía, y realizó uno de los descubrimientos arqueológicos más célebres de todos los tiempos. Lo más sorprendente fue comprobar que bajo las ruinas existían sucesivas capas de ocupación: al menos nueve ciudades construidas unas sobre otras a lo largo de más de 3.000 años. Hoy los arqueólogos consideran que una de esas capas corresponde a la ciudad que inspiró el relato homérico, aunque el poema incorpora naturalmente elementos míticos. Así, historia y leyenda terminaron encontrándose. La arqueología confirmó que Troya existió; la literatura la convirtió en inmortal. Quizá por eso la palabra “odisea” sigue tan viva en nuestro lenguaje. Ya no designa únicamente el extraordinario viaje de Odiseo de regreso a Ítaca. Hoy llamamos odisea a toda empresa larga, difícil y colmada de desafíos. También podría decirse que la selección argentina protagonizó su propia odisea en el Mundial: un recorrido de sacrificio, esfuerzo, presión, críticas y obstáculos hasta alcanzar la final. Y, como el héroe de Homero, emprende luego el regreso a su patria, al encuentro de su gente, llevando consigo el orgullo de haber representado a la Argentina, más allá de ganar o perder la final del Campeonato Mundial de Fútbol organizado por Canadá, Estados Unidos y México.

Juan L. Marcotullio                          

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