La cantimplora del arquero inglés es una tragedia horrible. En primer lugar por el mundo trunco del que procede: la botella quedó abandonada junto al campo, todavía fría, como la ruina de una civilización que había organizado hasta el último detalle de un futuro que nunca ocurrió. Produce entonces el sentimiento de esas cosas en las que se lee el borrador de lo que no fueron. Las anotaciones se convirtieron en una utopía en el sentido literal de la palabra, encima escrita en la propia tierra de Tomás Moro: tremenda ironía del pueblo más sarcástico de la tierra.

Volvamos a la condición trágica del asunto. El termo contenía cálculos acerca de los penales a los que no llegaron y esto es una enseñanza del destino y de la ilusión de querer conocerlo todo. Friedrich Nietzsche había pensado al hombre como una tensión entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Esquemáticamente, Apolo representa la forma, el impulso científico y los límites mientras Dioniso está vinculado con la música y la embriaguez de los rituales. Bajo su influjo uno deja de sentirse una unidad cerrada sino cuerpos, voces y movimientos que participan de una misma intensidad. La tragedia griega era la representación de esa tensión, que usaremos con cierta libertad para nuestra reflexión mediante una hipótesis futbolística.

Supongamos que, en algún lugar del Interior, se dispute una final entre Sportivo Apolíneo y Dionisio Fútbol Club. Los de Sportivo Apolíneo conocían sus porcentajes y los del resto, y podían discutir durante el entretiempo si una derrota parcial se debía a una causa, a un motivo o a una simple condición desfavorable. Dionisio Fútbol Club era, en cambio, un equipo jovial, inspirado y de preparación discontinua. Alguna vez había tenido dificultades para completar los once porque la noche anterior se había presentado una celebración imposible de abandonar.Los apolíneos buscaban darle forma al azar. Los dionisíacos trataban de recibirlo en buenas condiciones.

El partido final fue un espectáculo. Hubo goles preparados durante semanas y otros que nadie consiguió reconstruir después. Sportivo Apolíneo convirtió mediante una sucesión de pases tan precisa que sus suplentes comenzaron a discutir si habían presenciado una jugada o una demostración. Dionisio empató con una combinación que sus propios jugadores atribuyen, según el caso, al talento, a la suerte o a cachito y al pelao, que estaban inspirados.

El partido terminó igualado y también los penales avanzaron parejos. Era razonable que ocurriera. Los apolíneos podían estudiar las regularidades de casi cualquier rival, pero tenían dificultades ante el arquero de Dionisio, capaz de arrojarse antes, esperar hasta el final o permanecer quieto por razones que ni él mismo habría sabido explicar. En el último penal se armó el moño. Porque el arquero dionisíaco metió la mano dentro del pantalón y sacó un papelito doblado. Lo abrió despacio y recorrió su contenido con atención. Algo cambió en su cara. La vacilación desapareció de sus ojos y ocupó su lugar una seguridad serena, casi impropia de él. El pateador se desconcertó.

¿Lo había estudiado? ¿Aquel hombre imprevisible era también capaz de calcular? ¿Había aparecido finalmente el eslabón perdido entre la razón y la pasión, un arquero dionisíaco provisto de ciencia apolínea? El árbitro hizo sonar el silbato. Quiso sorprenderlo pateando sin pensar, pero ya había pensado demasiado y nunca pateó.

El arquero caminó hacia él y le mostró el papel que para su sorpresa no contenía ni un sólo número, era un dibujo donde se leía Sos el mejor papá de todo el planeta.