Los textos periodísticos o televisivos son leídos críticamente por muy pocos. Aunque haya conciencia de que los informativos a menudo desinforman o no informan debidamente, eso no implica que aquello que aseveran no sea absorbido sin examen y tomado sin más como marco real de la vida propia. Habitualmente, para el ciudadano común los sucesos que acaecen fuera de su entorno cercano no tienen importancia práctica. Los problemas políticos (quién manda y quién obedece), así como los económicos, que primero le interesan y de los que quiere estar bien informado, son los de su propia casa. Esto es acorde a que su accionar concreto se desarrolla en el marco de sus vínculos de conocimiento directo: familiares, laborales próximos y similares, que es donde encuentra sus principales satisfacciones e insatisfacciones. En consecuencia, la absorción libidinal del sujeto por la prole y sus alrededores, que le quedan siempre a la vista, hace que los problemas que efectivamente trata de resolver sean los de este ámbito, que llamamos privado.
La concentración de la libido en lo próximo y privado dista de ser exclusiva del hombre actual, se reconoce ya en el paleolítico en las hordas humanas de cazadores, recolectores y pescadores. La principal diferencia reside tal vez en que el hombre moderno se ocupa de una horda o grupo primario cuyo cuidado le hace aceptar y lidiar no con las condiciones de la naturaleza, como en aquel pasado, sino con la naturalización de las condiciones sociales impuestas por la polis, lugar de lo público.
La relación con lo público, ubicada así más allá de lo próximo, se asemeja a la que el actor de un drama de teatro en el escenario mantiene tanto con el telón de fondo como con el libreto que reproduce cuando es su turno. Al tal telón de fondo no le da más que un vistazo y el libreto le interesa menos que el papel puntual que le fue asignado: prefiere no sumar problemas a los que ya tiene.
Resumiendo: el ciudadano que a duras penas funciona en la sociedad trabajando más de lo que desea, cuando llega la hora de escuchar un informativo espera alivios y no que le den más tareas. Por eso, en el informativo televisivo o radial el sujeto quiere encontrar entretenimiento, aunque crea otra cosa. De este modo, una lectura que tenga en cuenta lo inconsciente, probablemente dejará ver lugares donde la diferencia entre programas informativos y programas de entretenimiento se desvanece. Es que frente a lo público el sujeto no renuncia al placer que le procuran la distracción, el pasatiempo y la ilusión que engaña, siempre que de este modo evite nuevas perturbaciones y angustias.
El hecho de que el informador sostenga que satisface ideales de objetividad y veracidad esconde que su hacer tiene en cuenta, aunque lo desconozca, la inclinación de los destinatarios de la información que elabora a no saber de verdad nada. La atracción que ejerce la prensa amarilla, por ejemplo, se relaciona con la habilidad de sus editores para hacer placenteras fantasías que no podrían ser aceptadas por sus lectores como propias sino a costa de descontentos con ellos mismos. Algo similar sucede, aunque no sea tan evidente, en el gusto por cualquier espectáculo que mantenga al sujeto a distancia de todo aquello que, de estar cerca, sería fuente de inquietudes y zozobras para el recreo que procura.
Como se puede advertir, tanto quien informa como quien es informado contribuye a que la información, propiamente hablando, no informe. Ambos se igualan en la debilidad mental, entendida ésta no como patología sino como la generalizada consagración del ser hablante a encerrarse en lo imaginario, que es, más o menos, sólo lo que involucra su propio cuerpo. Ello no exime un ápice de responsabilidad al informador que manipula al informado utilizando el recelo que éste tiene de su propia angustia.
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Raúl Courel – Psicoanalista tucumano, ex decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.