Contagiados por el fervor que se derramaba de las tribunas, los jugadores de la Selección rodearon a su capitán, uno de ellos lo levantó y todos entonaron: “Que de la mano de Lionel Messi todos la vuelta vamos a dar”. La escena no duró, sin embargo, ni un minuto. Inmediatamente, Messi pidió que lo bajaran, y se puso a cantar en rueda, abrazado con sus compañeros. Y no aceptó que lo subieran en andas nuevamente.
El gesto trasmite un mensaje que trasciende la humildad y que, en definitiva, explica los méritos de esta selección y la consecución de tantos logros: el éxito se funda sobre la base de un equipo, no de una persona.
Esa secuencia dice más sobre el funcionamiento de un grupo humano que muchos manuales de gestión. Y aunque el ejemplo nació en una cancha, la lógica que encierra funciona en cualquier ámbito donde un conjunto de personas deba alcanzar objetivos: una empresa, un aula, un gabinete de gobierno.
Especialistas en coaching organizacional coinciden en que el primer paso para que un grupo funcione es la comunicación. Los desacuerdos son inevitables, pero deben resolverse con respeto y con una actitud orientada a destrabar, no a acumular rencores. El liderazgo, en ese esquema, no es sinónimo de imposición: se trata de una figura cercana, capaz de escuchar propuestas y de hacer sentir a cada integrante que su aporte tiene valor. Verbigracia: tras el partido, Messi se tomó el tiempo para abrazar a cada integrante del plantel -jugadores, cuerpo técnico y colaboradores-. Cuando esa clave falta, el grupo se resiente aunque cuente con talentos individuales notables.
Los procesos de coaching aplicados a cualquier situación describen una tarea que puede pensarse en espejo con lo ocurrido en Atlanta: acompañar, y ayudar al equipo a corregir el rumbo. El coach funciona como un GPS: no maneja, pero orienta cuando el camino se desvía. Ese acompañamiento discreto -no protagónico- es, en definitiva, el que motivó a Messi a pedir que lo bajen de los hombros de sus compañeros para volver, literalmente, a ubicarse a la misma altura que el resto.
La consolidación de un equipo, se sabe, no ocurre de un día para el otro. Quienes estudian estos procesos describen etapas sucesivas: primero se definen objetivos y roles; después el grupo aprende a conocerse y a asentarse en sus funciones; más adelante llega la integración, cuando la diversidad de miradas deja de ser un obstáculo y empieza a sumar, y recién entonces se alcanza la maduración, con logros que se celebran en conjunto.
En las últimas semanas, esta selección comenzó a recorrer el camino hacia la final de mañana con aportes concretos de Messi: los dos primeros juegos se ganaron por sus goles. Luego, comenzaron a aparecer otros apellidos, tanto en la distribución del juego como en los tantos marcados.
Pero ese recorrido exige paciencia, y explica por qué los equipos que perduran -en el deporte, en una pyme o en cualquier organización- sostienen el vínculo entre sus integrantes, más allá de un resultado puntual.
La postal de Atlanta, entonces, no fue sólo un gesto simpático de un ídolo popular. Fue una síntesis de algo fundamental para el logro de cualquier objetivo: ningún éxito sostenido en el tiempo se construye en soledad. El equipo siembra y el equipo cosecha. Y así, todos pueden saborear los frutos.