El horario del desayuno ya terminó, pero nadie parece tener apuro por levantarse de la mesa. Los platos quedaron a un costado, el mate va cambiando de mano y las notebooks concentran toda la atención. En las pantallas aparece el mapa del MetLife Stadium cubierto de pequeños puntos azules: cada uno representa una entrada disponible para la final. Cada uno puede desaparecer con apenas un clic.
Las páginas se actualizan constantemente. Hace horas, la conversación giraba alrededor del cabezazo de Lautaro Martínez, de la asistencia de Lionel Messi y de una remontada que ya ocupa un lugar entre los grandes triunfos históricos de la Selección. Esa alegría sigue intacta. Se nota en las gargantas gastadas de tanto cantar, en los videos del partido que vuelven a reproducirse en los celulares y en los abrazos que todavía se repiten cada vez que alguien recuerda el 2-1. Pero alcanza con que alguien pronuncie dos palabras "Nueva York" o "entradas" para que la charla cambie de rumbo. Ahora el desafío es encontrar la manera de seguir acompañando a la Selección.
Afuera, Atlanta también parece haber bajado un cambio. En el Centennial Olympic Park ya no retumban los cantitos de la noche anterior. Los operarios desmontan parte de las estructuras del Fan Festival, los turistas vuelven a sacarse fotos frente a los anillos olímpicos y la rueda SkyView gira sobre un cielo completamente despejado. Cada tanto aparece una camiseta argentina empujando una valija rumbo al aeropuerto. Casi todas tienen el mismo destino.
Corazonada
Nicolás llegó desde Wilde solamente para ver la semifinal. El domingo pasado decidió que tenía que viajar "como sea", compró un pasaje y apareció solo en Atlanta. Dentro del estadio sufrió rodeado de ingleses que lo filmaban mientras Argentina perdía.
"Yo estaba medio lloriqueando y me filmaban. Cuando llegaron nuestros goles fue una locura", contó a LA GACETA. Hoy ya tiene el vuelo para Nueva York, pero todavía no consiguió una entrada. "La resaca mundialista es buscar vuelos, buscar entradas, hacer cuentas todo el tiempo", dijo.
Durante la mañana, las opciones más económicas rondaban los US$ 8.000, mientras que otras superaban los US$ 10.000 y los sectores preferenciales ya aparecían por encima de los US$ 13.000. Los valores no son fijos: en este Mundial, FIFA habilitó un mercado oficial de reventa y gran parte de las plataformas utiliza precios dinámicos: cuanto mayor es la demanda, más suben las entradas. La clasificación de Argentina disparó esa búsqueda.
Nicolás no cuestiona esa lógica. "La oferta y la demanda me parecen bárbaras. El mundo funciona así", explica. Lo que sí critica es que la reventa oficial haya permitido que muchos compraran entradas solamente para revenderlas después. "No sé si permitiría una reventa oficial de esta manera. Cualquiera compra sin importarle quién llegue y después se abusa con el precio", dice. Si no consigue un ticket, ya tiene decidido el plan alternativo: buscar un Fan Festival o una pantalla gigante y vivir la final rodeado de otros argentinos.
Juan, que llegó desde Junín junto a su hijo de 16 años, tampoco puede ocultar el desgaste. La voz todavía le sale rasposa. Pero su sonrisa brilla. "Ver a Messi dar lo que da y verlo llorar es único", dice. Su semblante cambia al ser consultado por los tickets. Ahí aparece la resignación. "Con las entradas hicieron un negociado terrible”, dice. Para él, los únicos que pudieron acceder a precios razonables fueron quienes habían conseguido un lugar durante las primeras etapas de venta.
Ingleses
Del otro lado del parque, Lee, Dennis y Trevor todavía mastican la eliminación de su Selección. Los tres coinciden en que el gran error fue retroceder después del 1-0 y regalarle la pelota a Messi. "Argentina era demasiado buena para darle ese espacio", dice Lee. Trevor agrega: "Lo peor que le puede pasar a Inglaterra es ponerse en ventaja. Ahí dejamos de jugar". Los tres reconocen que, una vez que Inglaterra dejó de atacar, el partido cambió por completo.
También están molestos con los costos de este Mundial. "Los precios son una vergüenza. FIFA debería sentirse avergonzada", dice Lee. Dennis recuerda que en Qatar fue a trece partidos y pagó alrededor de 100 dólares por entrada. "Ahora hablamos de miles de dólares. Es asqueroso”, comenta. Los tres cuentan que muchos amigos decidieron no viajar a Estados Unidos porque sabían que no iban a poder pagar esos valores.
Camisetas
Unos metros más allá, Gordon Mainer espera para entrar al Museo de Coca-Cola con una camiseta argentina. Al lado suyo está su hijo, vestido con la de Inglaterra. Los dos son estadounidenses, viven en Charleston y se ríen cuando alguien les pregunta por esa combinación.
El padre bromea diciendo que su hijo es "un traidor". El chico responde que normalmente también alienta por Argentina, pero que hoy usó la camiseta inglesa porque la otra estaba sucia. Dicen que viajaron para ver a Messi y que la imagen que les quedó de la semifinal fue el centro del capitán para uno de los goles argentinos.
Poco antes del mediodía, el desayunador del hotel empieza a vaciarse. Algunos salen rumbo al aeropuerto. Otros aprovechan las últimas horas para caminar por el centro de Atlanta antes de viajar hacia Nueva York. La alegría por haber eliminado a Inglaterra late en cada uno de los corazones celestes y blancos. Lo que cambió es el rival: ahora hay que encontrar la manera de seguir viajando detrás de la Selección.