El pitazo final del partido contra Inglaterra encontró a los jugadores abrazándose en el campo de juego. En las tribunas todavía se cantaba y los celulares buscaban registrar un momento que ya forma parte de la historia futbolera. Argentina acababa de eliminar a Inglaterra y estaba otra vez en la final del Mundial. Era tiempo de festejar; o, al menos, eso parecía.
Mientras caminaba por los pasillos del estadio rumbo a la zona mixta, empecé a escuchar una pregunta que se repetía una y otra vez entre los hinchas argentinos. “¿Y ahora qué hacemos con las entradas?”.
La felicidad seguía intacta, nadie la discutía. Pero, por primera vez en todo el Mundial, la euforia convivía con una preocupación. Todos los hinchas querían estar en Nueva York, pero el problema era cómo entrar al estadio.
Cuando recorría las calles rumbo al hotel, luego de haber finalizado una cobertura extenuente, me crucé con diferentes personas que tenían el mismo problema. De hecho, la mayoría ya tenía decidido el viaje. Muchos incluso habían comprado los pasajes y reservado el alojamiento, pero todavía no tenían entrada.
Y conseguirla empezaba a parecer una misión casi imposible. Mientras los festejos seguían al límite en el downtown de Atlanta, los teléfonos comenzaron a mostrar cifras difíciles de creer.
Los primeros revendedores ya ofrecían localidades para la final por valores que rondaban los U$S 15.000. Sí; ¡quince mil dólares!
La cifra iba pasando de pantalla en pantalla y de conversación en conversación, casi con la misma velocidad con la que unos minutos antes había viajado la noticia de la clasificación. Algunos se reían, incrédulos y nerviosos; otros hacían cuentas. Pero muchos, la gran mayoría, se resignaban.
Porque después de acompañar a la Selección durante semanas, de cambiar de ciudad una y otra vez, de gastar en vuelos, hoteles, alquileres y comidas, aparecía un último obstáculo. Quizás el más difícil de todos.
Llegar a Nueva York ya no alcanzaba. Había que conseguir un lugar dentro del estadio. Y esa diferencia, en cuestión de minutos, pasó a valer miles de dólares.
Mientras caminaba entre los hinchas pensaba que el Mundial también tiene estas contradicciones. Una clasificación a la final debería ser una noche de felicidad absoluta. Sin embargo, esta vez la alegría llegó acompañada de una pregunta que nadie esperaba hacerse tan rápido. ¿Cómo hago para entrar?
Supongo que esa también es una consecuencia de seguir a una selección que volvió a acostumbrarse a jugar los últimos partidos de todos los Mundiales. Cada paso que da Argentina acerca un sueño, pero también vuelve más difícil estar ahí para verlo.
Dentro de unas horas, muchos argentinos viajarán a Nueva York con o sin entrada. Algunos la conseguirán sobre la hora y otros seguirán buscando hasta el último suspiro. Pero también habrá quienes simplemente quieran estar cerca, aunque al partido tengan que verlo en un bar, en una pantalla gigante o una esquina cualquiera.
Porque, a esta altura, el viaje parece haber dejado de depender solamente de un asiento dentro del estadio. Depende de algo mucho más difícil de explicar; de esa necesidad de estar, aunque sea desde afuera.
Porque cuando la Selección juega una final del mundo, para muchos argentinos, llegar a la ciudad también es una manera de sentirse parte.