En estos días tuve la oportunidad de ver la película “Núremberg, el juicio del siglo”, dirigida por James Vanderbilt y basada en el libro “The Nazi and the Psychiatrist”, de Jack El Hai. La trama gira alrededor de la relación entre el psiquiatra militar estadounidense Douglas Kelley y Hermann Göring, uno de los principales jerarcas nazis juzgados al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Kelley intenta comprender si existe un patrón psicológico capaz de explicar cómo hombres aparentemente normales pudieron convertirse en ejecutores del mayor crimen de la historia. La película alterna el argumento con imágenes documentales auténticas de los campos de concentración liberados. Son escenas de un horror indescriptible que fueron exhibidas durante el juicio para que el mundo entero conociera las pruebas del exterminio. Ochenta años después siguen conmoviendo con la misma intensidad. Mientras veía el filme recordé a Victoria Ocampo, quien fue una de las pocas mujeres que estuvo presente en algunas de las sesiones del juicio de Núremberg. Nacida en 1890, escritora, ensayista, traductora, viajera incansable y una de las grandes promotoras de la cultura argentina, hizo de su vida un verdadero puente entre nuestro país y las principales corrientes intelectuales del mundo. Mantuvo amistad y correspondencia con figuras como Virginia Woolf, Rabindranath Tagore, Albert Camus, Graham Greene, André Malraux y José Ortega y Gasset, entre muchos otros. En 1931 fundó la revista Sur, que durante más de cuatro décadas fue la publicación literaria y cultural más influyente de América Latina. Desde sus páginas promovió a escritores argentinos y extranjeros, difundió nuevas corrientes de pensamiento y abrió sus puertas a las expresiones más destacadas del pensamiento universal. Ese prestigio intelectual hizo que el gobierno británico la invitara a presenciar algunas de las audiencias del histórico juicio, celebrado entre el 20 de noviembre de 1945 y el 1 de octubre de 1946. De esa experiencia nació el texto “Impresiones de Núremberg”, de extraordinario valor histórico y literario, donde no sólo retrató a los acusados y el clima del tribunal, sino que dejó una profunda reflexión sobre la justicia, la responsabilidad individual y la condición humana frente al horror del nazismo. Victoria Ocampo comprendió que aquel proceso no buscaba únicamente condenar a los culpables. Aspiraba, sobre todo, a dejar un mensaje para las generaciones futuras: que ningún crimen contra la humanidad pudiera ocultarse detrás de la obediencia debida o del poder de un régimen totalitario. El mundo vuelve una y otra vez a Núremberg porque allí se estableció un principio que conserva plena vigencia: ningún poder puede situarse por encima de la ley, y toda persona debe responder por sus actos. Frente a las guerras, los fanatismos y los discursos de odio que aún persisten, la memoria sigue siendo la mejor herramienta para impedir que la barbarie vuelva a repetirse. Ese fue el legado de Núremberg. Y también el que Victoria Ocampo quiso transmitirnos con la lucidez de quien fue testigo privilegiada de uno de los acontecimientos más trascendentes del siglo XX.
Juan L. Marcotullio
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