Los martes por la tarde, un tablón de madera se convierte en el centro de la Sala de Cultura, ubicada en la terminal de Tafí del Valle. A su alrededor se acomodan mujeres que llegan desde Langostura, Las Carreras, El Rodeo o El Churqui. Todas se reúnen alrededor de una misma práctica: bordar, compartir técnicas y transformar hilos y telas en piezas que después podrán vender.

Al frente del grupo está Marcela Méndez, profesora de Arte y oriunda del Valle. Hace cinco años comenzó a enseñar con una preocupación concreta: sentía que el bordado estaba desapareciendo de Tafí. Aunque los Valles suelen identificarse con la lana, los tejidos y las artesanías tradicionales, esas prácticas ya no siempre pasan de una generación a otra.

“Yo rescaté el bordado en Tafí del Valle porque se había perdido muchísimo”, explicó. Cuando empezó, algunas alumnas apenas conocían una puntada aprendida durante la escuela. Su primera intención fue capacitarlas y transmitirles la pasión que ella había construido alrededor del oficio. 

TALLER. Las mujeres se reúnen cada martes para compartir, crear nuevas piezas y convertir el bordado en una posible salida laboral. / LA GACETA, ANALIA JARAMILLO

“Al principio lo habían visto como hobby, pero después se transformó también en una salida laboral”, contó. Hoy, las integrantes produce almohadones, prendas y distintas piezas que luego se exhiben y venden en la misma sala, en ferias o por redes sociales.

Mucho más que aprender una puntada

Para Marcela, formar a una artesana no consiste solamente en enseñarle a combinar colores o repetir una técnica. En sus clases también trabajan sobre cómo lavar una pieza, presentarla, calcular su valor y explicarle al comprador qué está viendo.

“Quiero que ellas sepan lo que están bordando”, señaló. Por eso, cuando incorporan técnicas mexicanas, peruanas o japonesas, como el shibori, también conocen su origen, los materiales que requieren y el sentido de sus formas.

Una de las mayores satisfacciones de la profesora fue encontrarse con antiguas alumnas vendiendo sus propios productos en un festival de Santa María. Para ella, esa escena confirmó que el aprendizaje podía sostenerse más allá del taller.

El grupo está integrado por 30 mujeres y algunas llevan cuatro años asistiendo. Sin embargo, el espacio también recibe a personas que están de paso y quieren participar de una sola clase. 

TALLER. Las mujeres se reúnen cada martes para compartir, crear nuevas piezas y convertir el bordado en una posible salida laboral. / LA GACETA, ANALIA JARAMILLO

Cómo participar de los talleres

Las clases de bordado se realizan todos los martes desde las 14 hasta las 17 en la Sala de Cultura de Tafí del Valle. La cuota mensual es de $20.000, aunque también pueden sumarse personas que solo quieran asistir durante una jornada. 

TALLER DE BORDADO. La propuesta se realiza los martes por la tarde en la Sala de Cultura de Tafí del Valle. / CAPTURA DE PANTALLA

Para reducir los gastos, las alumnas trabajan en lo posible con hilos y materiales que ya tienen en sus casas. Marcela también compra madejas y las divide en pequeñas cantidades, para que cada una pueda acceder a más colores sin tener que pagar una pieza completa o limitarse a trabajar siempre con el mismo tono.

Una artesanía se fue perdiendo

La recuperación del bordado aparece, además, en medio de una discusión más amplia sobre la identidad artesanal del Valle. Marcela reconoce que, en algunas ferias, los productos hechos por habitantes de Tafí fueron perdiendo presencia frente a objetos comprados o producidos en serie.

En la Sala de Cultura, aclara, no trabajan con réplicas. Las piezas atraviesan procesos que pueden incluir hilar la lana, teñirla de manera natural y trabajarla durante horas. “No es cortar y pegar”, resumió.

Para la profesora, una de las razones por las que se pierden ciertos oficios es la falta de acompañamiento. Si bien utilizan un espacio municipal, asegura que muchas artesanas necesitan materiales y alguien que sostenga los procesos a largo plazo.

“Creo que falta acompañamiento al artesano”, afirmó. Su grupo llega desde distintos puntos del Valle y muchas alumnas organizan su asistencia alrededor del transporte público. A pesar de esas dificultades, continúan participando y produciendo.

Ahora trabajan en un almohadón inspirado en la Argentina. El proyecto cambia, las técnicas se renuevan y el grupo sigue creciendo. Marcela a veces se pregunta si, después de tantos años, las alumnas perderán el entusiasmo. La respuesta aparece cada martes, cuando vuelven a ocupar las mesas.

PROYECTO. Ahora el grupo trabaja en un almohadón inspirado en la Argentina. / LA GACETA, ANALIA JARAMILLO

“Siguen apasionadas con el bordado”, dijo. En Tafí del Valle, cada una de esas puntadas intenta conservar una tradición, pero también construir una oportunidad.