Puesto Nuevo es un paraje agrietado en el sentido más literal de la palabra. No tiene entrada. Tampoco hay señalizaciones ni carteles. Ni siquiera aparece en los GPS. Una grieta de tres kilómetros de largo y casi cinco metros de profundidad divide el paisaje y también la vida de las alrededor de 25 familias que todavía resisten allí. El aislamiento no empezó este año, pero las inundaciones de marzo profundizaron un abandono que lleva décadas. Muchos vecinos decidieron mudarse porque la grieta, poco a poco, se fue “comiendo” sus viviendas. En medio de ese escenario, el Mundial ofreció un respiro inesperado: durante unas semanas, los goles de la Selección tendieron puentes donde la naturaleza los había roto y Lionel Messi se convirtió en un símbolo de esperanza.
¿Por qué? La docente jubilada Norma Ledesma, de 60 años, lo define a la perfección. “Y de pronto aparece ese jugador que cambia el juego y uno piensa: ‘Nosotros tampoco tenemos que darnos por vencidos’”, dijo. Está claro: ellos sienten que el “10” también los puede inspirar.
El pequeño paraje rural de La Cocha todavía intenta recuperarse de una de las peores tormentas de su historia reciente. Las lluvias socavaron el camino vecinal y lo dejaron varios metros por debajo del nivel de las viviendas. Para entrar o salir, las familias deben atravesar campos privados y pedir autorización a sus propietarios. Muchas personas decidieron marcharse. Las que permanecen resisten entre caminos precarios, servicios deficientes y la incertidumbre de no saber cuándo llegará una solución definitiva.
Norma nunca imaginó vivir esta etapa de su vida entre la incertidumbre y el temor de perder aquello que construyó durante décadas. El temporal de marzo todavía permanece intacto en su memoria. Recuerda una mañana gris que comenzó con una lluvia aparentemente tranquila y que, en cuestión de minutos, se transformó en una desesperación difícil de explicar. “Mi hija nos llamaba y nos pedía que abandonáramos la casa. Se caía el frente de la propiedad, la columna de la luz, todo era agua. Nosotros somos personas grandes y no sabíamos hacia dónde salir. Era imposible”, recordó.
Aquella noche casi no durmió. Tampoco comió. Su hija se había quedado del otro lado del camino porque no podía regresar desde Juan Bautista Alberdi. Los teléfonos comenzaron a quedarse sin batería y el miedo terminó ocupando cada rincón de la casa. “Sentí que todo se perdía. Y cuando uno siente que pierde la casa también siente que pierde la dignidad”, dice con la voz quebrada.
Para ella, el temporal no hizo más que profundizar un proceso de desarraigo que el pueblo arrastra desde hace años. “Está quedando solamente la gente grande porque no hay un camino. Y si no hay camino, no hay caminante”, reflexionó.
Su frase resume una realidad que se repite en muchas familias del paraje. Muchos comenzaron a irse hace algunos años. Algunos buscando trabajo. Otros porque el deterioro del camino y de las condiciones de vida volvieron imposible la rutina cotidiana. Los que permanecen, en su mayoría adultos mayores, observan cómo el pueblo se vacía lentamente mientras se aferran a la esperanza de que algún día el paraje pueda resucitar. “Lo triste no es irse porque uno quiere. Lo triste es sentirse obligado a irse”, afirmó.
Cuando Argentina juega, esa tristeza encuentra una pequeña pausa. La familia se reúne frente al televisor y, por un rato, el pueblo vuelve a compartir la misma ilusión que el resto del país. Mientras ve a Argentina remontar un partido en los últimos minutos y a un equipo que pelea a capa y espada junto a su capitán, Norma encuentra un motivo para seguir creyendo. “Para mí Messi es un ejemplo a seguir. Tiene fuerza y virtudes. Cuando parece que todo está perdido, él demuestra que siempre hay que seguir luchando”, dijo. No destaca únicamente sus goles ni los títulos. Lo admira por la forma en que enfrenta las dificultades y por los valores que transmite.
Recordando el encuentro contra Egipto, confesó que muchas veces creyó que Argentina ya no tenía posibilidades. “Y de pronto aparece ese jugador que cambia el juego y uno piensa: ‘Nosotros tampoco tenemos que darnos por vencidos’. La vida es luchar, seguir adelante con la verdad, con nobleza y sin tener miedo”
Para ella esa enseñanza trasciende el fútbol. Es la misma fortaleza que intenta transmitirle a su familia y la que sostiene a los vecinos de Puesto Nuevo cada vez que vuelven a organizarse para enfrentar una nueva dificultad. “A veces con aciertos, otras con errores, pero como comunidad tratamos de tirar todos para el mismo lado. Lo importante son los valores y la solidaridad”, dijo.
La esperanza de que el Mundial 2026 visibilice un reclamo de más de 30 años
Las lluvias además de dividir físicamente en dos los caminos de Puesto Nuevo, también socavó la rutina que una vez solieron compartir sus habitantes. Durante este Mundial, los gritos de gol llegan desde distintos puntos del paraje, pero nunca se transforman en un abrazo colectivo. Se escuchan detrás de los árboles, cruzan los alambrados y se pierden entre las casas dispersas. Durante unos segundos parece que todo el pueblo celebra junto. Sin embargo, cuando la euforia termina, cada familia vuelve a quedar del otro lado del aislamiento.
Ese aislamiento también cambió una costumbre tan simple como salir a festejar un triunfo de la Selección. Puesto Nuevo tiene una plaza, pero llegar hasta ella se volvió casi imposible. El acceso está deteriorado, la iluminación es escasa y, cuando los partidos terminan de noche, salir representa un riesgo para quienes no cuentan con un vehículo.
“Si queremos festejar tenemos que irnos hasta La Cocha. Para eso hay que tener un medio de movilidad que permita trasladarnos, algo que no está en las posibilidades de todos. Además los chicos tampoco pueden festejar en la plaza de San José con sus otros vecinos, eso afecta a su sentido de pertenencia porque no se integran al pueblo”, contó Antonia Gutiérrez. El contraste con Qatar 2022 permanece fresco en la memoria de los vecinos. Aunque los problemas ya existían, la mujer recuerda que el ánimo era diferente. “Fue una emoción terrible. Había más alegría en la gente. Ahora estamos mucho más tristes”, reconoció.
A pocos metros de su casa, el camino desaparece abruptamente. En algunos sectores, el desnivel alcanza entre cuatro y cinco metros. El agua también dejó expuestas cañerías, debilitó los terrenos y aceleró un problema que, según los vecinos, lleva décadas sin resolverse.
Más que promesas, los habitantes reclaman dignidad. “Queremos vivir en condiciones decentes. Tener un camino transitable, acceso a un camino vecinal y agua como corresponde, no un caño expuesto que en cualquier momento puede romperse. Eso también es salud”, sostuvo mientras enumeraba las necesidades cotidianas con las que conviven desde hace años.
Las consecuencias del temporal agravaron un problema que, según los vecinos, comenzó mucho antes. “Es una problemática vieja. Desde 1995 que estamos pidiendo a gritos que hicieran obras y nunca fuimos escuchados. Ahora recién comenzaron algunos trabajos, pero el riesgo sigue estando”, afirmó Antonia.
El temporal cambió la esencia del pueblo. Las fincas perdieron productividad, muchas familias abandonaron sus viviendas y los jóvenes emigraron en busca de otras oportunidades. “Somos un pueblo de agricultores y ya no tenemos la vida próspera que teníamos antes. Se está perdiendo todo de a poco. Mucha gente se fue y a veces es imposible que no se cruce el miedo de que Puesto Nuevo llegue a desaparecer. En los inicios éramos 100 familias, ahora quedamos 25, con suerte”, lamentó.
Mientras el país sigue pendiente del próximo partido de la selección, en Puesto Nuevo también hubo televisores encendidos, nervios, ilusión y abrazos familiares. Pero, cuando el árbitro marcó el final, la celebración volvió a quedarse puertas adentro. “Hubiéramos querido estar de otra manera para vivir el mundial como corresponde, como argentinos que somos. No argentinos tristemente olvidados, porque nosotros todos los días recordamos como estamos”, reflexionó la mujer.
Aun así, Antonia no pierde la esperanza. Cree que un Mundial también puede servir para que alguien mire hacia Puesto Nuevo y entienda que el reclamo no es extraordinario. Que solo piden un camino para entrar y salir de sus casas, servicios básicos, la posibilidad de seguir viviendo con dignidad y orgullo en el lugar donde nacieron, y recuperar la vida comunitaria que, poco a poco, se fue apagando.