Un 20 de julio de 1989, en el Día del Amigo, fallecía Juan Carlos Altavista, el inolvidable Minguito. Tenía apenas 60 años. Con un humor sano, ingenuo y desprovisto de vulgaridad, conquistó el corazón de los argentinos y se convirtió en uno de los personajes más queridos de nuestra televisión, un verdadero amigo para todos los argentinos. Por aquellos años, yo vivía en Buenos Aires y conocía al cardiólogo que era su médico de cabecera. Fue él quien me comentó que Minguito padecía un síndrome de Wolff Parkinson White, una alteración congénita de la conducción eléctrica del corazón que favorece la aparición de taquicardias y que, en un pequeño porcentaje de los casos, puede desencadenar muerte súbita. Este síndrome fue descrito en 1930 por Louis Wolff, John Parkinson y Paul Dudley White. Se presenta aproximadamente en una de cada mil personas y su diagnóstico suele realizarse mediante un electrocardiograma. En aquella época, el tratamiento se limitaba a fármacos antiarrítmicos, como la amiodarona, eficaces en muchos casos, aunque no exentos de importantes efectos adversos con el uso prolongado. Pocos años después, el pronóstico de esta enfermedad cambió para siempre. El electrofisiólogo estadounidense Melvin Scheinman fue uno de los pioneros en el desarrollo de la ablación por radiofrecuencia, un procedimiento que pronto se extendió por todo el mundo y dio inicio a una nueva era en el tratamiento intervencionista de las arritmias, entre ellas el síndrome de Wolff Parkinson White. Hoy, mediante un catéter, es posible eliminar la vía eléctrica anómala y curar definitivamente a la inmensa mayoría de los pacientes. En casos seleccionados también puede recurrirse a la crioablación. Mientras grababa su programa de televisión, Minguito sufrió un infarto agudo de miocardio. Fue trasladado de urgencia a un hospital, pero falleció ese mismo día, un 20 de julio de 1989. Era portador de un síndrome de Wolff Parkinson White, que le provocaba episodios de taquicardia. No alcanzó a beneficiarse de estos avances. Probablemente, si hubiera vivido algunos años más, habría podido acceder a un tratamiento curativo y su historia habría sido muy diferente. Minguito no murió en su casa ni después de una larga internación. Murió haciendo su trabajo, interpretando al personaje que lo hizo inmortal para todos nosotros. La medicina avanza gracias al esfuerzo de científicos, investigadores y médicos que dedican su vida a comprender las enfermedades y a desarrollar nuevos tratamientos. Cada descubrimiento representa una oportunidad para prolongar la vida, aliviar el sufrimiento y ofrecer esperanza. La historia de Minguito nos recuerda que detrás de cada avance científico puede haber miles de vidas salvadas.

Juan L. Marcotullio                            

Marcotulliojuan@gmail.com