Por Hugo E. Grimaldi
En medio del Mundial, con la victoria contra Egipto, las lágrimas de Lionel Messi y la expectativa del cruce contra Suiza, todo lo que el argentino medio consume con cierta euforia por estos días, la política sigue activa y especialmente el presidente de la Nación quien, con un nuevo Jefe de Gabinete que no es un improvisado, ha retomado el envión que había perdido por ocuparse erróneamente de sostener durante más de 100 días un imposible, representado en la figura de Manuel Adorni.
Lo cierto es que durante los meses del bloqueo, sus consejeros más cercanos y su mala lectura de la realidad casi lo postran, pero entre las voces de adentro que se animaron a decirle que estaba “desnudo” (Patricia Bullrich y Luis Caputo, en primer lugar) y la propia evidencia, reaccionó a tiempo, se sacó de encima el lastre y con menos condicionamientos internos, empezó a resurgir en su tarea y en el reconocimiento público. Hoy, se lo nota nuevamente activo, con proyectos académicos propios, otros derivados de su función y con la mira puesta en la reelección.
El miércoles pasado por la noche, en Tucumán, Javier Milei celebró el 9 de julio como una “segunda Independencia”, la que, según su relato, emancipó a los argentinos de un Estado omnipresente gracias al ajuste y a las reformas que él impulsó desde su llegada al poder. Lo interesante del caso para analizarlo en clave política es que, a la mañana siguiente, en Buenos Aires y frente a él, el arzobispo Jorge García Cuerva eligió la parábola del Buen Samaritano para reclamar otra independencia: la de la indiferencia, la insensibilidad y la corrupción que deja a tantos al costado del camino. Dos discursos, dos proyectos y dos maneras de entender el país coincidieron en la misma fecha patria.
Como ocurre tantas veces en la Argentina, en honor a la fecha ambos hablaron de lo mismo, aunque en realidad se estuvieran refiriendo a cosas muy distintas. Mientras el Presidente reivindicó las cifras de superávit fiscal, la baja de impuestos y los acuerdos internacionales como prueba de una emancipación económica, el Arzobispo interpeló a la política desde la ética social, llamando a escuchar, a conmoverse y a organizar la compasión. El espejo que devuelve la comparación es nítido: meter un elefante en el bazar o hacer cirugía social, dos modos de encarar la urgencia que se cruzaron este 9 de julio y que reabren el debate sobre qué independencia se invoca en la Argentina de hoy.
En el fondo, las dos intervenciones ofrecieron respuestas diferentes frente a un mismo país herido: Milei se propuso arreglar desastres con un arsenal de reformas que le devuelvan “prosperidad y orden” a la Nación, mientras que García Cuerva, en cambio, reclamó que todos entren en el juego, al tiempo que recordó que sin justicia social y sin escuchar a los demás no hay proyecto duradero, puso el acento en la “ética de la compasión” para organizar la ayuda y aseveró que, sin tener cercanía con los más frágiles, no hay proyecto que pueda sostenerse en el tiempo.
En su discurso en la vigilia tucumana, Milei trató de mostrar resultados concretos de su gestión para encuadrarlos en la narrativa de la “segunda Independencia”. Así, enumeró logros económicos como haber evitado una híper, bajado la pobreza a 28%, alcanzado un superávit fiscal sostenido y reducido significativamente la deuda pública de 100% a 39% del PBI. A eso, le sumó la eliminación del cepo cambiario, la baja de impuestos en tres puntos del PBI, el regreso del crédito hipotecario y el fin de los piquetes, además de la aprobación de leyes clave. Presentó toda esta batería de medidas como aciertos, como una suerte de cruce de los Andes en materia económica, con el respaldo internacional como prueba de que la Argentina “volvió a ser respetada”.
Al mismo tiempo, planteó una agenda de reformas en curso: la modificación de la Zona Fría para focalizar subsidios, la universalización de la Inocencia Fiscal y cambios en la Carta Orgánica del Banco Central para terminar con décadas de financiamiento al poder de turno. También destacó el súper-RIGI, con su primer proyecto de inversión nuclear por 1.200 millones de dólares. Su relato sirvió para enlazar las referencias con el Pacto de Mayo firmado en el mismo lugar en 2024 que, con muy poco cumplido hasta el momento, el Presidente dijo que funciona como hoja de ruta y como garantía de que el rumbo elegido es “irreversible”.
En el día a día, Milei se encuentra condicionado y por eso habló de la Reforma Política para poner a la política “al servicio de la gente”, aunque sin referencias puntuales al mal momento que vive el Gobierno en el Congreso en materia de votos, ya que la posibilidad de avanzar se le hace cuesta arriba. Todo indica que no hay vocación de eliminar las PASO —a lo sumo suspenderlas por esta única vez— y que tampoco hay mayor entusiasmo por el sistema de colectoras que se quiere armonizar, para que los partidos que lo deseen puedan poner a Milei como cabeza de lista sin sacrificar a sus propios legisladores. En ese aspecto, los gobernadores más acuerdistas —los que estuvieron en la asunción de Diego Santilli y en Tucumán la otra noche— están firmes y al acecho a la vez.
Es que sus propias necesidades fiscales los tienen también en guardia porque saben que si la Nación suelta los fondos que les tiene pisados, habrá más chances de jugar el año que viene con mayores posibilidades. Es lo que negocian en paralelo para que no haya interferencias en sus distritos, porque temen que la profunda reforma a la Carta Orgánica del Banco Central que se viene no deje que fluyan más recursos hacia las provincias. Cómo hacer equilibrio y cómo no ponerse la soga al cuello haciendo votar en el Congreso cosas que los van a perjudicar es hoy el gran dilema que los aqueja, mientras le buscan la vuelta al asunto para no caer en una encerrona.
El Gobierno ya dio pasos firmes al respecto. El borrador final del proyecto fue elaborado por el ministro de Economía, Luis Caputo; el de Desregulación, Federico Sturzenegger y el actual titular del BCRA, Santiago Bausili. Los tres conocen de cerca el paño porque han ocupado o ocupan el sillón de número uno de la autoridad monetaria. El propósito del Gobierno es enterrar definitivamente la modificación que el kirchnerismo impuso en 2012 y plasmar un blindaje institucional de corte ortodoxo, pensado para aislar al Central de los vaivenes políticos y devolverle credibilidad como garante de la estabilidad.
En el plano formal, el proyecto que irá al Congreso apunta a un cambio de paradigma con cuatro pilares claros: fijar la estabilidad de precios como mandato único y taxativo; prohibir toda asistencia económica directa o indirecta al Tesoro; endurecer las condiciones de remoción de la cúpula directiva para blindarla de presiones coyunturales y depurar integralmente el balance del Central, eliminando utilidades ficticias y reduciendo de manera paulatina las letras intransferibles. La idea es forzar un ordenamiento monetario de largo plazo, en el que el Estado ya no pueda recurrir a la emisión como financiamiento sistemático. Y eso, las provincias lo saben, será la excusa ideal que esgrimirá la Nación para cerrarles la canilla.
Así, la tensión entre la narrativa de la “refundación libertaria”, la advertencia pastoral sobre los heridos que quedan de lado y la postura de la mayor parte de las provincias desnuda una vez más el contraste que atraviesa la Argentina de hoy, la que se balancea entre la épica del ajuste, las necesidades de los estados provinciales de un país federal y la demanda de justicia social. Todo ello, entre las promesas de grandeza y la urgencia de humanidad.