Apenas el árbitro marcó el final en Atlanta, la Plaza Independencia empezó a latir. Argentina acababa de vencer 3 a 2 a Egipto y, a las 15:15 en Tucumán, los primeros hinchas ya caminaban rumbo al centro. Tras uno de los partidos más sufridos hasta ahora en el Mundial 2026, nadie quiso esperar. El desahogo había que compartirlo en la calle.
En cuestión de minutos, la peatonal tucumana se tiñó de celeste y blanco. Llegaron familias enteras, estudiantes que salían de clases, grupos de amigos, jubilados y chicos con la camiseta de la Selección. Hasta los perros aparecieron con pañuelos y pilusos mundialistas. Algunos desembarcaron en auto haciendo sonar la bocina; otros llegaron caminando con banderas al hombro, parlantes, bombos y vuvuzelas que no dejaron de sonar durante toda la tarde.
Después de varias días de frío y lluvia, el sol de la siesta puso de su parte. Con un cielo completamente despejado y 17 grados, la tarde parecía hecha para festejar. La luz hacía brillar las camisetas, las banderas y las caras pintadas. Bastaba recorrer unos metros para encontrarse con otro abrazo, otro canto o una nueva ronda de hinchas que seguía sumándose a una fiesta que crecía minuto a minuto.
Una bandera que dio la vuelta a la plaza
Dolores Acevedo llegó a la plaza con una bandera de 10 por 5 metros apenas terminó el partido. La compró para el Mundial de Qatar 2022 y la guarda en su casa, pero la saca cada vez que juega la Selección. Es del barrio El Sifón, hincha de la barra de Atlético Tucumán, y vive a quince cuadras de la cancha del club.
"Termina el partido y digo: vamos a la Plaza y la pongamos en la calle antes de que llegue la gente”, cuenta. No pasaron ni unos segundos: la gente la levantó de los bordes y empezó a caminar alrededor de la plaza. Dieron varias vueltas completas con la bandera en alto.
La Casa Histórica estaba custodiada por policías, en preparación para los operativos del 9 de julio, y ya se armaba un escenario en las inmediaciones. Nada de eso frenó la fiesta. En un principio, llegó la DOMT (Dirección de Operaciones Motorizadas Tucumán) e intentó dispersar a la gente. No lo logró: apenas se fueron, las filas se volvieron a armar alrededor de la bandera, y hasta hubo pogo debajo de la tela.
Dolores contó que el partido le costó nervios. En un momento dejó de mirarlo y salió a rezar. "Le pedí tanto a mi Diego Maradona que bendiga a los jugadores, que les ponga la mente en la pelota", expresó. Y agregó que ella va a llevar la bandera a todos los partidos que quedan.
Cábalas que no se tocan
En la misma zona, Micaela Juárez (25), Lourdes Décima (24) y Mauro Cáceres (24) vieron el partido en un bar de la esquina, aunque entraban a trabajar a las tres de la tarde. Se quedaron en la plaza igual. "Vamos a estar un rato relajados ahora, porque estuvimos con muchísima ansiedad todo el día", contaron. La cábala manda: si perdían, volvían derecho al trabajo. "No importa, es por la Selección", agregó él. Micaela llenó un vaso con sal y agua y lo puso debajo de la mesa, rezó frente a la pantalla, con video incluido, y le mandó un mensaje a su hermana en Tierra del Fuego. "Congelá Egipto ya le decía. Hace magia", suma.
Los primos Tiziano Salazar (19) y Tomás Acosta (17) miraron el partido en Congreso y Salta. "Con un nudo en la garganta, sufrimos todo el primer tiempo, hasta que empatamos y volvió el alma al cuerpo", relataron. Cuando Argentina iba perdiendo, las ganas de seguir mirando casi se les fueron. Después llegaron los goles. La cábala del año pasado sigue firme: partidos de grupo en casa, y recién en los cruces más importantes, la calle.
Martín Ruiz, Carla Bimello y su hijo Stefano Ruiz Bimello vieron el partido en su casa, a media cuadra de la plaza. Stefano juega al fútbol en Atlético y vivió el 2 a 0 en contra con desilusión total. "Quedate tranquilo, hijo, ya lo vamos a dar vuelta", le repitió su papá. Por casualidad, cambiaron a la Televisión Pública en medio del partido y ahí llegaron los goles argentinos: desde ese momento, el canal quedó fijo por cábala. "Para el infarto, acá ya llorábamos", contaron. Carla explicó que viven cada partido con la misma intensidad que su hijo, porque conocen lo que sienten las familias de todos los jugadores. Rezan a la Virgen y a los santos en cada pelota que se acerca al arco. “A mi ya me dolía el pecho, en serio”, dice el pequeño.
Un grupo de ocho chicas de sexto año del Colegio Santa Rosa, promoción 2026 —Sofía, Sofía, Valentina, Martina, Guadalupe, Victoria, Victoria y Lucía— armó su propia cábala a distancia. Repartidas en dos o tres casas, se mantuvieron conectadas por chat: dos tenían que escribir mensajes todo el partido y otra tenía que subir una historia. Cada vez que la pelota se acercaba al arco, todas decían la misma frase, en la misma posición que habían mantenido desde el arranque. Después del primer gol en contra, hicieron una promesa: si Argentina ganaba, saldrían a correr la vuelta completa a la manzana. En cuanto terminó el partido, salieron a cumplirla.
Sofía contó que en el partido anterior se había encerrado en el baño de los nervios justo cuando llegó un gol, y que en este repitió la cábala apenas vio que el equipo no arrancaba bien. Se quedó ahí adentro hasta el final. "Todas hicimos una promesa y la cumplimos", dijo Martina.
La tarde siguió avanzando y la plaza continuó llenándose. Porque mientras Argentina sigue escribiendo su historia en el Mundial, Tucumán ya encontró su lugar para vivirla: en la calle, entre abrazos, canciones y una bandera gigante que, por un rato, sostuvo a un pueblo.
La celebración se prolongó hasta entrada la tarde. Sin embargo, cerca de las 18 el clima cambió por completo: hubo incidentes, corridas y la Policía e Infantería desalojaron la plaza, poniendo un abrupto final a los festejos.