Hay ciudades que llaman la atención antes incluso de que empiece el espectáculo que las convoca. Eso ocurrió con Kansas City durante el Mundial. Las crónicas de los enviados de LA GACETA no sólo describieron el movimiento de miles de hinchas argentinos y la expectativa por la Selección. También destacaron la limpieza de sus calles, parques y espacios públicos. Veredas impecables, pocos residuos a la vista y un orden que se mantiene incluso en jornadas de gran circulación de personas reflejan una forma de entender la convivencia que va mucho más allá de la presencia de cuadrillas de limpieza.
Ese cuidado del entorno responde a una combinación de infraestructura, servicios eficientes, controles y hábitos ciudadanos. En muchas ciudades de Estados Unidos, como también ocurre en Japón, existe una fuerte conciencia sobre el uso del espacio público. La basura se deposita donde corresponde y la limpieza deja de ser una tarea exclusiva del Estado para convertirse en una responsabilidad compartida.
Japón representa quizás el ejemplo más conocido de esa cultura. Desde hace años, sus hinchas permanecen en las tribunas una vez terminados los partidos para recoger los residuos que ellos mismos generaron. Lo hacen con naturalidad, como parte de una educación basada en el respeto por los espacios comunes.
En Kansas también se volvió viral un video de hinchas argentinos levantando basura de las tribunas mientras cantaban. El gesto fue celebrado porque mostró que esas conductas pueden replicarse más allá de las fronteras donde nacieron. Sin embargo, el verdadero desafío es sostenerlas en la vida cotidiana y no sólo durante un evento deportivo.
La reflexión inevitable apunta hacia Tucumán. El año pasado, tras multitudinarias convocatorias en el parque 9 de Julio, un amplio operativo permitió recuperar rápidamente el principal espacio verde de la provincia, que quedó “sembrado” de residuos. Aquella experiencia demostró que, cuando existe organización estatal, el impacto ambiental puede reducirse significativamente. Pero aquí falta la colaboración ciudadana.
De esto último, la realidad diaria nos brinda todo el tiempo imágenes. Las bolsas colocadas fuera de horario, la basura abandonada en esquinas o tiradas a cursos de agua, y los microbasurales, muestran que persisten conductas que conspiran contra cualquier esfuerzo oficial.
En ese contexto cobran sentido las palabras de Julieta Migliavacca, secretaria de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Capital, quien hace un tiempo admitió que uno de los mayores problemas es lograr que los vecinos saquen la basura en los horarios establecidos. La frase expone una verdad incómoda: ninguna política de limpieza será suficiente si una parte de la comunidad no acompaña.
El Estado debe garantizar un servicio eficiente, campañas de educación ambiental y controles. Pero también es evidente que una ciudad limpia no depende sólo de camiones recolectores o barrenderos. Depende de miles de decisiones individuales que se repiten todos los días.
Quizás esa sea la principal enseñanza de Kansas City. Lo que impresiona no es únicamente un estadio limpio al finalizar un partido, sino una ciudad donde el orden y el cuidado del espacio público forman parte de la vida cotidiana. Tucumán puede avanzar en esa dirección si convierte el respeto por los espacios comunes en un hábito permanente.