Faltaban cuatro horas para que Argentina se midiera ante Jordania en el AT&T Stadium de Dallas en el Mundial 2026. Sin embargo, para algunos hinchas, el partido ya empezado. Mientras miles de fanáticos avanzaban hacia los molinetes, otro encuentro jugaba en las veredas que rodean el estadio. Cada pocos metros alguien rompía el silencio con una frase pronunciada casi al oído: “Buy tickets… buy tickets”. Los vendedores recorrían las inmediaciones buscando compradores, igual que los arbolitos que ofrecen dólares en la city tucumana. La diferencia es que no se trataban de billetes estadounidenses, sino entradas para ver, probablemente por última vez en una Copa del Mundo, a Lionel Messi.
Entre ellos caminaba Mateo Abreu (18), quien llegó desde Mar del Plata y sostenía sobre su cabeza un pedazo de cartón donde escribió, con fibrón negro, “BUY 2 TICKETS” (Comrpo dos entradas). Mientras otros ofrecían, él busca. Cada tanto alguno de esos vendedores se le acercaba, le decía un precio y empezaba una negociación que duraba pocos segundos. Mateo escuchaba, intentaba regatear, hacía una cuenta rápida y movía la cabeza. No le alcanzaba: agradecía y seguía caminando alrededor del estadio. Mientras completaba otra vuelta, su papá esperaba desde un Walmart cercano, actualizando la plataforma oficial de reventa de la FIFA con la esperanza de que apareciera una oportunidad.
El mercado informal de reventa de entradas no termina en las veredas. Durante los días previos y también en las horas anteriores al partido, cientos de hinchas se organizaban en grupos de WhatsApp donde unos ofrecían entradas y otros publicaban cuánto estaban dispuestos a pagar. Los mensajes se multiplicaban a medida que se acerca el comienzo del partido. Cada pocos minutos aparecían una nueva oferta, una contraoferta o alguien que preguntaba si todavía quedaba una ubicación disponible.
Había poca sombra alrededor del estadio: la humedad volvía sofocante la espera, en una escena que se parecía a un mediodía tucumano de enero. Los hinchas buscaban refugio debajo de los pocos árboles disponibles mientras los celulares empezaban a recalentarse por la temperatura. Ni siquiera los modelos más nuevos lograban soportar demasiado tiempo bajo el sol texano. Aun así, nadie parecía dispuesto a abandonar la búsqueda.
El bolsillo de Mateo tenía un límite. “Yo tengo un precio base que son U$S800 o U$S900. Más de eso, seguro que no”, le comentaba el joven a LA GACETA. Tenía una estrategia: esperar hasta el final. Confiaba en que, cuando el reloj empezara a jugar en contra de los vendedores, alguno terminaría aceptando una oferta menor. “La gente que verdaderamente está interesada en vendérmela se acerca, me dice: ‘La vendo tanto’. Si me parece acorde, intento regatear. Si no, le digo: ‘Estamos muy lejos, muchas gracias’, y sigo caminando”, explicaba.
La paciencia también formaba parte del negocio. Algunos decían esperar hasta el inicio del partido y otros estiraban la apuesta hasta el entretiempo. Confiaban en que, si un vendedor no lograba desprenderse de la entrada, terminaría aceptando una cifra muy inferior a la que pedía unas horas antes. A esa altura, el objetivo dejaba de ser ver los 90 minutos: alcanzaba con entrar, aunque sea para presenciar un rato de un partido que muchos consideraban irrepetible.
Así, para muchos argentinos, entrar al estadio se convierte en una negociación contra el reloj, pero también contra una economía que los deja en desventaja. “En Argentina, U$S800 te compran un montón de cosas y acá es como si fuese una boludez. Son dos horas de partido, pero es un esfuerzo muy grande para la gente allá”, reflexionaba Mateo, quien prometía alentar a Argentina “sea dentro o fuera del estadio”.
Se ponía de manifiesto una desigualdad que varios hinchas mencionaban durante las tres horas de recorrida de LA GACETA. En los alrededores del estadio convivían argentinos que calculaban hasta el último dólar que podían gastar con espectadores estadounidenses, mexicanos y de otras nacionalidades que llegaron con un poder adquisitivo muy distinto. Ellos aceptaban pagar cifras que para un argentino resultaban inalcanzables: esa diferencia terminaba empujando todo el mercado hacia arriba.
El efecto Messi
La explicación se repetía en las conversaciones. Sin quererlo, el capitán del la selección argentina modifica el mercado. Su presencia multiplica la demanda y empuja los precios hacia arriba. Incluso cuando no juega desde el arranque, como en el partido contra Jordania, el efecto se siente. “Por suerte hoy Messi arranca de suplente. Imaginate que la suerte es que Messi arranca de suplente. Entonces los precios bajan porque hay mucha gente que quiere ver a Messi”, comentaba Mateo.
El escenario contrasta con los mundiales anteriores. En Rusia 2018, las entradas oficiales para la fase de grupos se ofrecían aproximadamente entre U$S110 y U$S220. En Qatar 2022, los tickets para extranjeros partían desde unos U$S69 y llegaban a U$S219. En el Mundial 2026, la FIFA también anunció valores oficiales más bajos para determinadas categorías. Sin embargo, conseguir una entrada para ver a Argentina hoy se convierte en otra historia. La enorme demanda que genera la Selección, sumada a la expectativa de presenciar el último Mundial de Messi, dispara la reventa hasta cifras de miles de dólares para un solo partido: U$S8.100 es el precio inicial de la reventa oficial de la FIFA para el partido contra Cabo Verde por los 16avos de final.
En este mercado informal conviven perfiles muy distintos. Hay personas que compran entradas de más y después intentan recuperar lo invertido. También aparecen intermediarios, allegados al mundo del fútbol y personas con acceso privilegiado a tickets que encuentran una oportunidad para obtener un rédito económico. Todos forman parte de un circuito paralelo que funciona a pocos metros de los controles oficiales y donde el precio cambia minuto a minuto.
LA GACETA se acercaba un grupo de tres hinchas vendían entradas. Llegaron al Mundial con la ilusión de entrar a todos los partidos de la Selección, pero que la realidad los obligó a improvisar.
Para el partido anterior contra Austria les ofrecieron entradas de categorías tres y cuatro entre U$S2.000 y U$S2.500. Decidieron no adquirirlas: lo vieron en un bar. Esta vez compraron dos tickets pensando que conseguir una tercera ubicación iba a ser sencillo. Después encontraron un vendedor con tres entradas juntas y ahora les sobran dos. Por eso recorrieron los alrededores del estadio para venderlas.
“No queremos generar ganancia. Queremos recuperar lo que invertimos”, explican. Pagaron U$S1.750 por cada una de esas entradas, pero cuando se confirmó que Messi iba a empezar en el banco, el mercado cambió otra vez y los compradores desaparecieron. “Nosotros ya lo habíamos comprado antes y ahora que dijo que no va a jugar o que va al banco bajaron mucho los precios. Mucha gente nos dijo que en otros mundiales pagó entre U$S1.500 y U$S2.000 por todo el Mundial. Acá una entrada para un partido de fase de grupos sale eso”, lamentaban.