Los datos para el primer trimestre difundidos por el Indec el pasado jueves continúan mostrando el diferente andar de los sectores productivos. Pero la semana pasada también expuso nuevas actitudes de los actores afectados por los cambios en marcha.
El Indec presentó la información sobre el nivel de actividad en el primer trimestre de este año, que creció 2,3 por ciento en términos reales comparado con el primer trimestre de 2025. Así también, los cuatro trimestres del año pasado fueron superiores a los mismos períodos de 2024. Además, la actual estimación del PIB fue 0,7 por ciento mayor que las cuentas del cuarto trimestre de 2025 tanto en el cálculo desestacionalizado como tendencia-ciclo. Esto quiere decir que se elimina la influencia particular de la época del año, lo estacional; y se tienen en cuenta las variaciones propias de los ciclos económicos, reflejando los movimientos de largo plazo y no lo coyuntural. Ambos tipos de estimaciones muestran números positivos trimestre a trimestre en el último año. Esto es, la economía sigue creciendo.
Por supuesto, tantas veces repetido, no es lo mismo para todos los sectores. Pero nunca lo es, y aun cuando todos pudieran crecer, porcentualmente los negocios que abren en un rubro dinámico y caen al poco tiempo son más que aquellos que perduran. La tasa de fracasos siempre es alta. De modo que no es extraño que en una etapa de transformación de la estructura económica general del país haya sectores que aparecen enteros en crisis.
Tampoco es novedad cuáles crecen y cuáles no, pero vale la pena recordarlos para así entender algunas respuestas de los involucrados. Por su influencia en la variación promedio destacan en lo positivo agricultura, ganadería, caza y silvicultura (18,01 por ciento interanual), explotación de minas y canteras (12,3) e intermediación financiera (7,5); entre los negativos, industria manufacturera (cayó 1,7 por ciento). Tal vez a estos desempeños desiguales se deba un resultado preocupante en las cuentas generales, la caída en inversión (11,5 por ciento).
Como fuere, las diferencias no son extrañas. Durante décadas el campo y la minería fueron perjudicados por motivos varios, desde ignorancia hasta ideología, y al revés para la industria. Como se eliminaron las restricciones sobre los dos primeros y se puso a competir a la segunda aparece la adecuación al potencial. Agricultura ya era un sector moderno pero minería estaba muy atrasado y gracias a buenos precios y expectativas más cambios legales puede prosperar. Industria, en cambio, fue favorecida con el discurso de ser punta del desarrollo, pero como se la privilegió quedó obsoleta comparada con el mundo. El argumento de impulsor del futuro la convirtió en lastre hacia el pasado. Y como la creación es más lenta que la destrucción, hoy se ve la crisis y no el proceso de redirección de los recursos.
Aunque está ocurriendo. De eso trata la actitud diferente mencionada. Cuando se discutía en la Cámara de Diputados de la Nación el súper RIGI, dirigentes de la UIA pidieron especificaciones sobre una cláusula que dispone que las nuevas inversiones deben gastar al menos un 20 por ciento en bienes y servicios de origen nacional. La advertencia es que con seguridad ese porcentaje quedará cubierto contratando servicios nacionales que de todas maneras se hubieran tomado por ser no transables y las manufacturas quedarán de lado. Una posibilidad es aclarar que sean bienes, no englobar como está redactado hoy. Suena interesante, pero la justificación lo es menos: que la industria nacional es más adecuada para muchas provisiones que la importada. Por ejemplo, los campamentos modulares. La producción argentina sería mejor que la china en cuanto costos de transporte, velocidad de respuesta y capacidad de adaptación. Pero si eso es cierto, ¿para qué la cobertura legal? Los industriales locales deberían poder ganar sin problemas.
Otro argumento es la novedad de las actividades alcanzadas por los Rigi, a una escala como nunca hubo en el país. Por ello debería darse un tiempo de adaptación y según avance la producción aumentar el porcentaje obligado. Pero, primero, el gradualismo usualmente frenó los cambios porque dio tiempo al lobby proteccionista para fortalecerse. Y segundo, si la producción local realmente es buena no necesita porcentaje creciente. En todo caso decreciente, para incentivar y reflejar la adaptación. Siempre los privilegios quitaron incentivos a la mejora continua.
Igual, lo rescatable es que la UIA intente subirse al tren en vez de frenarlo, aunque no lo haga de la mejor manera. Pareciera que entendió que no hay marcha atrás y pese a las quejas de apertura salvaje en realidad Argentina sigue siendo uno de los países más proteccionistas del mundo.
Al margen de las discusiones corporativas, las personas ya están cambiando el rumbo. También fueron de estos días las advertencias de un intendente en Neuquén por el flujo de migrantes que recibe su municipio. Y seguirá ocurriendo. La producción agrícola continuará sus avances pero entre minería e hidrocarburos la economía tiende a la cordillera y la Patagonia. El mapa económico, laboral y demográfico cambiará por trabajo directo en aquellos rubros más comercio, personal de salud, docentes, mecánicos, servicios en general, construcción y todo lo que sigue a las personas. Por supuesto, su consolidación requiere que las provincias reduzcan impuestos y la Nación al menos planifique y coordine obra pública.
¿Allí está el futuro de Argentina? No. La industria puede transformarse, el litoral marítimo sigue desaprovechado y la informática avanza. Justamente, el súper Rigi apunta a la industria de frontera tecnológica. Que está creciendo. Servicios basados en el conocimiento ya son el tercer complejo exportador, detrás del oleaginoso-cerealero y del petrolero-petroquímico, con más de 10.000 millones de dólares en el período marzo 2025-2026.
Así como Raúl Alfonsín habló de girar hacia el Sur, el mar y el frío pero no pudo o no supo cómo ir, por ahora la realidad gira hacia el Sur y la cordillera y se asoma al ciberespacio.