En los procesos de planificación urbanística debe tenerse en cuenta la ética del paisaje; aquel que es “invisible y latente”, según dicen los expertos. También ellos señalan que a San Miguel de Tucumán le hace falta articular el aglomerado y las áreas periféricas, con el fin de garantizar la equidad territorial. En el marco de la reforma del Código de Planeamiento Urbano (CPU), el debate de esta semana estuvo centrado en la visión geográfica de la ciudad y los aportes que, a través de exposiciones en el Concejo Deliberante, pueden ayudar a construir la Capital del futuro.
La quinta audiencia pública desarrollada en el cuerpo parlamentario contó con la participación de expositores de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Presidieron el encuentro el concejal a cargo de la comisión especial, Facundo Vargas Aignasse, y el asesor municipal Luis Lobo Chaklian.
Pérdida de valor
La doctora Jacqueline Salim Grau señaló que no debe pasarse por alto la ética del paisaje a la hora de pensar una normativa urbanística para la ciudad. Indicó que los espacios urbanos, periurbanos y rurales que hasta hace poco eran identificables, hoy advierten una pérdida del valor y de la calidad del entorno en el que viven sus habitantes, particularmente en las áreas metropolitanas.
En su argumentación, la profesional citó al geógrafo español Joan Nogué, quien en 2010 habló de que “la fuerza globalizadora influye en los parámetros en los que está pensada una ciudad, lo que tiende a borrar los rasgos de identidad del territorio”. Y es así que reiteró que, con los valores patrimoniales, ambientales, estéticos y simbólicos reducidos, el paisaje se convierte en un sitio “banal, empobrecido, desolado, carente de identidad”.
Luego Salim Grau propuso un cambio de paradigma: abandonar la “obsesión exclusiva” por lo visual. Sugirió dejar atrás los indicadores puramente estéticos y buscar indicadores fundamentados en la ética y la justicia territorial, para alcanzar la recuperación de la identidad urbana y territorial perdida.
Fragmentación
También del mismo Instituto, la doctora Sandra Mansilla habló de los desafíos del crecimiento metropolitano. Introdujo con que en el Gran San Miguel de Tucumán hay una fragmentación del territorio y diferentes lógicas de gestión; que también se percibe una desactualización catastral y una falta de regularización dominial, y que se detecta la ausencia de planes integrales, la pervivencia de modelos de gestión oligárquicos y paternalistas y una lógica de mercado que no se sustenta en actividad productiva.
También Mansilla advirtió que la construcción de la ciudad tiene un ritmo más acelerado que la población; que quienes necesitan vivienda no pueden acceder al mercado inmobiliario, y que los barrios populares terminaron instalándose sobre vías de conectividad. “El 75% de esa planificación (del CPU de 1998) es un código de edificación, en lugar de ser un código urbano”, resumió.
Por su parte, la doctora Clelia Gómez Marigliano, del departamento de Física de la Facet presentó una propuesta tecnológica destinada a transformar la gestión de la Capital. Dijo que, según mediciones propias, “nuestra población está fuertemente castigada por la radiación solar, además de un grave nivel de ruido”.
Es por eso que su principal sugerencia es instalar sistemas de distribución de nodos inteligentes que incluyan sensores para medir una gran cantidad de variables, con alertas que notifiquen niveles críticos. “Hay esquinas del microcentro que tienen niveles de ruido superiores a los 100 decibeles todos los días”, señaló.
La próxima audiencia pública para la reforma del CPU está prevista para el 6 de julio, en el Concejo Deliberante, y contará con las exposiciones del Instituto Provincial de Vivienda y Desarrollo Urbano (Ipvdu) y del Consejo Profesional de la Ingeniería de Tucumán.