La geopolítica de la modernidad, surgida a la luz de la consolidación de los Estados, se esforzó por establecer fronteras predecibles. En el mapa contemporáneo, el límite entre dos naciones no es una tierra desconocida sino una línea de demarcación entre dos certezas cartografiadas. Por eso, cruzar un control aduanero implica transitar de una soberanía a otra, de leyes establecidas a otras, pero siempre bajo el suelo firme de lo conocido y acuerdos explícitos. Sin embargo, la aceleración tecnológica está fundando una nueva categoría de la frontera, la tecnológica.
La palabra “frontera” arrastra una densa carga histórica. Derivada del latín frons (frontis), alude originariamente al frente o a la línea de batalla que enfrentaba al enemigo. En el medioevo, la frontera era un espacio de confrontación militar, el lugar donde el ejército se paraba al frente para contener una invasión. Pero a pesar del peligro, había un sujeto reconocible del otro lado, un rival, un vecino.
La tecnología de frontera tiene un significado diferente al cartográfico. Este concepto se refiere a las tecnologías más avanzadas en un momento dado, aquellas que están en el límite de lo que es técnicamente posible y que todavía están evolucionando. Son estas las tecnologías que tienen el potencial de transformar industrias, economías o la sociedad de forma significativa. En este nuevo ecosistema, encarnado por la inteligencia artificial de frontera, llegar al límite no es divisar el territorio del vecino sino, por el contrario, es pararse al borde de un acantilado donde lo que habita del otro lado es, por definición, el misterio absoluto.
El reciente bloqueo ordenado por el gobierno de los Estados Unidos, por motivos de seguridad, contra los modelos de frontera Claude Fable 5 y Mythos 5 de la empresa Anthropic no es sólo un episodio de proteccionismo comercial. Es más bien el síntoma de una crisis cultural profunda que estamos atravesando. Por primera vez , los Estados no regulan sólo lo que comprenden, sino aquello cuyo comportamiento futuro les resulta impredecible. La orden que obligó a Anthropic a un apagón de sus modelos estrella (y que duraron solo pocos días a disposición de los usuarios) expone una grieta en la gobernanza global y desata, al mismo tiempo, una disputa entre el poder del Estado y el poder de las corporaciones por decidir quién posee el derecho de explorar, y de explotar, lo desconocido.
En los denominados “modelos de frontera”, la raíz etimológica sufre una importante inversión. Lo que está al frente ya no es un sujeto, sino una arquitectura matemática de miles de millones de parámetros que construyen un modelo. Las distancias no se miden en kilómetros, sino en capacidad de cómputo y tokens. Pero existe también una diferencia dentro del propio campo tecnológico, ya que a diferencia de la ingeniería tradicional, donde cada línea de código se diseñaba para cumplir una función, los modelos de frontera desarrollan habilidades que sus propios creadores no programaron explícitamente. Sí, no saben lo que hacen.
Por eso, el apagón de Fable (fábula, traducido al español) materializa un nuevo conflicto en la historia del capitalismo: ¿quién debe regular esta frontera? o dicho en otros términos, ¿quién debe autorizar la posibilidad de abrir puertas hacia lo desconocido?
La respuesta no parece simple. Por un lado, la lógica del Estado indica que la prioridad debe ser la seguridad nacional y la soberanía. Su capacidad legal le permite controlar y regular cualquier amenaza externa o interna que pueda afectar el bienestar de los ciudadanos, aún sea si sus acciones van en contra de la innovación de las empresas que alberga en su territorio. Por otro lado, los gigantes tecnológicos son quienes tienen la capacidad económica y de conocimiento con los que están empujando las nuevas fronteras. Desde su lógica, la hiperregulación puede paralizar el progreso tecnológico y le ofrece ventajas competitivas a otros actores ajenos a la nación. Por eso, las empresas empujan el conocimiento hacia el vacío para descubrir qué hay del otro lado, mientras los gobiernos tiran del freno ante lo desconocido.
Disputa geopolítica, temor a lo desconocido o una gran movida de marketing. Ninguna de las tres posibilidades puede ser descartada para calificar al bloqueo de un modelo de IA, en la misma semana en la que Donald Trump se reunió con los principales ejecutivos de esta oleada tecnológica. Allí, el primer mandatario norteamericano bromeó y les dijo “yo soy el jefe”. Hasta ahora, la única certeza. Pero si bien hasta ahora la pulseada la ganó un Estado, qué rol tendrán los otros gobiernos, con menos poder tanto de fuego, como de cómputo.
Pero más allá de las precisiones técnicas y las disputas de poder, el dilema de la frontera exige otra reflexión. ¿Qué dice de nuestra condición cultural el hecho de estar construyendo herramientas cuyo alcance ignoramos? La modernidad, la madre del Estado y de la ciencia contemporánea, se fundó sobre la idea de que el conocimiento le permitía al humano sobrevivir, organizarse y tratar de controlar lo impredecible. Tres ejes sobre los cuales, justamente, hoy se está debatiendo en los espacios de poder. Y es que la innovación ya no pasa por encontrar nuevas herramientas, sino infraestructuras y entidades que podrían redefinir nuestra idea de “lo moderno”. En síntesis, si el Renacimiento colocó al hombre en el centro del universo, los modelos de frontera hoy plantean la posibilidad de que lo desplacen hacia la periferia, convirtiéndolo sólo en un espectador que por ahora intenta regular una entidad que él mismo construyó.