(Por Don Renegón) El Mundial es una de las gestas deportivas más bellas del planeta. Sólo el fútbol es capaz de unir a naciones durante más de un mes, pero también de dividirlas. Incomprensiblemente, todavía hay quienes siguen pensando que el deporte es una guerra. Un motivo para reflotar un patriotismo tan falso como esporádico, donde los hogares se llenan de banderas y pareciera ser obligatorio tener alguna prenda con los colores nacionales para refrendar ese amor. Lástima que será pasajero, porque durante los próximos 11 meses no sucederá lo mismo. En fin.

La FIFA debería eliminar el ritual de interpretar los himnos antes de cada encuentro. En los últimos tiempos, el aficionado desarrolló una morbosa preocupación: observar si los futbolistas conocen las estrofas, si cantan o no y si se emocionan mientras suenan las canciones patrias. Primera gran pregunta: ¿qué ser humano podría evitar que se le piante un lagrimón al estar en una formación, abrazado a un compañero, ante 60.000 espectadores y en un certamen que representa la concreción de un sueño? ¡Hasta yo lloraría como un marrano! Segundo interrogante: después de haber ganado dos Copas América y un Mundial, ¿quién cuestiona hoy a Lionel Messi por cómo cantaba el himno? Ah, nadie. Eso se llama memoria frágil.

Ahora bien, cambiemos el ángulo. No hay nada más lindo que descubrir o redescubrir los himnos de otros países. ¿Quién no se emociona al escuchar “La Marsellesa” de Francia? En definitiva, es una poesía motivadora para tomar las armas y luchar por la liberté. Muchos, por cuestiones de origen familiar, también pueden sentirse movilizados por “El canto de los italianos”. Lástima que, después de dos ausencias consecutivas en los Mundiales, casi nadie se acuerda de la azzurra.

En este certamen hubo dos situaciones que llaman particularmente la atención. Los jugadores de Marruecos, por ejemplo, se colocan de costado y se llevan las manos al corazón a la hora de interpretar el himno. Aquí aparece un detalle interesante: 19 de los 26 integrantes del plantel no nacieron en suelo marroquí. Evidentemente, sus padres les transmitieron el amor por la patria de origen o, directamente, se trata de una brillante estrategia de marketing para ganarse el corazón de los hinchas.

Los escoceses, mamita querida. Los futbolistas, en el campo de juego, y los simpatizantes, en las tribunas, se toman de los hombros para interpretar su himno. De fondo, suenan las gaitas y aparecen las clásicas polleras y boinas escocesas. ¡Maravilloso! ¿A quién no le dan ganas de transformarse, aunque sea por unos segundos, en William Wallace, el héroe de “Corazón valiente”? Mientras tanto, en casa, madre y bendiciones observan en silencio con una mirada que se traduce en una sola pregunta: ¿qué le pasa a este hombre?

Fiebre vikinga

En los mundiales suelen nacer rituales. En México 1986 se impuso la ola, una costumbre que fue desapareciendo porque unos aburridos expertos sostenían que distraía a los futbolistas y generaba problemas de seguridad. Pero en este Mundial surgió la “onda vikinga”.

Las autoridades del estado de Nuevo León realizaron una publicidad porque Suecia decidió instalar allí su búnker. Básicamente muestra una invasión de salvajes que termina en una inesperada confraternización. (https://www.instagram.com/reels/DZDjXNWPQn5/).

Los noruegos también contagiaron con esta fiebre. Vestidos con cascos y cuernos, popularizaron la ya bautizada “remada vikinga” (https://www.instagram.com/reels/DZym82BM2yC/). Todos los hinchas, guiados por un líder, acompañados por el sonido de un tambor y un misterioso “ju” -vaya uno a saber cómo se escribe o qué significa- simulan estar remando una nave de guerra. Si sabremos los argentinos lo que significa remar en tiempos de crisis.

También fue noticia el momento en que un brujo ghanés realizaba un ritual durante el partido entre Ghana y Panamá. Minutos después, los africanos convertían el gol del triunfo. Creer o reventar. Por las dudas, las malas lenguas aseguran que Bruno Farano y Matías Auad, los enviados especiales de LA GACETA, están inmersos en la difícil misión de localizar al hechicero para que los ayude a elegir un cartón ganador de Tuki.

Bailes y algo más

No hay mayor expresión de alegría que el baile. En este certamen, especialmente los seleccionados africanos fueron noticia por sus coreografías. Los jugadores de Sudáfrica lo hicieron para rendir culto a sus antepasados y a su cultura, aunque la alegría les duró poco. Los de Senegal sorprendieron a propios y extraños con el Jama, un ritual que combina música, aplausos y baile (https://www.instagram.com/reels/DZkeQ7dAiqS/). Lo practican antes de los entrenamientos y de los partidos. Si es por cábala, quizás deberían ir abandonándolo porque en el debut perdieron 3 a 1 contra Francia.

Danzinha. Así se llama la costumbre de los futbolistas brasileños de celebrar sus goles bailando. La práctica divide opiniones. El técnico italiano Carlo Ancelotti ya aclaró que no impedirá esos festejos, siempre y cuando se realicen con respeto. Los críticos sostienen que todavía no hay motivos para semejante despliegue porque el torneo recién comienza. Además, recuerdan lo sucedido en Rusia 2018 y Qatar 2022, cuando Brasil también parecía imparable y terminó regresando antes de tiempo. Contra Haití tiraron unos pasos. Veremos si mantienen el entusiasmo en los próximos encuentros porque, hasta aquí, mostraron bastante menos de lo que prometían. Hasta la próxima renegada.