El tranvía de Kansas City es gratis. Va y viene de norte a sur, cruza el centro, pasa por restaurantes, oficinas, edificios antiguos y modernos. Es limpio, silencioso y puntual. La mayoría de los pasajeros viaja mirando el teléfono, con auriculares o simplemente mirando el paisaje. Nadie habla demasiado. Nadie parece tener apuro. Y uno, que viene de la Argentina, todavía sigue mirando todo con curiosidad.

Durante la mañana tampoco parecía haber nada extraordinario. Subí, me senté y puse la mochila sobre mis piernas. El viaje no tenía nada sorprendente. Hasta que en una de las paradas se abrió la puerta y apareció un hombre con una tobillera electrónica. De esas que uno vio 1.000 veces en películas o series. Subió y se sentó enfrente mío; con auriculares y moviendo su cuerpo (supongo) al compás de la música. Lo más llamativo fue que nadie se sorprendió. Nadie giró la cabeza, ni hizo un comentario. Era simplemente otro pasajero más.

Yo, en cambio, tardé apenas unos segundos en comenzar a imaginar historias. Que si estaría en libertad condicional, que si sería un error, que si acaso la llevaba por alguna razón médica. Nunca lo sabremos; tampoco hacía falta. El hombre siguió viaje y se bajó unas estaciones más adelante como cualquier otro pasajero.

Y ahí entendí que los viajes siempre terminan regalando historias donde menos uno las espera.

Porque uno vino hasta Kansas City para cubrir un Mundial, para seguir a la Selección, para contar entrenamientos, conferencias y partidos. Pero entre una práctica y otra aparecen estas pequeñas escenas que terminan diciendo mucho más sobre un lugar que cualquier guía turística.

Kansas City parece una ciudad acostumbrada a vivir sin estridencias. Hasta las historias más llamativas transcurren con una naturalidad sorprendente. Nadie hace un escándalo por nada; todo sigue su curso.

Por eso quizás aquel hombre de la tobillera electrónica pasó inadvertido para todos. Menos mí, un periodista que todavía se sorprende con esas pequeñas cosas y que, en medio de un Mundial, descubre que a veces las mejores anécdotas están en un simple viaje en tranvía. Porque las historias, esas que uno termina recordando años después, suelen aparecer cuando se abren unas puertas automáticas y sube un pasajero cualquiera. O no tan cualquiera.