Al finalizar el siglo XIX, y luego de dos años de residir en Roma, Lola Mora tenía su estudio en la calle Lungo Tevere Prati, número 16, cuentan Carlos Páez de la Torre (h) y Celia Terán en su biografía sobre la escultora tucumana. Un periodista romano decía que “parece el estudio de un viejo escultor; allí se encuentran estatuas, caballos y guerreros de barro de proporciones colosales; aquí y allá, bocetos de monumentos y de fuentes que la eximia artista esboza por encargos recibidos de su país”. En el sexto piso de ese edificio angosto (foto de 1995, tomada de la biografía) instaló su taller. Luego ocuparía otro más sofisticado, dicen los biógrafos. A partir de 1899 intensificó su vida social, comenzó a vender obras y se volvió muy popular. La mencionaban los cronistas y la agasajaban desde Roma hasta Sicilia. Según contaría en 1904 su primer maestro, Santiago Falcucci, Lola tenía entrada “en aristocráticos salones y relaciones principescas; alcanzando la suerte de llegar hasta la presencia del rey y la reina, que le apretaron la mano”. Falcucci también recordó: “Cuando en una excursión de arte visitó Palermo, el Círculo Artístico le hizo una recepción regia. Y en el baile que se dio en su honor, entró ella apoyada en el brazo del príncipe de Trabia; el camino que debía recorrer para llegar al gran salón estaba sembrado de camelias y gardenias”.
A comienzos del siglo ella hizo construir una casa taller en un palacete llamado villino, en la esquina de Via Dogali y Via Sicilia. Estaba en una zona aristocrática; ocupaba un cuarto de manzana y estaba rodeada de jardines (cuenta Páez de la Torre en “La casa de Lola Mora en Roma”, 23/09/07). Tenía una torre cilíndrica, balcones ornamentados, interior con pisos de mármol, ricos cielorrasos, vitrales y maderas trabajadas. Había un salón adecuado para recibir visitas y allí llegó la reina Margarita a conocerla, cuando estaba acompañada por el presidente Julio A. Roca y sus hijas.
Recuerdos fotográficos: “De chico pensaba que Lola era un personaje sólo de mi casa”En 1914, al resolver Lola Mora su definitivo regreso a la Argentina, vendió el villino, que después pertenecería a la célebre cantante de ópera Lina Cavalieri.