Tan extraordinario es Lionel Messi que sus hazañas gastaron las palabras. Entonces, ponerle adjetivos comunes, chiquitos y sobreactuados constituye una falta de respeto. Es así, Messi agotó el idioma, hasta eso consiguió, pero nunca agotará el fútbol. Y algo más, no menos poderoso: jamás nos vaciará de emociones.
Hablemos entonces de nosotros, del privilegio de ser sus contemporáneos. La historia nos regaló la condición de testigos, pero nos puso una condición: prohibido no disfrutarlo. Porque alguien se ocupará de dilucidar cómo al borde los 39 años Messi hace lo que hace. Pero lo seguro es que nosotros lo vimos, nadie nos lo relató. No hay trucos de por medio.
Nuestra obligación, ya ancianos de la tribu, será reunir a los chicos alrededor de la fogata y reiterarles la leyenda. Les hablaremos de un tipo mágico que nos petrificó la sonrisa. De un prodigioso artista que destiló felicidad y belleza por partes iguales. Recordaremos noches como esta. Nos creerán porque los archivos nos avalan, pero sobre todo por el brillo que contagiaremos con la mirada. Emergerá allí el Messi milagrero.
El Mundial recién empieza, la suerte de la Selección se jugará mucho más adelante. ¿Para qué anticiparse? ¿Con qué objeto? Si hemos visto a Messi meter tres goles y salir fresquito, ovacionado, como el pibe enamorado de la pelota que será para siempre. Lo contaremos en el futuro y con lujo de detalles. Sin adjetivos; no son necesarios.