En las afueras del Origin Hotel de Kansas City hay vallas, banderas y cortes de calle. Entre las patentes de medio mundo que rodean el búnker donde se hospeda el plantel de Lionel Scaloni hay pocas argentinas. Una de ellas es la de una Renault Kangoo blanca. A orillas del río Missouri, en la zona de Riverfront, la camioneta lleva una bandera celeste y blanca atada al techo y una leyenda que se puede leer a una cuadra de distancia: "Termeños al Mundial".
Adentro y alrededor de ese vehículo viven desde hace un mes y diez días Eugenia Ricci y Gastón Jaimerena. Son dos vecinos de Termas de Río Hondo que el 2 de mayo iniciaron un viaje convencidos de que el camino más largo es el más lindo. Llegaron justo a tiempo: este martes, a unos kilómetros de allí, en el Kansas City Stadium, la Selección hace su debut mundialista ante Argelia.
"Es la única patente argentina", le dice Eugenia a LA GACETA, con una mezcla de orgullo y de asombro, mientras la pareja se acerca a alentar al equipo a las puertas del hotel, como si todavía no terminara de creer que llegaron. "Llegar a Kansas y ver que somos la única patente argentina, que solo los argentinos tenemos esta pasión, es muy lindo”, completa, sin soltar la bandera.
Lo que dejaron
Ella tiene locales de telefonía celular; él es yesero: hace techos de yeso en la obra. Comerciantes los dos, santiagueños los dos, hace siete años que están juntos. No son millonarios, y se encargan de aclararlo porque para ellos es parte del mensaje que irradia su aventura. "No hace falta ser millonario para viajar. Cualquier persona lo puede hacer”, asegura Gastón. La prueba que ofrecen es que durante los 45 días de travesía siguieron trabajando: "Gracias a Dios tenemos gente que nos apoya, y manejamos todo online", cuenta ella.
Gastón se acuerda con exactitud la fecha exacta en la que tomó la decisión de viajar. "En el momento que me dieron la visa dije: 'Ya está, voy en auto'. Se me ocurrió a mí porque me gusta viajar, me gusta andar en vehículo. Tuve un sueño, en realidad un sueño de salir de mi casa en mi vehículo y llegar a Nueva York y ver un mundial."
No fue la primera gira que encararon. El año pasado dieron toda la vuelta a Europa en una moto, una BMW 1300: Madrid, España, Francia, un MotoGP y una carrera de Fórmula 1 en Mónaco, Inglaterra, Bélgica, Berlín, Praga, Suiza, Italia y Roma. "Somos viajeros, aventureros", resumen, casi a dúo. Pero cruzar América por tierra era otra cosa.
El camino
Salieron de Termas el 2 de mayo y empezaron a sumar fronteras. La Quiaca primero, y de ahí Bolivia, donde el altiplano les hizo sentir el frío que probablemente nunca hayan experimentado en su tierra natal. "Estábamos a 4.000 metros -cuenta Gastón-. Dormíamos y se hacía un cascote de hielo entre la cobija y la chapa de la Kangoo. Son cosas que pasás en el viaje." En La Paz se subieron al teleférico que cuelga sobre los cerros de ladrillo; en el salar pasaron una noche entera bajo un cielo tan cargado de estrellas que la camioneta parecía flotar.
Después vino Perú y la postal que se imaginaron mil veces antes de tenerla frente a sus ojos: Machu Picchu, las terrazas verdes cayendo hacia el abismo, Gastón con la camiseta de la Selección y el gorro celeste y blanco, Eugenia sonriendo a la cámara. Más al norte, en Ecuador, se pararon sobre la línea amarilla de la Mitad del Mundo. Y en cada paso, un cartel nuevo: "Bienvenidos a la República de Colombia", "Viva México".
Fueron doce países, doce fronteras. "Pero son solo papeles, nada más. La gente, eh… todo es lo mismo”, aclara Gastón. Lo que cambia, y lo que los enamora, es lo otro: "La gente, la comida, la cultura, la tradición, el cambio de moneda. Es muy lindo, hay que hacerlo”, insiste.
México les jugó un mal trago: "la comida es muy picante y no estamos acostumbrados; apenas cruzamos a Texas buscamos un McDonald 's", se ríe Eugenia. Y la entrada a Estados Unidos les hizo vivir el momento más tenso. "Me había comprado una bolsa de hoja de coca en Bolivia. Nos tuvieron una hora. Era un riesgo, podíamos habernos quedado en México”, recuerda Gastón. Eugenia completa la anécdota con una sonrisa: "Los policías se reían porque él saludaba a la cámara como que estaba en América TV." Hubo tensión, después risa, un par de "Messi, Messi", y al final los dejaron pasar.
La casa rodante
La Kangoo es chica, pero adentro parecen tener todo lo necesario: cama, un colchón "súper cómodo", ducha portátil, inodoro portátil, aire acondicionado, una pava eléctrica. Y, como buenos argentinos, lo esencial: "Somos muy materos. Él se levanta con el mate y se duerme con el mate, y yo voy ahí cebando”, dice Eugenia. Por las dudas, también cargaron un bombo y una guitarra.
Manejaron los dos. No es un dato más: acá parece residir la condición fundamental para poder hacer este viaje. "Para llegar a Kansas nos confundimos con las millas y los kilómetros -cuenta Eugenia-, y como nos apuraba el tiempo, hice yo de día y él de noche. Es una fiera”. La dinámica funciona más o menos así: cuando él propone una locura, ella ya está del otro lado agarrando la mochila. "Yo le digo 'vamos, tirémonos del puente', y antes de que le diga ya se tiró ella", se ríe Gastón. La respuesta de Eugenia puede llegar a desarmar a cualquier persona que haya sentido amor: "Con él me siento protegida”.
Pero esta no es una historia de película. "Hemos tenido etapas de crecimiento lindas y otras feas, por ejemplo cuando algún negocio no anda bien", admite él. No se fundieron, dice ella, "porque somos firmes, y desde que estamos juntos avanzamos. Por el compañerismo". Detrás del volante y de las fronteras hay, según Eugenia, una sola explicación: "Mucho amor, mucho compañerismo, mucha paciencia. Somos una pareja muy consolidada, y desde el día cero siempre fuimos compañeros. Ese es el secreto: amor y compañerismo."
Hay, además, una red de contención familiar que contribuye a sostener la aventura desde Termas. Eugenia tiene dos hijos, de 12 y 13 años. "Mi mamá me apoya en esto, se mudó a mi casa, así mis chicos no pierden su hábitat”, destaca. Parece ser que soñar de a dos también es saber a quién dejar cuidando lo que uno ama.
El consejo
A esta altura del camino, los dos tienen claro qué decirle a quienes los paran en la ruta para contarles que ellos también soñaron alguna vez con hacer algo parecido. "Mucha gente nos dice '¿por qué no se toman un vuelo?' -dice Eugenia-. Y la verdad es que recorrer en un vehículo, conociendo pueblos, historias es lo que no tiene precio."
Gastón cierra con una orden cariñosa: "Que pongan fecha. Porque si no ponen fecha, nunca lo van a hacer. No 'mañana, pasado, el mes que viene'. No: el 20 de julio salgo y chau." Y remata: "Que no haiga 'después lo hago'. Que lo hagan."
Eugenia se despide con la calma de quien ya está del otro lado del puente: "Que nunca es tarde. Que aprovechen. Si vos decís 'después lo hago', no. Lo tenés que hacer."
Atrás de la camioneta, la frase está manchada con polvo y tierra por el camino, pero sigue ahí, intacta después de doce fronteras: “Si lo puedes soñar, lo puedes lograr”. Eugenia y Gastón ya la cumplieron. Ahora solo les queda alentar a la Selección.