Son las 10 de la mañana en Kansas City y el movimiento frente al hotel Origin todavía es escaso.

Algunos periodistas matan el tiempo mirando sus teléfonos. El personal de seguridad conversa junto a las vallas y el sol empieza a calentar una mañana que había comenzado pasada por agua en Riverfront, el barrio que la selección argentina eligió como refugio durante su estadía en la ciudad.

Todo parece quieto. Hasta que una figura aparece a lo lejos. Camina despacio por la calle que bordea el río Missouri. Lleva una sonrisa serena y un cartel negro con letras blancas que se distingue desde varios metros.

A medida que se acerca, las palabras empiezan a leerse con claridad. "Messi, último deseo: una foto. Tengo 90 años".

Entonces ocurre algo curioso. Los periodistas que llevaban horas esperando alguna novedad de la Selección dejan de mirar hacia el hotel y giran la cabeza hacia ese hombre; porque a veces las mejores historias no salen de una conferencia de prensa, ni de un entrenamiento, ni de una declaración. A veces aparecen caminando por una vereda.

Se llama Osmar Videla, tiene 90 años y llegó hasta Kansas City con una ilusión tan sencilla como inmensa: conseguir una foto con Lionel Messi.

A su lado está Jorge, su hijo. Lo acompaña con una mezcla de orgullo y ternura difícil de disimular. Mientras las cámaras empiezan a rodearlo, Osmar sostiene el cartel con naturalidad; como si no entendiera demasiado por qué tanta gente quiere hablar con él.

“Vengo de Wisconsin. Estuve viendo los amistosos de la Selección y ahora estoy acá. Sólo quiero una foto con Messi”, repite.

La frase es simple, pero tiene el peso de una vida entera. Porque Osmar no es un turista cualquiera. Nació en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, vivió buena parte de su vida en Misiones y lleva nueve décadas acumulando recuerdos.

Entre ellos, uno ocupa un lugar especial. “Este no es mi primer Mundial. En el '78 estuve en la cancha”, dice y los los ojos se le iluminan apenas menciona aquella tarde como si el tiempo retrocediera de golpe y como si todavía pudiera escuchar el grito de los goles. “Me acuerdo de Kempes, de sus goles y me acuerdo del título Mundial. Fue hermoso”, agrega.

La memoria funciona de maneras extrañas. A veces olvida nombres o detalles recientes pero conserva intactas las emociones importantes. Quizás por eso Osmar habla de aquel Mundial con la misma claridad con la que habla de este.

Pasaron casi cincuenta años y también pasaron generaciones de futbolistas. Pasaron Maradona y Mess y también pasaron alegrías y frustraciones.

Sin embargo, él sigue persiguiendo la misma emoción; la de ver a la Selección y la de sentirse parte de una historia que acompaña desde hace décadas.

Mientras responde preguntas, Jorge lo observa. Hay algo más profundo detrás de este viaje y algo que va mucho más allá del fútbol. “Siempre estuvo la idea de traerlo a este Mundial”, cuenta y la voz se quiebra apenas. “Él vive en Misiones, en un pueblito que está a 100 kilómetros de las Cataratas. Lo traje porque quiero aprovecharlo antes de que se me vaya”, lanza.

La frase cae con la fuerza de esas verdades que nadie quiere escuchar pero que todos entienden.

Por un instante desaparecen Messi, el Mundial y la Selección. Quedan solamente un padre y un hijo. Uno que ya cumplió 90 años y otro que intenta atesorar cada momento compartido.

Hace 25 años que Jorge vive en Estados Unidos. Trabaja en un circo, recorre  ciudades de todo el país, y también México y Canadá.

Esa justamente es la vida nómade que heredó de su padre. “Venimos de una familia circense y vivimos viajando”, cuenta Jorge mientras Osmar sonríe cuando lo escucha. Porque hablar del circo es hablar de su vida.

“Con mi edad uno piensa que ya está realizado. Pero ser artista de circo es hermoso; viajás mucho, conocés muchos lugares…”, explica con la tranquilidad de quien ya no necesita demostrar nada y con la sabiduría de quien entiende que la felicidad suele esconderse en cosas pequeñas.

Un viaje, una función, un reencuentro o una foto. Quizás una foto. “Ojalá pueda cumplir el sueño de sacarse una foto con Messi”, remata Jorge. “Siempre habla de eso y sería hermoso que lo consiga”.

La escena tiene algo profundamente argentino porque en el fondo Messi es apenas una excusa. Lo verdaderamente importante es el sueño; la posibilidad de seguir soñando incluso cuando el calendario marca 90 años y la capacidad de emocionarse, de esperar y de ilusionarse como un chico.