Un adolescente termina el secundario con buenas notas. Sabe resolver ejercicios, repetir conceptos y aprueba los exámenes que rinde. No obstante, cuando llega a la universidad o a su primer trabajo, descubre que le piden algo distinto: resolver problemas, trabajar en equipo, adaptarse a cambios constantes y tomar decisiones por cuenta propia.
La escena fue uno de los puntos de partida del primer panel de “Encuentros LA GACETA: Educación 2026”, en el que especialistas, educadores y referentes de organizaciones vinculadas con la enseñanza debatieron una pregunta que atraviesa a familias, docentes y estudiantes: ¿qué aprendizajes son realmente importantes para el futuro?
Aunque las respuestas fueron diversas, hubo un punto de coincidencia: el desafío ya no pasa únicamente por transmitir contenidos. El gran reto es formar jóvenes capaces de pensar críticamente, proyectar su vida y desenvolverse en un mundo que cambia más rápido que la escuela.
Una alarma encendida
“Tenemos edificios del siglo XIX, docentes del XX y alumnos del siglo XXI”, dijo Federico Díaz Marino. La frase flotó en el aire unos segundos antes de convertirse en síntesis de una inquietud más profunda, y es que antes de hablar del futuro, el director ejecutivo de Fundación León propuso detenerse en el presente.
El psicólogo recordó que actualmente más de cuatro millones de jóvenes cursan la escuela secundaria en Argentina y que serán ellos quienes, dentro de una década, ocuparán espacios de liderazgo en la sociedad, las empresas y el Estado.
En ese contexto mencionó un informe reciente de la Universidad Católica Argentina (UCA) que indagó por primera vez qué opinan los padres sobre la escuela secundaria. El dato sorprendió incluso a los especialistas: apareció una fuerte sensación de desmotivación que atraviesa a estudiantes, docentes y familias. "Nos sorprendió a todos", reconoció.
Jóvenes en el camino
Si Fundación León puso el foco en la motivación, desde Elevate Tucumán señalaron otra dificultad cada vez más visible: la distancia entre lo que ocurre dentro de la escuela y lo que les espera a los jóvenes cuando egresan.
"El paso del secundario a la vida universitaria o laboral presenta un desfasaje enorme", afirmó María José Iparraguirre, coordinadora de la organización.
La docente explicó que gran parte de los sistemas de evaluación continúan apoyándose en la memorización y en la calificación numérica. Sin embargo, fuera de la escuela las exigencias son otras. "La vida cotidiana te enfrenta a desafíos constantes. Ya no se trata de repetir información, sino de encontrar soluciones", señaló.
Con esa preocupación nació Elevate, una iniciativa impulsada por empresarios tucumanos que observaron las dificultades de muchos jóvenes para insertarse en estudios superiores o en el mercado laboral.
La organización trabaja mediante un sistema de mentorías. Empresarios y emprendedores visitan periódicamente las escuelas y acompañan a los estudiantes en proyectos de microemprendimientos.
"El mentor funciona como un espejo", explicó Iparraguirre. "Cuenta su historia de vida, sus errores y aprendizajes, y ayuda a que los chicos se hagan preguntas".
Enseñar a pensar
La tercera mirada llegó desde el Colegio de Educación del Talento. Adela Tineo sostuvo que el desarrollo del pensamiento crítico y de las llamadas habilidades blandas debería ocupar un lugar central en cualquier propuesta educativa que pretenda preparar a los estudiantes para el futuro.
"Potenciamos el pensamiento crítico y las habilidades blandas porque creemos que son las que van a cambiar la realidad de los chicos", afirmó.
La meta, explicó, no es solamente que los estudiantes accedan a una carrera o consigan empleo, sino que logren construir un proyecto de vida satisfactorio. Pero eso implica aprender a analizar situaciones, resolver conflictos, adaptarse a contextos cambiantes y proyectar objetivos propios.
"Todas esas condiciones no se desarrollan únicamente a través de los contenidos", señaló.
En esa construcción también influyen otros factores menos visibles. Uno de ellos es el tamaño de las aulas. Por decisión institucional, el colegio trabaja con un máximo de 25 estudiantes por curso. La medida, explicó Tineo, está respaldada por evidencia pedagógica que muestra mejores resultados en los procesos de enseñanza y aprendizaje.
Con grupos más reducidos, el docente puede conocer mejor a cada alumno, comprender sus necesidades, adaptar contenidos y acompañar los tiempos individuales."El docente es el factor clave para que los objetivos educativos se concreten", remarcó.
Si algo dejó en claro este panel de Encuentros LA GACETA es que la discusión educativa ya no gira exclusivamente alrededor de qué materias enseñar. La pregunta parece ser cómo formar jóvenes capaces de desenvolverse en un escenario incierto, atravesado por cambios tecnológicos, nuevas demandas laborales y desafíos sociales cada vez más complejos. Y en ese contexto, el pensamiento crítico aparece como una herramienta transversal.