Durante meses imaginé cómo sería mi llegada a Estados Unidos para cubrir el Mundial. Pensé en estadios gigantes, en autopistas interminables, en las primeras referencias al torneo y en las banderas que comenzarían a aparecer por todos lados a medida que se acercara el debut de la selección argentina. Sin embargo, nunca imaginé que la bienvenida incluiría una alerta de tornado.
Después de una travesía mucho más extensa de lo previsto, finalmente llegué a Kansas City. El cansancio ya empezaba a pasar factura. Habían sido muchas horas de viaje, escalas, esperas y poco descanso. Pero apenas el avión comenzó a descender entendí que el recibimiento sería distinto al que había imaginado.
Por la ventanilla aparecieron las primeras lágrimas de lluvia. Al principio parecían inofensivas, un simple chaparrón, nada demasiado llamativo. Sin embargo, cuando salí del aeropuerto y mientras esperaba la llegada del auto que debía llevarme al hotel, la lluvia se volvió cada vez más intensa.
El viento empezó a sacudir árboles y carteles, y el cielo adquirió ese color gris oscuro que suele anticipar problemas.
Ni bien nos adentramos en la autopista que lleva al centro de la ciudad, la escena pareció sacada de una película de Hollywood. Sirenas sonando fuerte, personas corriendo, autos acelerando como si intentaran ganarle al tiempo y ráfagas cada vez más fuertes. Una sensación creciente de que algo importante estaba ocurriendo. Hasta que sucedió.
Mi teléfono vibró y sonó con fuerzas. Miré la pantalla y… "Aviso de tornado. Busque refugio urgente", decía el mensaje. Por un instante pensé que era una broma, pero bastó observar lo que ocurría alrededor para entender que la situación era real.
Mientras intentaba procesar la alerta, miré al conductor que nos llevaba hacia el hotel. Esperaba encontrar preocupación o quizás algún cambio de recorrido; tal vez un comentario alarmante. “¿Alerta de tornado?”, le pregunté. “Todo ok; llegaremos bien”, me dijo sonriendo, con una tranquilidad admirable.
Mientras yo observaba el cielo con bastante más atención de la que suelo dedicarle en Tucumán, él manejaba como si fuera una tarde cualquiera.
Al llegar al hotel descubrí que no era el único pendiente de la tormenta. Encendí la televisión y entendí la magnitud de lo que estaba pasando. Todos los canales hablaban del clima; todos.
Las alertas ocupaban la pantalla, los móviles seguían la evolución de las tormentas y los meteorólogos analizaban mapas y trayectorias. Por unas horas, incluso la final de la NBA, que durante los últimos días había monopolizado gran parte de la atención deportiva en Estados Unidos, había pasado a un segundo plano.
Por suerte, todo quedó en un susto. La tormenta perdió intensidad, el tornado nunca llegó a convertirse en una amenaza directa y la ciudad recuperó lentamente la normalidad.
Este domingo amaneció con sol, las calles volvieron a llenarse de movimiento, los pronósticos dejaron de ser la noticia principal y, ahora sí, comienza la cobertura del Mundial a pleno.
A veces los viajes tienen formas extrañas de darte una bienvenida y en Kansas City, al menos para mí, la Copa del Mundo empezó mirando una alerta de tornado en la pantalla de un celular.