El poeta y periodista Esteban Peicovich (1929-2018) sostenía, con meridiana claridad, que cada vez que comienza un Mundial de Fútbol, tres palabras mueven el mundo: “sí”, “no” y “gol”. Resulta imposible sustraerse a ese acontecimiento: termina convirtiéndose en un ineludible centro de la atracción masiva, a pesar de que no encarna ninguna novedad: pocos hechos son anunciados con tantos años antelación. Y sin embargo, todo parece girar a su alrededor.

En la agrietada Argentina, la mismísima política pone en pausa sus lides y convierte al torneo de la FIFA en “un antes y un después”. Hay decisiones que se postergan para “después del Mundial”, como cambios de Gabinete o definiciones sobre estrategias y alineamientos para el electoralísimo año que viene. Y otras que se apresuraron para “antes” de que arranque la competencia, como la presentación de las declaraciones juradas del cuestionado jefe de ministros, Manuel Adorni, con la convicción de que el ruido de las tribunas distraerá la atención de la opinión pública.

¿Por qué el fútbol ejerce semejante influjo, a pesar de todos los “pero” que acumula? Podría escribirse un bestiario con los escándalos que han salpicado (y siguen haciéndolo) ese deporte que mueve millones de dólares. Sólo el capítulo de la Asociación del Fútbol Argentino alumbraría una taxonomía como la del “Emporio celestial de conocimientos benévolos” que Jorge Luis Borges (ese hombre que no era un apasionado del fútbol) detalla en “El idioma analítico de John Wilkins”.

Juan Villoro buscó contestar ese interrogante en un libro que este año festeja un aniversario circular. Dios es redondo es el título del volumen cuya primera edición es de 2006. En sus páginas, quien es uno de los más talentosos narradores mexicanos contemporáneos brinda numerosas respuestas. Algunas son íntimas y hasta autorreferenciales. Otras son más universales. Algunos encontrarán, acaso, verdades absolutas. Otros hallarán pistas que confirmarán presunciones propias. Lo que es seguro es el deleite de ver “jugar” en sus páginas a la literatura de la buena.

Esfericidad y Creador

Dios es redondo es un libro donde las ideas y las pasiones se dan pases magistrales. No es un libro fanatizado. No se titula “El fútbol es perfecto” ni “Dios creó el fútbol”. Por supuesto, es un libro para quienes disfrutan de ese deporte. Sobre todo ahora que, durante algo más de un mes, el mundo habrá ingresado en una dimensión conocida como la “galaxia fútbol”. Sin embargo, también es una publicación para quienes orbitan con distancia ese fenómeno que trasciende fronteras -y también culturas-, interesados en desentrañar de qué materiales está hecha la “pasión de multitudes”. La literatura, en definitiva, también puede ser un camino para comprender aquello que no se ha conseguido “sentir”.

El título de este volumen es, en sí mismo, una exquisitez. Como el autor lo explica, la frase es una voz común que viene del cristianismo neoplatónico y de su convencimiento de que la perfección del Creador encontraba una genuina expresión en la esfera. “Dios es redondo”, además, fue el título de una columna que Villoro publicó para el diario La Jornada, de México, durante el Mundial de Francia de 1998.

Una mano y un pie único

Todo Mundial, sostiene Villoro, vende la ilusión de la regularidad. Una suerte de promesa de administrar alegría en cuotas constantes y programadas. “Pero el aficionado genuino sabe que puede ver 1.000 partidos sin que ocurra nada de su gusto”. Sin embargo, no por ello deja de esperar por los milagros. Son escasos, es cierto. Pero ocurren. Y aquel que permaneció allí para presenciarlos, los atesora con una fe incomparable. Y los predica sin cesar. “Dios es redondo narra instantes de excepción en la trayectoria de un aficionado. Los momentos al borde de un campo donde la espera valió la pena”.

Para generaciones de argentinos, los goles de Diego Armando Maradona a los ingleses en el Mundial de México 86, hace exactamente 40 años, son uno de esos momentos verdaderamente milagrosos. Uno es conocido como “La mano de Dios”. El otro, como el “Gol del Siglo”.

Precisamente, a Maradona se consagra todo un capítulo de Dios es redondo. Este tercer apartado contiene tres ensayos: “Las opiniones de un pie izquierdo”, “Morir para convencer” y “La noche en que Diego salvó a Maradona”.

Dice Villoro, a modo de pequeña muestra, que el histórico “10” de la Selección Argentina tenía el sello del monstruo. “Le bastaba recibir un pase de trámite en media cancha para resolver el partido. Quizá ese poderío le cobró una peculiar cuota psicológica. Así como los extremos izquierdos viven un poco al margen del mundo y los porteros se acostumbran a tomar decisiones en soledad, con reglas que sólo se aplican a ellos, el líder total no concibe un problema que se resista a sus regates. Maradona creó un mundo a semejanza de sus deseos, con tal plenitud que se desentendió de la realidad, esa bruma sin magia que rodea los estadios”.

De idiomas y caprichos

¿Por qué un libro sobre esta pasión circular? Porque el fútbol salva. O cuanto menos, salvó a Villoro. Cuando niño, estudió en el Colegio Alemán. Y por razones arcanas (no sólo Albert Camus sabe de absurdos), él se integró al grupo de estudiantes de origen alemán. Por ende, sólo había un lugar donde podía hablar en castellano: el patio. Y sólo un momento: mientras jugaba al fútbol. “Patear una pelota y gritar en mi idioma eran actos idénticos. Durante nueve años, contados segundo a segundo, miré por la ventana del salón el patio donde los suéteres marcaban las porterías. Ese rectángulo era la libertad y era mi idioma. Si algo aprendí en la ardua pedagogía del Colegio Alemán es que nada me gusta tanto como el español. Como las pasiones son caprichosas, asocié para siempre el gusto por gritar en la lengua proscrita con la pelota que le daba sentido al recreo”.

Los caprichos de la pasión también quisieron que Villoro se hiciera hincha del Necaxa, porque en la cuadra de su casa todos iban por ese equipo. Era el cuadro de los electricistas y las razones por las cuales en esa calle todos porfiaban por ese club aún son insondables: nadie del barrio tenía, siquiera, familiares en ese sindicato. Algunos, como el autor, nunca siquiera visitaron la localidad de Necaxa, pueblo que fue inundado para construir una presa hidroeléctrica. El club, como agravante, pasó más de medio siglo sin salir campeón. En dos oportunidades, de hecho, descendió de la primera división. ¿Entonces?

Villoro es hincha del Necaxa no por una razón, sino por una cuestión identitaria. “El mercurial Necaxa es el equipo de mi calle. Poco importa que ese trozo de ciudad haya cambiado. Tampoco importa que yo haya dejado de vivir ahí, En la ciudad de México el sentido de la pertenencia no depende de las personas ni del paisaje Todos se van y todo se derrumba. Una calle es para nosotros lo que estuvo (la infancia, el Necaxa). Por eso vale la pena”.

Finalmente, la literatura le dio a Villoro la revancha que no supo encontrar en el fútbol. Porque, como él reconoce, es arduo ser aficionado por un deporte y no intentar practicarlo. Pero él fracasó en el intento: se probó en las inferiores de los “Pumas” y supo entonces que el día en que anotara un gol en el Maracaná jamás llegaría. “Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura”, patea. Y lo hace como los mejores.

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