Cuatro mil quinientos diecinueve. Esa es la diferencia de votos que separa a Keiko Sofía Fujimori Higuchi de Roberto Helbert Sánchez Palomino, en una reñida elección protagonizada el domingo pasado para quedarse con la Presidencia de Perú. Tan cerrado es el resultado, escrutadas el 98,33% de las actas del comicio, que el candidato de Juntos por el Perú ha reclamado el recuento de todos los sufragios y ha solicitado a la postulante de Fuerza Popular que le acompañe en la demanda que formuló. Ambos contrincantes políticos han obtenido más de 9 millones de votos cada uno en la segunda vuelta electoral. 

La brecha sigue achicándose a medida que avanza el recuento de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) de Perú. Ese organismo estimó que la proclamación del nuevo o de la nueva jefe o jefa de Estado se realizará a mediados de julio, cuando concluya el proceso de resolución de actas observadas y las audiencias de recuento de votos. Más allá del resultado, el analista político Sergio Berensztein observa que “Perú es un país que tiene un problema de gobernabilidad endémico”, ya que gran parte de los presidentes de los últimos años tuvieron problemas judiciales. Durante una entrevista concedida a LA GACETA, el consultor expresa que esta elección como otras de la región han puesto en crisis al modelo de conducción de las fuerzas de izquierda.

-¿Qué se puede esperar de esta elección?

-En principio, el margen de diferencia es demasiado estrecho y hay un punto y pico de actas impugnadas. Creo que eso será definitorio frente a lo litigiosa que ha sido esta elección. Perú es un país que tiene un problema de gobernabilidad endémico; todos los presidentes han tenido o bien arrastran problemas legales serios con denuncias de corrupción. Algunos, como el caso de Ollanta Humala, fueron destituidos y cayeron presos. En el medio de todo eso, hay una situación de bloque, una fragmentación del sistema político que tiende a debilitar a cualquier presidente que surge de una segunda vuelta electoral. En la primera se observa un Congreso fragmentado. Perú es un país que corre a dos velocidades. Hay una situación de estabilidad económica, con un régimen monetario y fiscal que lleva a ese país a tener un presupuesto balanceado. Eso es la macro, pero el resto del país es un desastre. En los últimos tiempos hubo una suerte de fragmentación territorial, en el que las regiones han alcanzado mucho poder. Y eso complica, aún más, la lógica de la gobernabilidad. Eso hace que las elecciones presidenciales aparezcan como un problema menor; en algún sentido se parece a lo que pasa en Bolivia. Una segunda vuelta puede profundizar las cuestiones. Entonces, creo que hay un dilema difícil de resolver, gane quien gane en la segunda vuelta: la capacidad de lograr acuerdos frente a una polarización o fragmentación extrema. Esa es una cuestión que no tiene resolución a la vista. Puesto en valor, la gobernabilidad asoma como un logro en la Argentina. Con todos los problemas que tenemos, después de lo que sucedió a fines de 2001, todos buscan gobernabilidad; a veces en forma exagerada; los líderes no quieren crisis. Los peruanos valoran la estabilidad monetaria de su país, pero desearían tener una gobernabilidad como la que se observa, en cierta medida, en la Argentina, ya que gobernador durante dos años y medio con la fragmentación parlamentaria que hay, con un ajuste histórico y estrechez financiera, no es para muchos, como tampoco salir airoso de una elección de medio turno.  Esto habla bien del sistema político y de los argentinos.

-¿Qué representa el proyecto político de Keiko Fujimori?

-Esta es la cuarta elección y la tercera segunda vuelta de ella. Pudo haber sido ella o Rafael López Aliaga, el alcalde de Lima al que apodan “Porky”, frente al colapso del sistema de partidos. Así surgen candidatos de derecha o de izquierda. El caso de Keiko es que reivindica el legado de su papá, Alberto Fujimori, cosa que en Perú nadie lo acepta. Es algo asimilable a lo que pasa con el apellido Menem en la Argentina. Hay nuevos Menem en el país como Fujimori en Perú, salvo que allá fue distinta la cuestión; Alberto violó la Constitución, se hizo prácticamente un autogolpe, pero en términos de política de gestión tenía la misma concepción privatista que el riojano. Apellidos que tenían destino de marginalidad, con el devenir de los tiempos vuelven a tener centralidad en el poder. En el medio de tantas gestiones, en un país y en el otro, la seguridad se convirtió en un gran problema. Ese es un elemento que le dio el triunfo y la popularidad a Fujimori, combatiendo a la agrupación terrorista Sendero Luminoso. Sin ir más lejos, Mario Vargas Llosa compitió contra Fujimori, pero sus hijos hoy se presentan como aliados para evitar el triunfo de Sánchez, el candidato de la izquierda.

-¿Y qué representa Roberto Sánchez para los peruanos?

-Fue el ministro de Comercio Exterior y Turismo durante el gobierno de Pedro Castillo. Ha demostrado una buena formación intelectual con un liderazgo más acentuado y más ideológico que el propio Castillo, que terminó cerrando una gestión presidencial desastroza. Sánchez es apoyado por algunos especialistas en campañas electorales del presidente brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva, y busca evitar el giro a la derecha de la parte andina del continente. Eso podría implicar la elección en su país, la derechización de los Andes. Está por verse su liderazgo por las particularidades de Perú. Regionalmente, tenes un voto muy marcado porque hay zonas campesinas que se identifican con la izquierda. Se trata de lugares muy difíciles de relevar en los sondeos; por eso no está clara la segunda vuelta y siempre hay sorpresas como cuando pasó con Castillo en su momento.  

-¿Cómo puede terminar la elección? ¿Quién cree que puede ser el nuevo presidente de Perú?

-Keiko Fujimori tiene una ventaja en el recuento porque el voto exterior es mayoritariamente de derecha. Ese fenómeno también se vio en la Argentina, con Mauricio Macri antes y con Javier Milei ahora. También, en términos generales, pasó en Chile. La gente que está fuera de su país tiene, en general, un mayor poder adquisitivo y se inclina hacia la derecha. Creo que, en definitiva, terminará ganando Fujimori, porque así me cuentan mis colegas peruanos. Independientemente del resultado, insisto, el problema de la gobernabilidad continuará.

-¿Cree que el mensaje de Milei modificó el rumbo ideológico en la región?

-Poco. No creo que haya sido tan importante. Hay que mirar más las cuestiones domésticas y los agotamientos de liderazgos regionales como el de Evo Morales en Bolivia o de Gustavo Petro en Colombia. La izquierda está cediendo y la referencia clara de esta ideología es Cuba, cuyo modelo de gestión se ha quedado sin energías y pidiendo ayuda para prestar los servicios más básicos en ese país, frente a una situación humanitaria marginal. En Venezuela estamos viendo lo que pasó, con miles de presos políticos. A todos los que profesan la fe de izquierda les resulta muy difícil reivindicar a Cuba. La izquierda está en una crisis absoluta de identidad, sin liderazgos; es un cambio de paradigmas, ya que se alejó de la social demócrata  y hoy no se sabe qué propone en realidad. Si miramos a Chile, diremos que la izquierda fracasó en su política de seguridad. Pasó también con el kirchnerismo en la Argentina. Yamandú Orsi, en Uruguay, tampoco puede responder la mayor demanda de seguridad. Entonces, la reivindicación o una visión romántica del delito y la criminalidad vista desde la perspectiva de Michel Foucault terminan cediendo frente a la demanda social de mano dura, lo que no es del todo racional.

-En consecuencia, ¿cómo queda Latinoamérica frente a tantos cambios?

-Es muy difícil generalizar por la alta heterogeneidad regional. Creo que hay una crisis terminal de un modelo de pensar la política por parte de la izquierda. Excepto la de Uruguay, la izquierda democrática está perdiendo densidad. Las visiones más radicalizadas fracasaron frente a tanta inseguridad y tantos problemas económicos, porque no mejoró la calidad de vida de la gente, con aquello de la política anticapitalista. Le generaron menos crecimiento y una crisis de paradigmas. Si no se cometen tantos errores, creo que se viene un ciclo en el que la derecha intentará ganar más espacios. Hay que ver qué sucede con Brasil y con México, que son los países más grandes del bloque. Pero en el resto del continente, se terminó el paradigma de la izquierda autoritaria, sin ideas y sin narrativa, con gobiernos que fracasaron como el del chileno Gabriel Boric, que llevó a una situación de alternancia que es inevitable frente a lo que estamos viendo. El tema es que la derecha pueda gobernar bien, que tampoco está claro. Pareciera que Paraguay y la Argentina hoy son la referencia.