La careta de la “pausa de hidratación” se cayó definitivamente en el partido inaugural del Mundial. Lo que la FIFA terminó de institucionalizar es un cambio en el reglamento del fútbol, sin pasar por el organismo que toma esa clase de decisiones, como es el International Board. Lo de “dos tiempos de 45 minutos con un intervalo de 15”, como indica la norma, pasó a ser “cuatro cuartos de 23 minutos”, con un intervalo que varía de acuerdo con la cantidad de publicidad vendida.

De movida, como siempre, hubo una zanahoria. Decían que la “pausa de hidratación” le agregaría un elemento de interés a la transmisión televisiva, un picante colorido, como es la palabra de los técnicos a sus jugadores captadas por un micrófono-jirafa. No era cierto y quedó demostrado durante el primer paréntesis de México-Sudáfrica. A la manera del fútbol americano o de la NBA, para lo que sirvió fue para hacer (más) plata con la publicidad. Y, por supuesto, se la estiró más de lo previsto.

Se sabe que el entretiempo de la final se prolongará durante media hora para darle paso a un show musical. Otra copia del Super Bowl, ya experimentada en la definición de la pasada Copa América. Y lo que viene es oficializar la prolongación de la “pausa de hidratación” a cinco minutos, de modo de ampliar la pauta publicitaria.

Por otro lado, la FIFA finge preocupación adoptando medidas pour la galerie para agilizar el juego, como el apuro para los saques de arco o los laterales. Cuestiones que se resolverían, simplemente, con mayor rigor de los árbitros al momento de apurar a los protagonistas. No hace falta el circo de levantar los dedos contando segundos; con un par de amarillas se acaba cualquier pérdida de tiempo.

No es cuestión de purismo ni de rechazo a la innovación. Tampoco de negar que toda reglamentación está viva y, como tal, puede someterse a cambios. El fondo de todo esto es la desnaturalización del fútbol, es el objetivo palpable de la FIFA -en el afán de recaudar más- de transformarlo en otra cosa. Y lo que se está perdiendo es su naturaleza.

Es llamativo el silencio de los protagonistas. Dirigentes, entrenadores, futbolistas; todos agachan la cabeza y acatan. Hay un disciplinamiento feroz, impuesto por el negocio y por sus dueños. Nadie se rebela, nadie discute. Una pena.