Los periodistas son gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente. Esta frase de Eugenio Scalfari, fundador del diario italiano La Repubblica, es interpelada por nuestro vertiginoso presente. ¿Son o eran? Ahora, es cierto, tenemos máquinas que le cuentan a la gente lo que les pasa. Y a veces lo que no les pasa, porque un porcentaje de lo que nos dicen los chatbots de IA es falso. En ciertos casos, ese porcentaje es lo sustancial de lo que queremos, o deberíamos, saber.
En el Congreso mundial de medios, que tuvo lugar esta semana en Marsella, se reflexionó sobre las tensiones entre lo humano y lo artificial. Muchos expositores resaltaron lo específico de nuestro género que no puede ser reproducido por otras especies, orgánicas o inorgánicas. La empatía, la presencia física en el lugar de los hechos, la originalidad.
“A medida que avanzamos por las calles de Gaza, nuestros ojos, oídos y nariz se impregnan con las imágenes, los sonidos y los olores de la destrucción y la desesperanza. Uno puede ver el hambre en las caras de los chicos”. El comienzo de esta crónica requiere un humano detrás para lograr conexión. Alguien con quien nos identificamos, que percibe, se emociona y se arriesga para contarnos lo que ocurre -y podría ocurrirnos, si estuviéramos allí- en un rincón del mundo.
La IA avanza
1.300 periodistas y directivos de medios de más de 80 países se dieron cita, a orillas del Mediterráneo, para repensar su oficio en tiempos de IA. Nunca, desde sus inicios como actividad autónoma, estuvo tan desafiado. Y quizás nunca, como hoy, sea tan imprescindible para ayudar a construir un futuro auspicioso.
En la edición de este domingo de LA GACETA Literaria, el psicólogo social Jonathan Haidt nos muestra cómo hemos ido perdiendo progresivamente nuestra capacidad de prestar atención y, con ella, una parte importante de lo mejor de nuestra aventura vital. Esa capacidad -esencial para construir recuerdos, tomar decisiones, consolidar relaciones humanas, distinguir lo accesorio de lo relevante, comprender- se debilita progresivamente y, advierte, debemos regenerarla.
La abundancia de información no garantiza conocimiento. Y el conocimiento no surge de la acumulación de datos sino de su verificación, contextualización e interpretación.
¿Alguien recuerda un número de teléfono que no sea el propio? ¿Para qué, si nuestro celular puede almacenar infinitos números por nosotros? ¿Diremos algo parecido del pensamiento en general, en no mucho tiempo, teniendo en cuenta que los bots de IA pueden “pensar” por nosotros? El periodismo debe desafiar esa tendencia, estimulando el desarrollo del juicio crítico y la admisión de la complejidad en sus audiencias. Muchas veces incomodándolas con ideas que no coinciden con las suyas, proponiendo un ejercicio de contrastes que fertiliza la tolerancia necesaria para la vida comunitaria.
Esfuerzo de un recorrido
Un día como hoy, en 1810, Mariano Moreno fundó La Gazeta de Buenos Ayres respondiendo a quienes se habían congregado en torno al Cabildo, dos semanas antes, reclamando “saber de qué se trata”. 216 años más tarde el desafío es similar. Saber implica preservar la posibilidad de contar con libertad, la obligación de rendir cuentas y la facultad de entender.
La verdad, para el periodismo, es la correspondencia entre lo que decimos y la realidad, aunque esta -como un cubo- no admita una visión simultánea de todas sus caras. Es el esfuerzo -narrado y honesto- de un recorrido que nos acerca a ella, buscando la mayor cantidad de ángulos posibles en un determinado tiempo.
Para la IA, la verdad es la adecuación entre un dato y otro. Sin el periodismo, la IA es el generador de un infinito polisilogismo en el que se mezclan lo falso y lo real sin un método de contraste. Hoy, un 30% de los insumos de la IA son contenidos periodísticos que las empresas tecnológicas toman, en la mayoría de los casos, sin autorización ni remuneración a sus creadores. De este modo, las tecnológicas debilitan al periodismo al erosionar su vínculo con las audiencias y las fuentes de ingresos que sostienen su trabajo. Sin embargo, necesitan nutrirse de ese mismo periodismo para desarrollar el suyo.
Lazos comunitarios
El periodismo busca -debe buscar- la consolidación de lazos comunitarios a través de la cobertura diaria de los principales acontecimientos globales, nacionales y locales. Es el insumo de un diálogo necesario para dirimir diferencias, elaborar una visión propia de la realidad y participar en la construcción de proyectos colectivos.
Durante los primeros días de esta semana, Marsella fue la capital mundial de la prensa. En el cierre, este domingo, en la Argentina celebramos el día del periodista. Es una jornada para reflexionar sobre las amenazas, las oportunidades y la relevancia del oficio. Alrededor del mundo crecen la polarización y los ataques a la prensa, de la mano de un proceso de erosión democrática. Prensa y democracia mantienen una relación de mutua dependencia. Cuando una se debilita, la otra también.
Volviendo a la definición del comienzo, los periodistas son, particularmente, gente que dice sobre el poder lo que este no quiere que se escuche. Pero que resulta imprescindible escuchar para mantener los pilares de un sistema que implica límites y transparencia en la administración de los intereses comunes.
De la gente, para la gente
Desde el regreso de la democracia, la Argentina ha vivido momentos delicados para la libertad de expresión. El actual no es el más grave pero presenta luces amarillas, por momentos rojas, en la tensión -por cierto inevitable, aunque con fronteras que no deberían cruzarse- entre los gobiernos y la prensa.
Sí hay novedades en la materia. Nunca antes, un presidente argentino insultó tanto al periodismo. El registro estremece. En la cuenta de X de Javier Milei se contabilizan más de 16.000 agresiones, entre posteos propios y retuits. Las descalificaciones apuntan, suele repetir el Presidente, al 95% de los periodistas. El mandatario argumenta que solo devuelve agresiones que recibe. ¿Hay comunicadores agresivos o deshonestos? Claro, como en toda profesión. Lo paradójico es que entre los principales destinatarios de su ofensiva tuitera se encuentran muchos de los profesionales más rigurosos y agudos del país. En muchos casos, dueños de plumas de las que no sale improperio alguno sino, por el contrario, una prosa cuidada y nutrida con descripciones precisas, datos, fuentes, chequeo y contexto. Plumas incómodas, naturalmente.
En la semana en la que los periodistas alrededor del mundo seguían los debates surgidos en Marsella y en la Argentina, adicionalmente, se preparaban para celebrar su día, el Presidente intentó bloquear a una candidata a jueza -que originalmente había propuesto- al enterarse de que existía un vínculo familiar con Hugo Alconada Mon, uno de los periodistas de investigación más destacados del continente. Esta arbitrariedad muestra con claridad lo que no debería ocurrir en una república. El Ejecutivo condicionando una designación vinculada a otro poder porque un periodista hizo el trabajo que debe llevar adelante en una democracia. Investigar y comunicar a la ciudadanía el resultado de sus investigaciones.
La democracia republicana requiere recordar, una y otra vez, la dinámica que la legitima. La combinación de división y equilibrio de poderes, libertad de expresión y elecciones libres. Para que siga siendo, efectivamente, un gobierno de la gente y para la gente.