CRÓNICA

HISTORIAS DE FANTASMAS

SIRI HUSTVEDT

(Seix Barral – Buenos Aires)

En Historias de fantasmas, Siri Hustvedt, nombrémosla Siri, cumple el sugestivo dictum de que todo relato son dos relatos. Aunque en este caso, la afirmación es absurda, ya que más bien se trata de la historia de dos seres que se amaron y que, para seguir juntos tras la muerte de uno de ellos, deben buscarse y encontrarse por obra de un espléndido espejismo. El muerto es el escritor Paul Auster. La afantasmada por esa muerte, quien trama esta memoria, la estoica Siri. Sospecho que la muerte carece de la imaginación de un artista; no crea, demuele lo creado y, ya que está, su ya derrotado entorno. De esto dan cuenta otros autores, otros libros. Entre ellos: El año del pensamiento mágico, de Didion, Diario de duelo, de Barthes, Elegía para Beverly, de Berger. Nómina de escritores muertos y afligidas parejas —en el estrecho istmo de la alta literatura—, vasta liturgia laica hecha de evocaciones, lamentos, preguntas al aire y sin respuesta, aromas y sonidos reconocibles, borrosas presencias, atuendos para cuerpos inexistentes, esquivas visiones, el imposible regreso de quienes se han ido. Lo indefectible: se han ido porque están muertos. Lo universal: todos morimos. Lo insoportable (Jacques Derrida): “sobrevivir a los seres amados”. Lo concreto: quien está presente y, acaso, tomado de nuestra mano hasta hace un instante, al siguiente, desaparece. Siri lo dice con sencillez y laconismo en el arranque de su texto: Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Limpia la casa. Aprieta la cara contra el ropero y llora. Acepta pésames. Huele tabaco holandés de los pequeños Schimmelpenninck que fumaba Paul. Suspira. Unos párrafos después, dice a Sophie, hija única de la pareja, y lo dice con inocente crueldad antes del final: si tu padre muere, perderé mi día a día. Es claro: la sucesión de las horas deja de tener sentido, de paso, su vida. Se rastrea en la lectura: el tiempo pierde toda forma reconocible. El proceso anterior al desenlace, contiene la inminencia del duelo, mejor dicho: es asimismo el duelo. Los demás, quienes trasiegan calles, cumplen con sus tareas, se abrazan y ríen, inmersos en sus quehaceres cotidianos y en apariencia eternos, son ajenos a la tragedia que a Siri la desgarra. Creo haber leído —no retengo dónde, atribuible a quién—, que falta una sola persona en el mundo y es como si ya nada tuviera razón de ser, pero no podemos decirlo en voz alta. Me cuesta respirar, anota Siri, la rutina me sostiene, aunque la vida no es la misma. A mansalva, la autora arroja a nuestra cara irrefutables verdades; al menos “sus verdades”, que harán propias quienes hayan atravesado una adversidad semejante. Décadas atrás, C.S. Lewis —casado con Joy Gresham, poetas los dos, como Paul; Joy, como Paul, muerta a causa del cáncer— escribe Una pena en observación, y en una línea, que no sabía que el dolor podía ser tan cercano al miedo. ¡Sí lo sabía!, más hubiera querido no saberlo. Lo supo y lo sabe Siri. Lo sabemos otros ¡Unas pérdidas incalculables! (los signos de exclamación me pertenecen) le hace decir Siri Hustvedt a la protagonista de una de sus novelas de ficción, y esas tres palabras adquieren una fuerza arrolladora que transforman esta despedida dedicada a Paul Auster en una especie de amorosa expiación.

PERFIL

Siri Hustvedt (Minnesota, 1955), licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Columbia, es una prestigiosa autora de novelas y ensayos: Los ojos vendados (1992; Premio de la Crítica en el Festival de Cine de Berlín por su adaptación cinematográfica); Todo cuanto amé (2003, Premio de Libreros del Québec y Premio Femina Étranger), El mundo deslumbrante (2014, Premio al mejor libro de ficción de Los Angeles Times, seleccionada para el Booker), entre otros. Recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras por su trayectoria en 2019.

Tiempo perdido*
Por Siri Hustvedt

Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras. En enero de 2023 le diagnosticaron un cáncer de pulmón no microcítico de tipo escamoso. Pero antes de eso, a principios de noviembre de 2022, le hicieron un TAC en la sala de urgencias del Mount Sinai West. El radiólogo le detectó «una masa» en el pulmón derecho y dijo que podía ser cáncer.

Todos morimos, pero solo algunos de nosotros sabemos que nuestra vida podría acabar pronto. Aunque muchas veces me había preguntado qué significaría vivir sin Paul, empecé a pensar en ello con más frecuencia. Me imaginaba deambulando sola por la casa. Me imaginaba llorándolo. Si tu padre muere -le dije a nuestra hija Sophie-, perderé mi día a día.

Lo que no imaginé es que, tras la muerte de Paul, el tiempo perdería toda forma reconocible. Recuerdo qué día es y al momento lo olvido. Me acuerdo de que estamos en mayo y luego se me borra. Las horas pasan volando, pero los minutos a menudo transcurren muy despacio. Quiero anclar mi cuerpo en el calendario y en el reloj, esos marcadores del tiempo fiables y en el fondo ficticios, pero no consigo interiorizar su pulso constante. Temo que, si no sigo comprobando la fecha, el día y la hora, me desoriente, tropiece en las escaleras y me caiga, o, peor aún, me aleje flotando sin rumbo. Hago listas y calendarios. Listas y calendarios que están por todas las mesas y superficies de la casa. Me preocupa olvidar las tareas, las citas, las facturas que hay que pagar. Me preocupa que los pensamientos se me fragmenten en más pedazos de los que soy capaz de recordar. Ahora estoy ocupada en la tarea de recomponerme.

*Fragmento de Historias de fantasmas.

© LA GACETA