En el fútbol del interior todavía existen historias que huelen a pasto mojado, a rutas interminables y a sacrificios silenciosos. Historias de jugadores que los domingos se transforman en héroes del pueblo y durante la semana vuelven a convertirse en trabajadores comunes. Facundo Cruz puede dar fe de ello.
En Graneros lo conocen como el “Pato”. Los defensores lo sufren porque vive del gol, del choque y de la potencia física. En Deportivo Graneros es uno de esos delanteros capaces de cambiar un partido con sólo tocar una pelota, pero desde hace apenas dos meses, su vida empezó a jugarse en otra cancha mucho más importante.
La llegada de Lucca, su primer hijo, le cambió el mundo, la vida y las urgencias. “Cuando nació entendí que ya no podía pensar solamente en mí. Ahora todo pasa por él”, cuenta el delantero en diálogo con LA GACETA, mientras acomoda unas cajas de figuritas antes de salir a repartir pedidos.
Por ese motivo, cuando terminan los entrenamientos y se apagan los gritos del vestuario, el “Pato” se sube al auto y empieza otro partido. Uno bastante más difícil que los que juega los fines de semana por el torneo organizado por la Liga Tucumana. “Pato” sabe que ahí es donde llega el momento de parar la olla.
Por eso, hoy además de ser goleador del “Cocodrilo”, Facundo vende figuritas y álbumes del Mundial 2026 para afrontar los gastos de la paternidad. “Hoy está todo caro. Los pañales, la leche, llevarlo al médico… Entonces había que hacer algo más”, explica con naturalidad.
La escena tiene algo profundamente argentino. Un delantero temido en las canchas del interior recorriendo las ciudades con cajas de figuritas en el baúl mientras sueña con salir campeón, pero también volver a su casa para ver dormir a su hijo. “Ahora juego por él”, dice. Y esa sencilla frase parece resumirlo todo.
Porque detrás del goleador hay un joven que entendió rápido que el amor no alcanza para comprar pañales o pagar una consulta médica. Entonces decidió rebuscárselas.
El emprendimiento tomó forma con la idea de paliar la crisis económica
La idea nació durante una charla que “Pato” tuvo con amigos, de esas que suelen ocurrir en una mesa cualquiera mientras la inflación aprieta y las cuentas empiezan a acumularse. “Les pregunté qué podía hacer para tener un ingreso extra. Necesitaba ayudar más en casa”, recuerda. “Y ahí salió el tema de las figuritas. Veíamos que todo el mundo compraba álbumes, paquetes y cajas. Así que decidimos probar suerte”, explica entre risas.
Al principio fue una prueba mínima; algunos paquetes sueltos, un par de álbumes y la intuición de que la nostalgia siempre encuentra compradores. Pero el negocio empezó a crecer rápido, tan rápido como él se mueve dentro del área. “Pensábamos vender poquito, pero gracias a Dios empezó a irnos muy bien. Ahora ya hacemos entregas y hasta vendemos por mayor”, cuenta orgulloso.
Hoy el “Pato” anda prácticamente todo el día en movimiento, como si la vida le hubiera impuesto jugar dos campeonatos simultáneos.
Las mañanas lo encuentran entrenándose en Graneros. Corre, mete y define como si nada existiera fuera de la cancha. Pero cuando termina la práctica, empieza el segundo tiempo de su rutina: repartir pedidos, viajar a San Miguel para buscar stock y volver a Monteros con el cansancio pegado al cuerpo. “Hay días en los que termino destruido. Entreno, viajo, reparto, vuelvo… Pero llego a casa y verlo a Lucca hace que todo valga la pena”, admite.
Recién cerca de la noche llega el momento más esperado del día. Ahí se encuentra con su bebé y todo parece cobrar sentido.
Tal vez por eso la historia conmueve tanto; porque rompe con esa imagen artificial del futbolista rodeado de lujos y contratos imposibles. Cruz representa otra cosa; representa al jugador del interior que deja la vida los domingos y trabaja de lunes a lunes para sostener una familia. “Uno juega por pasión. Obviamente todos soñamos con vivir del fútbol, pero la realidad acá es distinta. Hay que meterle todos los días para poder salir a flote”, asegura.
En las canchas tucumanas todavía sobreviven esos futbolistas que juegan por pasión y no por millones. Tipos que pasan del barro a la ruta, de los botines a las cuentas del almacén o del vestuario al papel brillante de las figuritas. Y hay algo hermoso en esa postal.
Porque mientras miles de chicos abren sobres soñando con completar un álbum, el “Pato” anda completando otro mucho más importante; el de construirle un futuro a su hijo. Y quizás por eso atraviesa uno de los mejores momentos de su vida.
Mete goles en Graneros, vende figuritas en San Miguel y llega todas las noches a casa con la tranquilidad de haber peleado hasta el último minuto. Como esos delanteros antiguos que jamás daban una pelota por perdida o como esos goleadores del interior que todavía entienden que el fútbol y la vida se juegan con el corazón. (Producción periodística: Carlos Oardi)