Conocí Quillén en 2024 y pensé que no volvería nunca más. En nuestro país existen lugares bellos que se visitan, se conocen y quedan en una fotografía. Pero hay otros que permanecen viviendo para siempre dentro de uno. Y Quillén pertenece a esa segunda categoría. Tuve la suerte de disfrutarlo por segunda vez en mi vida en este otoño de 2026. En el norte del Parque Nacional Lanín, entre montañas, bosques y caminos de ripio, Quillén aparece como un refugio de belleza intacta. Uno de esos rincones de la Patagonia donde todavía puede escucharse el sonido del viento entre los árboles o el agua golpeando suavemente sobre las piedras. Quillén está situado en Neuquén, a pocos kilómetros de Aluminé y muy próximo al volcán Lanín. Y es precisamente su figura nevada la que domina el horizonte. En los días de calma, el lago refleja su imagen con una perfección casi especular, como si montaña y agua formasen una sola postal. El lago, de origen glaciar, está rodeado de bosques andino-patagónicos donde conviven araucarias, lengas, coihues y pinos. En otoño, Quillén transforma sus colores en un espectáculo difícil de describir: los verdes se vuelven amarillos intensos, dorados profundos y rojizos encendidos. Las hojas caen sobre los senderos húmedos y, por momentos, uno siente que camina dentro de un paisaje irreal. El Parque Nacional también preserva todavía una naturaleza salvaje y maravillosa: zorros, aves, ciervos, conejos, zorrinos, jabalíes y pumas, y una biodiversidad que permanece intacta gracias al respeto por ese entorno privilegiado. Pero hay noches en Quillén que se transforman en recuerdos imposibles de olvidar. La llovizna tenue. La oscuridad absoluta de la montaña. La luna descendiendo en diagonal. Y, de pronto, un fenómeno extraño y mágico que jamás había visto en mi vida: un arcoíris lunar. Un reflejo apenas visible, plateado y fantasmal, nacido de esa combinación exacta entre humedad, oscuridad y una luz de luna tangencial. Un arcoíris lunar. Una rareza, pero allí estaba. Inolvidable. Junto a mi cuñado, mi sobrino y mis hijos, en medio de aquella noche patagónica, entendí, como el poeta, que el sur también existe. Y que Quillén no es solamente un lugar de la Argentina: es también un lugar en el mundo. Quizás parte de su encanto radique en que no figura entre los destinos más promocionados de la Patagonia. Conserva todavía la autenticidad de los sitios no invadidos por el turismo masivo: naturaleza preservada, silencio, cielos puros y una relación directa con el paisaje. Frente al Lanín, entre bosques dorados y aguas glaciares, Quillén sigue siendo uno de esos pocos lugares capaces de recordarnos que la verdadera belleza no necesita exageraciones. Le doy gracias a Dios, y a la familia Nougués, por haberme hecho conocer ese paraíso de la patagonia argentina.
Juan L. Marcotulio