La Inteligencia Artificial (IA) está instalada. Su aparición tiene ritmo de irrupción. El ímpetu es la característica del fenómeno, el tiempo para conocerla y saber cómo usarla se renueva constantemente. Hay quienes consideran que ahorra demasiado esfuerzo y quita la gimnasia mental que requiere el cerebro para mantenerse sano y no se atrofie.
La clave no es demonizar la tecnología. Acciones simples como orientarse para ir a algún lugar o una simple suma van a parar a algún dispositivo tecnológico como el GPS o la calculadora. No está mal porque un sistema de posicionamiento nos salva de perdernos en medio de la noche y la calculadora evita errores catastróficos en un balance. La clave está en cambiar el modo en que se usa.
Activación
El uso que se siente pasivo, puede convertirse a uno constructivo que desafíe el cerebro. Un buen modo de lograrlo, es no pedir respuestas, sino que la IA “nos ponga a prueba”. Para ello hay que darle una instrucción coherente con el deseo de que nuestro cerebro se enriquezca con su uso y no se encarezca.
Por ejemplo, en vez de pedir el resumen de un tema, se puede leer el texto original y darle la instrucción. "Hacéme tres preguntas difíciles sobre este artículo para ver si lo entendí", podría ser un planteo o promt, como se le llama en el mundo de la IA. Así se fuerza al cerebro a procesar.
Quienes consideran su uso como una especie de oráculo deben alejarse de ese pensamiento. No lo es. Sí, puede considerarse como un compañero de debate. "Jugá a ser el abogado del diablo y encontrá las fallas en mi argumento", es una manera de instruirla. Eso obliga a activar la flexibilidad cognitiva y a defender la postura.
Claro está, lo primero debe seguir siendo intentar resolver el problema, antes de abrir cualquier aplicación o chat. Si después de un par de minutos no sale, recién ahí el esfuerzo debe delegarse en la tecnología. La tecnología está para hacernos la vida más eficiente, pero el pensamiento crítico, la memoria profunda y la chispa de la creatividad siguen siendo terreno exclusivamente de quien opera la IA.
Hay un aspecto fundamental y es que la IA no empieza por sí sola a escribir sobre una página en blanco. Las ideas básicas las escribe quién consulta. Es el borrador el que puede ser sometido al escrutinio de la IA. "Este es mi trabajo. No lo reescribas. Señalá dónde puedo mejorar la claridad, qué datos me faltan o qué contradicciones encontrás", así la toma de decisiones sigue siendo 100% propia.