Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA
Los políticos suelen encenderle velas al Mundial de Fútbol para que durante un mes entero la atención se desplace hacia la pelota y esta vez no será distinto. Con la Copa a la vuelta de la esquina, las figuritas y la lista de los 26 ya agitan la manija colectiva, más aún en la instancia de defensa del título. Quienes gobiernan saben que no conviene estar ni demasiado cerca ni demasiado lejos: el fútbol es paraguas generoso (Videla 1978, Alfonsín 1986), pero también puede volverse traicionero (Fernández 2022).
Sin embargo, esta vez la Casa Rosada está más que pendiente del inicio de la Copa del Mundo para diluir un poco más el caso de Manuel Adorni, si fuera necesario. Con el cierre de mayo, la fecha original de la presentación de las Declaraciones Juradas patrimoniales hubiera vencido, pero el jefe de Gabinete se agarra de la prórroga oportunamente concedida para ampliar el período obligatorio para los funcionarios públicos. Ya había quedado en offside en la presentación anterior con algunos de sus bienes, pero ahora el escándalo lo obliga a esmerarse.
El jefe de Gabinete aseguró más de una vez –al Presidente incluido– que todo estaba bajo control, pero esa DJ será revisada con lupa y no puede fallar ni en un centavo. La reciente Ley de Inocencia Fiscal podría ofrecerle un atajo, aunque la transparencia es ineludible ya que por más Mundial que distraiga, la sospecha persistirá y su futuro siempre estará condicionado. En estos más de 80 días, desde el viaje a Nueva York con su esposa, Adorni se cansó de prometer y terminó comprometiendo la marcha del Gobierno por no dar un paso al costado,
Se dice que fue Milei quien no le permitió hacerlo para no entregarle una pieza clave a la oposición, pero lo cierto es que, por causa o casualidad, justamente el período de debilidad política –sazonado por las internas palaciegas– coincidió con un traqueteo económico difícil de revertir. El Presidente lleva 30 meses en la montaña rusa, pero aun así ha logrado acumular las vidas necesarias para sostener la tarea y aspirar a la reelección. Más allá de la reversión de algunas variables financieras y económicas –con mayor o menor lentitud– es de ese posible cambio de clima del que se habló sin tapujos en la semana, incluido el giro de algunas encuestas que han mostrado que la imagen del Presidente ha dejado de caer.
Tras haberse tragado un par de sapos en la Catedral con la homilía del arzobispo García Cuerva referida a la necesidad que él tiene como gobernante de todos de “desarmar las palabras” –tema que anticipó esta columna hace una semana- el jueves Milei volvió a la carga con sus diatribas hacia la prensa, envalentonado por una serie de indicadores que le empezaron a sonreir al Gobierno, especialmente los financieros y de modo más heterogéneo, en materia macro.
En esa misma reunión empresaria sorprendió que reconociera que “eliminar la inflación no es suficiente” y que la estabilidad monetaria y el orden macroeconómico, aunque imprescindibles, “no son el motor del crecimiento”. Vale recordar que, pese a sus exabruptos y los de sus seguidores más fanáticos, muchos economistas –a los que él castiga con frecuencia– vienen señalando exactamente lo mismo desde hace tiempo como advertencia y no como crítica, al igual que el periodismo en general y esta columna en particular.
En materia electoral, Milei aprovechó un reportaje para afirmar que en 2027 su desafío van ser los resultados que consiguió su manera de encarar la recuperación. Sin rivales a la vista (faltan 17 meses), la frase “compito contra mí mismo” busca instalar la idea de que la reelección dependerá exclusivamente de los resultados de su gestión y no de la confrontación con quienes se animen a competirle.
De esta forma, el Presidente buscó adueñarse de la lógica del mercado -donde el éxito se mide en resultados- y la trasladó al terreno electoral, como si la política fuera un balance contable. Si se hila más fino, se puede observar que la movida resulta novedosa en el enunciado, pero algo contradictoria al fin y al cabo, porque si bien es congruente con su perfil de defensor del mercado, en tanto habla de resultados y pone el foco en la medición de indicadores, a la vez se aparta un poco de ese mismo mercado cuando revela que la meta es esquivar la competencia de afuera.
Así y todo, el recurso es original y válido porque le permite al Presidente mostrarse pragmático hoy, aunque también puede jugarle como un arma de doble filo hacia el futuro cuando le aparezcan competidores externos, debido a que fortalecerá su imagen de líder técnico cuando los números acompañen y es eso lo que se espera de ahora en adelante, según el ministro de Economía, Luis Caputo, quien prometió un casi Paraíso de aquí en más, aunque lo dejará sin cobertura cuando la inflación suba o la pobreza no mejore.
La semana tuvo también dos protagonistas que vienen desde el PRO y los dos molestaron bastante el Gobierno: Mauricio Macri, quien coqueteó con una eventual candidatura, aunque al final recogió el barrilete y Patricia Bullrich, quien marcó en público su fastidio con Adorni, algo que probablemente también varios ministros hayan dicho en privado. Quizás por esa exteriorización –también presentó su Declaración Jurada y lo hizo saber- la senadora fue bastante vapuleada el 25 de mayo por la interna oficial que se observó a cielo abierto en la calle, con la presencia exultante de Santiago Caputo y con la lógica presencia de Karina Milei junto a su hermano.
Es justamente a la secretaría general de la Presidencia a quien responsabilizan de haberla acomodado a Bullrich muy atrás en la Catedral y de no haberla dejado ir al Cabildo a cantar el Himno, mientras que fue el Presidente quien le permitió salir al balcón de la Casa Rosada junto al Gabinete. Tironeos fraternales. Todo liderazgo enfrenta una tensión inevitable y el de Milei no es la excepción, pero con un condimento especial como es la relación simbiótica con Karina, lo que se ha visto con claridad en el caso Adorni: cómo administrar el costo político de las decisiones sin erosionar la autoridad de quien ocupa la cima del poder.
Algunos presidentes, primeros ministros o monarcas optan por rodearse de figuras que absorben críticas, concentran rechazos y funcionan como escudos frente al desgaste cotidiano. Son los llamados "pararrayos" o “fusibles” de la política. Otros, en cambio, delegan poder en colaboradores cuya fortaleza no está en amortiguar los golpes, sino en ejercer una representación directa e inseparable del liderazgo principal, tal como ocurre con el presidente argentino.
La historia ofrece ejemplos de ambos fenómenos y vale la pena repasarla, pero en la Argentina actual la discusión alrededor de Karina parece transitar por otro carril. Su lugar dentro del esquema oficialista no se asemeja al de un funcionario destinado a recibir los golpes para proteger al Presidente, sino al de una dirigente cuya autoridad deriva de una relación política y personal que su hermano considera constitutiva de su propio poder. La diferencia no es menor. Un fusible está diseñado para quemarse antes de que se dañe el sistema; un cable troncal, en cambio, forma parte de la estructura que mantiene el circuito en funcionamiento.
Es entonces, cuando aparece una paradoja frecuente en el ejercicio del poder: cuanto más central es una figura, más probabilidades tiene de convertirse en blanco de las críticas. Pero al mismo tiempo, más difícil resulta desplazarla sin afectar el equilibrio general. El pararrayos puede ser reemplazado; el socio estratégico, no necesariamente. La pregunta, entonces, no pasa sólo por determinar quién recibe los cuestionamientos, sino por identificar qué revela esa distribución de responsabilidades sobre la naturaleza misma del liderazgo.