La universalidad de la obra de Dante Alighieri, la Divina Comedia, es indiscutible. Puede que no todos lo tengan claro, pero la historia contada en tres “cánticos” narra el viaje de Dante por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, un día cercano a la Pascua. El viaje es una travesía mística donde el autor -que es también el personaje- es guiado por Virgilio por una galería de pecados humanos y sus penas, que se cumplen en cuerpo y espíritu en las almas de los muertos. La sola lectura del texto genera un movimiento interior, según el cual nos preguntamos dónde nos hallaría Dante si estuviéramos muertos. Con eso acompañamos, de algún modo, la purificación espiritual del personaje que es la del mismo autor.
Ahora huelga la explicación de por qué la obra es universal. Nadie en su sano juicio podría rehuir la reflexión sobre su vida. Y eso es ya un paso de purificación y una aventura interior que vence toda barrera de siglos e idiomas, de cultura y personajes, de política y tradición. Sin dudas, Dante ha calado en el interior mismo de lo humano. Por eso, sus ejemplos siguen suscitando enseñanzas valiosas para conductas erradas, que también son universalmente y siempre vigentes.
A la tradición mucho le gusta sondear el Infierno. Pero el segundo cántico tiene un valor tan alto como el más célebre.
El don y su dueño
En el Purgatorio, Dante no enumera pecados como quien arma una lista: los ordena como quien entiende el alma. Y por eso la soberbia aparece primero. No es un defecto más. Para la teología medieval, es el pecado de base, el movimiento por el cual el hombre deja de mirar hacia arriba —hacia Dios— y empieza a mirarse a sí mismo como medida de todas las cosas.
Ahí es donde entra Cimabue, un pintor celebérrimo del siglo XIII. Dante lo menciona no sólo porque fue un gran pintor, sino porque su nombre sirve para mostrar algo más profundo: el peligro espiritual de creerse dueño de lo que, en realidad, es un don. El problema no es el talento. El problema es la apropiación. Pensar “esto es mío” en sentido absoluto.
En la cornisa donde penan los soberbios, las almas caminan dobladas, aplastadas por piedras enormes. La imagen es simple y brutal: quien en vida se elevó por encima de su condición, ahora aprende el peso de lo real. No es un castigo caprichoso. Es una forma de reordenarse. La soberbia, en el fondo, es una desproporción: el yo ocupa un lugar que no le corresponde.
Cuando Dante menciona a Giotto como aquel que supera a Cimabue, no está haciendo historia del arte. Está mostrando lo frágil que es la gloria humana. Hoy uno es el nombre indiscutido; mañana, otro lo reemplaza. Pero el punto más hondo no es ese. Es que ni siquiera el talento más extraordinario garantiza una vida bien orientada.
En línea con lo que enseñaba Santo Tomás de Aquino, Dante deja ver que la soberbia artística tiene algo especialmente delicado. Porque el artista trabaja con la belleza, y la belleza —para esa tradición— siempre remite a Dios. Entonces, la tentación es más fina: no sólo admirar la obra, sino confundirse con su origen. Creerse, de algún modo, fuente y no canal.
Por eso Cimabue no es un ejemplo menor. Es alguien que estuvo cerca de algo grande —la belleza—, pero se desvió al apropiársela. Su figura muestra que cuanto más alto es el don, más grande puede ser el riesgo.
La enseñanza es exigente pero clara: todo lo bueno que hay en nosotros remite a algo mayor. Cuando se corta ese vínculo, incluso lo mejor se deforma. El talento, la fama, el reconocimiento siguen siendo bienes, pero dejan de estar en su lugar.
Dante, con esa escena breve, deja una advertencia que sigue vigente: no hay obra que autorice la soberbia. Porque no hay obra que no haya sido, antes que nada, recibida. Y reconocer eso —sin negar el propio valor, pero sin absolutizarlo— es el comienzo de un arte más verdadero y, también, de una vida más en orden.
© LA GACETA
Gisela Colombo – Profesora de Letras.